Pastusos, ¿queréis al general Nariño?

Un repaso histórico a raíz del derribo de la estatua del traductor e impresor de los Derechos del Hombre y del Ciudadano

Por: Carlos Bastidas Padilla
mayo 04, 2021
Este es un espacio de expresión libre e independiente que refleja exclusivamente los puntos de vista de los autores y no compromete el pensamiento ni la opinión de Las2Orillas.
Pastusos, ¿queréis al general Nariño?

Alto Palacé, Calibío, Juanambú, Cebollas y Tacines. Había sido un camino de victorias. Faltaba pasar Pasto, y de allí a reunirse con Sucre para la liberación de Quito, en donde los patriotas, sabedores de sus triunfos, lo esperaban como a un libertador. Los realistas huyeron a refugiarse en Pasto, los siguió Cabal; pero una tormenta de granizo lo obligó a regresar al páramo de Tacines; de aquí, impaciente por llegar a Quito, el general Nariño marchó precipitadamente hacia Pasto, con el batallón Granaderos de Cundinamarca y parte del Socorro, dejando a Cabal con la artillería y el resto de la tropa, con la orden de avanzar al otro día de que él emprendiera el camino a Pasto. Su error estuvo en dividir la tropa, y de ahí vino el desastre de la campaña.

Con la vanguardia, animoso y resuelto, el general Nariño descendía por los Ejidos de Pasto, cuando patianos y pastusos lo recibieron con una lluvia de fuego que hizo estragos en su tropa. Se combatió durante todo el día, de el Ejido al El Calvario y de aquí, ante el empuje realista, de nuevo al Ejido. “De allí vimos, cuenta Espinosa, que por la plaza iba una procesión con grande acompañamiento, y llevaban en andas con cirios encendidos la imagen de Santiago”; que eso llenó de pavor a los republicanos, se dice por estos lares. Qué pavor ni qué ocho cuartos, cuando, lleno de coraje, desde este punto “mandó Nariño una intimación y no la contestaron. Entonces dispuso este el ataque; pero las guerrillas pastusas se aumentaban por momentos, cada hombre iba a sacar las armas que tenía en su casa, y temiendo las venganzas de los patriotas, exageradas por los realistas, formaron en un momento un ejército bien armado y municionado, que parecía que había brotado de la tierra”.

A caballo, el general recorría el campo animando y agrupando a sus hombres. Por los lados de El Calvario, mataron su caballo. Parapetado detrás del cadáver de la bestia, descargó sus pistolas sobre dos realistas que corrían hacia él y que cayeron alcanzados por su fuego. Sin tiros ya, desenvainó su espada para repeler a sus enemigos que se le abalanzaban para matarlo o capturarlo. “Este fue el momento en que yo vi a mi general más grande y más heroico”, escribirá José María Cabal en el parte de la batalla. El capitán París entró a rescatarlo. Desde los Ejidos, Nariño envió al coronel Rodríguez a Tacines a apresurar la marcha de la tropa.

Los realistas pastusos no daban tregua. Mientras se combatía, dice López en sus Memorias: “El pueblo paseaba en procesión por las calles a la Virgen de las Mercedes y Santiago, que son sus patrones. Las mujeres arrastraban a los soldados que huían, y aún les quitaban los pantalones y se los ponían ellas, manifestándoles que eran indignos de llevarlos”. Sin poder avanzar, y no habiendo llegado la artillería que esperaba, escaso de municiones y sin víveres, Nariño regresó a Tacines, campo que encontró abandonado, como si un huracán hubiese pasado por ahí. ¿Qué había pasado en Tacines, mientras Nariño combatía en Pasto?; pues que los fugitivos de Pasto habían llevado la noticia de la derrota y prisión de su capitán; noticia esta que obligó a quienes estaban al mando de la tropa a emprender la retirada, clavando la artillería, abandonando a los heridos, las tiendas, los caballos, las municiones, y el valor regado por todas partes.

Lo que siguió después es un misterio. Nariño ordenó a Cabal ir a buscar la tropa que había abandonado Tacines; él quedó con los oficiales Pombo, Díaz, Pardo y Antonio Nariño, su hijo, a quienes más tarde ordenó que fueran a reunirse con Cabal. Su hijo le ofreció su caballo para que se fuera con ellos; el general no lo aceptó y le ordenó marchar de inmediato, diciéndole que él quedaba allí esperándolos para regresar a Pasto. El hijo obedeció porque era una orden militar. Solo, Nariño se internó en el bosque en donde fue encontrado por dos paisanos que lo llevaron a Pasto y lo entregaron a las autoridades. Era la madrugada lluviosa del 12 de mayo de 1814 en el sombrío cerro de las Lagartijas. En el camino les había dicho que él sabía el lugar donde estaba escondido el general insurgente. Cuando Cabal y el teniente Antonio Nariño Ortega regresaron con la escasa tropa que reunieron, no lo encontraron. Tuvieron que devolverse, irremediablemente en retirada.

Toribio Montes había reemplazado en Pasto a Juan Sámano, por su lamentable campaña contra el general Nariño, por Melchor de Aymerich, ante quien fue llevado el capitán patriota. El jefe realista empezó por preguntarle que quién era. Nariño le contestó que primero le hiciera dar un poco de caldo, “después hablaremos”. Mientras en la plaza el pueblo amotinado exigía que el prisionero le dijese en dónde se escondía el general rebelde para ir por él. Aymerich le permitió al prisionero asomarse al bacón para decirle al “pueblo soberano” lo que quería saber.

Componiendo su raído traje de paisano, aclarando la voz y sereno, se asomó al balcón sobre la tumultuaria y desgañitada multitud, y preguntó:

—Pastusos, ¿queréis al general Nariño?

—¡Síiiiiiiiii!

Se abrió la camisa y mostrando el pecho desnudo, como para recibir el primer tiro, rugió:

—¡Aquí lo tenéis!

Que en este episodio del precursor en Pasto hay un poco de melodrama y de verdades incompletas, dice Jorge Ricardo Vejarano, en su biografía de Nariño. Melodrama y todo, nos gusta este gesto que no pudo ser ajeno al carácter altivo y heroico de Nariño.

Aymerich le comunicó al presidente de la Real Audiencia de Quito, la captura de Nariño, y Montes ordenó que a la mayor brevedad lo ponga en capilla y le corte la cabeza. No fue la generosidad de los pastusos, ni la humanidad de sus jefes, como se dice aquí, lo que detuvo la ejecución de nuestro precursor. Fue el alzamiento en masa de los caleños, al saber la prisión de Nariño en Pasto. Se amenazó con ejecutar a los realistas prisioneros de Calibío, entre los cuales estaban Dupré y Solís. El mismo gobernador de Cundinamarca, el 6 de junio de 1814, le ofició a Aymerich, previniéndole del derecho a la represalia que le asistía si a Nariño y a los demás prisioneros no se los tratase con las consideraciones debidas. Hay una carta reservada, suscrita por Melchor Aymerich, dirigida al presidente de la Real Audiencia de Quito, en la cual se expresa el temor de las autoridades españolas por las represalias que pudieran tomar los republicanos si se ejecutaba a Nariño (la carta la transcribimos de la biografía de Nariño, de Soledad Acosta de Samper).

Excelentísimo señor:

En el momento en que iba a poner en ejecución la orden de Vuestra Excelencia para la decapitación de don Antonio Nariño, evacuadas las preguntas indicadas en oficio reservado, el 23 del próximo pasado, he recibido la contestación de la intimación que hizo a don José R. de Leiva, política y militarmente, cuyos papeles originales adjunto para inteligencia de Vuestra Excelencia, como tenía ofrecido. Con este motivo me he asociado confidencialmente con el coronel don Tomás de Santacruz, quien es de dictamen suspenda la deliberación hasta segunda disposición con vista a estos documentos, resuelva si se ha de realizar el castigo. El mismo coronel Santacruz me encarga apunte a Vuestra Excelencia su nombre, medite bien el asunto de tanto momento y tenga en consideración el riesgo que quedan corriendo nuestros prisioneros, la fermentación de aquel obstinado partido y cuanto ha manifestado en su oficio de contestación. Por mi parte me mantengo aguardando la pronta vuelta de este propio para cumplir con lo ordenado.

Dios guarde a vuestra excelencia muchos años. 

 Melchor De Aymerich

 Pasto, junio de 1814.

Nariño estuvo trece meses prisionero en Pasto, y de allí fue conducido a Quito, en donde una junta revolucionaria intentaba liberarlo y ponerlo a la cabeza de un gobierno provisional; pero el jefe español frustró el plan con sus precauciones, y Nariño fue enviado a Lima, y de allí a España, en donde en una prisión de Cádiz purgó cuatro años de cárcel.

Por este episodio de Pasto, el precursor fue acusado de traidor a la patria “por haberse entregado voluntariamente a los realistas de Pasto, en 1814”. Con este y un par de cargos más, se buscaba anular su investidura de senador. Cuando el Congreso inauguró sus sesiones, el 14 de mayo de 1823, se presentó Antonio Nariño ante el senado —altivo y valiente, como en Pasto—, para hacer su propia defensa. Pero ya era un hombre viejo, cansado y enfermo. “Hay un silencio augusto ante la presencia de esta sombra de facciones estiradas y con la huella de una infinita fatiga, escribe Antonio Bejarano. Se le ve cojear y todos piensan que esa invalidez no es la de los años sino la huella de las cadenas que cargaron sus piernas durante toda una vida. Nariño va a librar su última batalla y solo conserva su magnífica cabeza de cabellos canos pero aún ensortijados y su voz rebelde y de perpetuo acusador”.

¿Qué era lo que yo iba a buscar a Pasto? ¿Qué servicios los que iba a presentar al gobierno español? ¿Conduje conmigo algún tesoro, algunas personas importantes? ¿Entregué el ejército que iba a mis órdenes? ¿Llevaba conmigo documentos que justificasen mi amor y fidelidad al rey?... Y si nada de esto llevaba, ¿qué es lo que iba a buscar a Pasto? Los hombres, en semejantes momentos, no se mueven sino por el interés, la ambición, la gloria, o el amor a la patria (…) ¿Iría tras unos empleos superiores a los que dejaba en el seno de mi patria? ¿O buscaría la gloria de abandonarla, para hacerle la guerra y destruir una libertad que me costaba ya tantos años de sacrificios?... No hablemos del último motivo, porque por cualquier lado que se le mire siempre resulta o imposible o glorioso para mí. Si el amor de la Patria me obligó a hacer los sacrificios que hice y a exponerme a los riesgos que me expuse, este paso sería un mérito y no un delito; y si se cree imposible que en tal caso me pudiese conducir este motivo, yo no hallo cuál pudiese ser el que me condujo voluntariamente entre los enemigos. Que lo digan mis atrevidos acusadores. ¿Sería acaso el miedo? Pero, además de que no habrá un solo oficial ni soldado que me lo pueda echar en cara, esto sería lo mismo que correr hacia las llamas un hombre que tuviese miedo al fuego.

El precursor fue absuelto; después cayó enfermo de gravedad. Cuando pareció recuperarse, les dijo a sus amigos: “Ahora que estoy bueno, voy a buscar y señalar el sitio en que quiero ser enterrado, porque pienso morirme pronto”. Escogió Villa de Leyva. Y allá se murió, el 13 de diciembre de 1823. Santamente, y no dijo: “Ahí les dejo este mundo de mierda”, como se despidió en ese mismo trance el general Maza. Los restos del traductor e impresor de los Derechos del Hombre y del Ciudadano reposan en la Catedral Primada de Colombia. Ahí se puede enviar un grupo de exaltados para que los saquen y los echen a la galería. Que no es este el cauce por donde deben ir las tumultuosas aguas…

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