Opinión

¡No más carajo!

Los acuerdos se lograron a pesar del “fo” que nos hizo el expresidente Uribe, quien todavía insiste en decir no. Y se va quedando solo. Y lo que dice “disuena”

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junio 20, 2019
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¡No más carajo!
De Álvaro a Álvaro: “Vaya a La Habana”. (Todo con el ánimo de sacar adelante un proceso de reconciliación nacional consensuado). Foto: Centro Democrático

No es mi deseo especializarme en los ires y venires, y dimes y diretes que caracterizan la personalidad, movimientos, discursos y anotaciones que introduce a diario en las redes sociales el expresidente, hoy senador Álvaro Uribe Vélez. Sin embargo, no debo pasar por alto sus afirmaciones disonantes de los últimos días.  Sí, “disonantes”. Dejémoslo ahí por ahora.

Durante las negociaciones de paz del gobierno Santos con los señores de las Farc-EP  en la ciudad de La Habana, me di a la tarea de golpear a la puerta del expresidente Uribe con el ánimo de irlo informando sobre la manera como se iban desenvolviendo las conversaciones. Fueron varias las veces que departimos sobre los más diversos temas que venían siendo estudiados, debatidos, acordados o dejados de lado en Cuba, por los muy enfrentados interlocutores gobierno-Farc. Siempre fui claro con Uribe. Mis relatos correspondían a lo que estaba teniendo lugar, podría decir, en tiempo real.  Nunca fui evasivo. Jamás disfracé nada. En toda ocasión fui claro, conciso y concreto.

Mi intención con mis ires y venires en búsqueda del expresidente era una sola. Con cierto sentido de anticipación –creo tenerlo-, quería evitar el espectáculo político que vivimos hoy. “Vaya a La Habana”, le decía a Uribe. Todo con el ánimo de sacar adelante un proceso de reconciliación nacional consensuado. Supongo que él prestaba atención a lo que le decía. Le envié una carta pública abriéndole el camino. Me la responde el 9 de noviembre de 2014. Vamos para cinco años de su contestación: “Estimado doctor Álvaro: Agradezco la carta sobre el proceso que adelantan el Gobierno Nacional y el grupo terrorista Farc, entre cuyos puntos usted expresa preocupación y dolor por las muertes en medio del diálogo. 

“Destaco su coherencia de tantos años en la búsqueda de la paz, reconocimiento que no puedo ocultar, no obstante sus discrepancias con mis planteamientos expresadas con respeto y sin engaños”. En efecto, siempre hubo respeto, nunca hubo engaños.

Y así fue.  Pero todo se fue agotando porque el tiempo siguió su marcha. Mis conversaciones se fueron marchitando. No en la forma siempre amigable, pero sí en el contenido.  Ya en vísperas de darme por vencido y de haber recurrido hasta el último silogismo imaginable para convencer al expresidente Uribe de que su participación era deseable, en mayo de 2016, le insinué a Timoleón Jiménez, más conocido entonces con el nombre de Timochenko, “último comandante en jefe de la estructura militar de las extintas Fuerzas Armadas Revolucionarias de Colombia Farc-EP”, al decir de una publicación, que le formulara a Uribe una invitación a Cuba. Convencido estaba que ese era el camino correcto. Rodrigo Londoño Echeverri, antes Timochenko, generosamente accedió a mi petición.

Proponemos al país entero un acuerdo político para reordenar entre todos la nación colombiana”, le dice Timochenko a Uribe en carta del día 14 de aquel mes y año. Y continúa: “Nadie quedaría por fuera, queremos que Usted sea partícipe de él, doctor Uribe, conversemos. Fue Usted un formidable adversario que nunca nos dio cuartel, pero como ve, seguimos aquí, en la brega, trabajando incansables por la nueva Colombia. Venga esa mano, le extendemos la nuestra con un ramo de olivo. La paz sí que merece dejar atrás orgullos. Resuélvase”.

Pasado unos días, Timochenko le repitió la dosis. Y nada. Y bueno es culantro pero no tanto. Y los acuerdos se lograron a pesar del “fo” que nos hizo a todos el expresidente Uribe. Y muy a pesar del famoso NO, con las enmiendas sugeridas por el propio doctor Uribe, el No se convirtió en un Sí, y así lo acogió el Congreso de la República. Y entonces se logró la dejación de armas, y la Jurisdicción Especial para la Paz, y la obligación de decir la verdad, y la necesidad de reconocer a las víctimas y repararlas, y el compromiso colectivo de no repetición y la bendición del Consejo de Seguridad de Naciones Unidas y la aceptación de toda la comunidad internacional. Pero aún así, Uribe insiste en decir no. Y se va quedando solo. Y lo que dice “disuena”, a propósito de la palabra que se usa al comienzo de este escrito.

 

 

Hoy por hoy, como cualquier mortal que tenga algo que relatar
a propósito de las equivocaciones cometidos en el transcurso del conflicto interno,
Uribe debe bajar el moño

 

 

Disonar: desentonar, desarmonizar, lo que contrasta desagradablemente, y entonces el hombre invita a que se deje de lado la Constitución y las leyes. Porque es mejor un golpe de opinión contra la paz de La Habana y el Estado Social de Derecho, que tener que reconocer que cometió errores, que habría sido mejor atender las cordiales invitaciones, y que hoy por hoy, como cualquier mortal que tenga algo que relatar a propósito de las equivocaciones cometidos en el transcurso del conflicto interno, debe bajar el moño. Pero no. Terco como el que más, aquí su nuevo lema: “Que muera Sansón con todos sus filisteos”.

Pero ya lo verán. El país entero lo evitará. Colombia, la paz, el futuro de los niños de hoy, de la nueva generación en formación, y aun los que están por nacer, nos convoca a impedir masivamente la destrucción de lo alcanzado. Si toca toca: ¡A la calle! ¡No más carajo!

 

 

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