Minga: la dignidad de un pueblo

"Colombia no pudo resistirse al llamado a una lucha que, por la solidez de su causa justa, va a marcar profundamente la historia que hoy estamos escribiendo"

Por: Lilia Solano
octubre 21, 2020
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Minga: la dignidad de un pueblo
Foto: Las2orillas

Ocasionalmente sucede en la historia que se dan simultáneamente movilizaciones sociales en diversos lugares de la geografía con tantos puntos en común que pareciera como si se tratase de una sola iniciativa con múltiples manifestaciones. Se trata de luchas sociales propiciadas por injusticias largamente sostenidas en procura de mantener un ordenamiento injusto sin importar fronteras.

Estamos siendo testigos directos de uno de esos momentos. Justo cuando en Canadá lanzan la etiqueta #MikmakRights en apoyo a la defensa de los derechos de la nación originaria mi’kmaq de ese país, y Bolivia entera se alza para fortalecer con sus votos la convivencia democrática con la población originaria liderando, también desde el Cauca, de la entraña de nuestro país, las nacionalidades indígenas se ponen en pie para hacer valer sus derechos, proteger la vida, defender el territorio, transformar el ordenamiento democrático y enraizar la paz.

La de este año es una de las mingas más importantes que se ha convocado desde los pueblos autóctonos. Se trata de una minga, o trabajo colectivo, en el que cada participante contribuye con lo que puede, que ha movilizado a más de 10,000 personas y que, además, ha convocado los movimientos sociales, campesinos, afrocolombianos, sindicatos, estudiantes y defensores de derechos humanos entre otros. Lo que la minga busca es “recuperar aquello que nos quitan: la vida, el territorio, la paz y la democracia”. Con esos puntos en su agenda llegó a Bogotá a fin de reunirse con el presidente Iván Duque y buscar la implementación de las alternativas a cada uno de esos puntos.

Luego de la firma del acuerdo de paz han sido asesinados 242 líderes indígenas y solo en el 2020 han sido 55, y en la minga expresaron su angustia con los pobres avances de la implementación de los acuerdos.

Sin embargo, esta movilización indígena, a medida que recorría medio país, con tan solo su presencia por las carreteras y las calles de las poblaciones por las que pasaba rumbo a Bogotá fue despertando una alegría profunda en la población colombiana en general. Se trata de lo que bien podría llamarse el sentimiento de una dignidad perdida. En efecto, desde cuando el capitalismo tardío se convirtió en política de Estado desde la década de los años 1990, y con mayor firmeza desde la administración Gaviria Trujillo (1990-1994), a la entrega desmedida de los recursos y soberanía nacionales al capital transnacional, siguió una lucha profunda de los pueblos ancestrales por sus derechos.

La minga demostró que esos fundamentos sí le importan a la vida nacional, en virtud de que el proyecto de país para toda una nación no puede, ni debe, reducirse a la satisfacción de las necesidades impuestas por las veleidades del mercado. Los pueblos ancestrales de Colombia, tras siglos de resistencia, han logrado expresar en un solo grito lo que una nación anhela en toda justicia: “recuperar aquello que nos quitan: la vida, el territorio, la paz y la democracia”.

Es una lucha que pone al desnudo la persistencia de una injusticia englobante. Los pueblos autóctonos marchan a lo largo de la geografía nacional; de igual manera, los asentados en el extremo norte del continente se movilizan para defender acuerdos que el neoliberalismo busca deshacer; y también en el corazón de Sudamérica, en Bolivia se ponen en pie para repeler a los golpistas que once meses atrás habían empezado a desmantelar las políticas que venían poniendo en aprietos a ese mismo ordenamiento neoliberal.

Hay movimientos que al darse de manera simultánea parecieran dar a entender que un mismo principio los impulsa. Sin duda, así es, pues el atropello colonialista, que en nuestro caso lleva ya cinco siglos de vigencia, sigue mutando a medida que la historia avanza. Son los pueblos originarios los que nos advierten de su permanencia. Son ellos quienes nos dicen que, si bien hoy lo llamamos neoliberalismo, no es otro que el mismo viejo proyecto colonial de despojo y racismo. Y ese es el proyecto que nos quita “la vida, el territorio, la paz y la democracia”.

La minga camina y todo un país recordó su dignidad perdida y hipotecada. El sector que no se sintió interpelado ni salió a su encuentro fue el representado en el establecimiento y lamentablemente el presidente Iván Duque, no solo se negó a reunirse con los indígenas, sino que también envió a sus voceros al Cauca, precisamente el lugar desde donde salieron los indígenas en su larga marcha. Con todo, Colombia no pudo resistirse al llamado a una lucha que, por la solidez de su causa justa, va a marcar profundamente la historia que hoy estamos escribiendo.

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