Parodiando a Iván Mejía

"Se había prometido con el temple propio de sus decisiones no escuchar El Pulso, pero ahí estaba derribado por la tentación". Un poco de ficción

Por: Alexis Díaz
marzo 18, 2021
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Parodiando a Iván Mejía

Es la una y veinte de la tarde. El hombre apaga abruptamente el celular. Cartagena espeta un bostezo largo mientras lava sus rodillas en el mar. Mejía se revuelca descompuesto en el sillón.

Está solo y lo consume un genio de los mil demonios. Se había prometido con el temple propio de sus decisiones no escuchar El Pulso, pero ahí estaba derribado por la tentación. "No jodás, parecen viejitas legionarias leyendo salmos responsoriales, ya no comentan, todo lo escriben; es que si al menos disimularan!".

Mejía siente los embates de una asonada testicular, cada vez que Rentería, con tono bochinchero y andropáusico, patina en argucias rebuscadas y resbalosas; anteponiendo peros y negando a toda costa que el otro puede tener razón.

¡Ja! Jaime Ortiz y Perea lo harían llorar. Parece marido cogido en adulterio, que entre más alega más se hunde. A mí me levanta la voz y lo mando pal carajo. Menos mal que le dijeron que no hablara de la frase del día, es que no le cabía en la cabeza, siempre la malinterpretaba.

El “gordo”, como muchos aún lo reconocen, asiente para sí que el programa está "perratiado" y "vuelto miércoles".

Poseso por la indignación el icónico periodista tiene las pupilas dilatadas y el ceño plegado como acordeón; resolla como asmático y arrastra los pies a lo Vito Corleone, mientras recorre de un lado a otro la sala.

Mejía Álvarez sucumbe a los zarpazos de una extraña alucinación. Son escenas simultáneas que irrumpen en su mente una y otra vez, repetidas hasta el hartazgo. En una, Jesús, armado de un látigo, saca del templo a los mercaderes; en la otra se ve él mismo con un palo de golf en ristre, el driver, tocando energúmeno a la puerta de "los españoles dueños 'e Caracol".

Ahora aparece el partner de Rentería asumiendo dignidad. Mejía rechina los dientes, apurando un escocés. Suda y tiembla con la vehemencia de un toro frente al burladero. "Me dan vergüenza, cómo acaban de un plumazo con lo que tanto nos costó a Peláez y a mí construir".

Mejía odia que Rentería se ufane, proclámándose de facto el presidente de una asociación, dizque de sacatécnicos. "Qué ridiculez, por Dios", clama Iván. Agrega, "qué payasada".

Volvieron El Pulso un costurero, solo faltan las agujas de crochet, la bella y la bestia, el uno tibio y el otro un culebrero, vendiéndole a los oyentes peroratas amañadas con respuestas libreteadas (dime que yo te digo y tú me dices). Que la editorial del guachimán, del fulano, de mengano y perencejo. Qué estupidez.

Volvieron esa vaina un "magazincito" de emisora pobre, lleno de secciones. Solo falta que le abran un campito a Don Jediondo con el profe Sutatán haciendo pronósticos.

Afuera, bajo el sol canicular, los cartageneros caminan desperdigados, encorvados como zombis. Algunos sin su tapabocas.

Mejía se apacigua pensando en el sabor ahumado de otro escocés. Lo sirve con experticia de catador. María Isabel, su esposa, no demora en llegar. Lentamente las aguas se aquietan y de súbito una sonrisa le transforma el rostro. Piensa en sus nietas.

Toma otro trago de escocés al tiempo que masculla para sí la letra de un tango de Gardel: “No adivino el parpadeo, de las luces que a lo lejos van marcando mi retorno. Son las mismas que alumbraron con sus pálidos reflejos hondas horas de dolor, y aunque no quise el regreso, siempre se vuelve al primer amor”.

Mejía parece inmerso en un éxtasis sublime, preso en un halo de vaca canonizada. "Qué tiempos aquellos", suspira y Peláez quemando pólvora con ese greñudo en la W. El reloj marca las dos y diez y el timbre de la puerta suena. 

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