Opinión

Las máquinas sin tiempo

Las obras de Bernardo Salcedo fueron como él, coherentes, ácidas, irónicas, desconcertantes porque descomponía imágenes en fragmentos y las devolvía en obras de una realidad totalmente encriptada

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abril 10, 2021
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Las máquinas sin tiempo

En estos días que nos morimos de repente por circunstancias ajenas a la realidad que estamos acostumbrados, pensé en dos aristas conceptuales: Antonio Caro que acaba de morir, y Bernardo Salcedo pionero en Colombia quien murió en el 2007.

La escenografía corporal de Antonio Caro se esforzó por construir una imagen pobre que generaba algo de compasión. Su rebeldía lo llevó a sacarse los dientes y deformó su fisionomía.  Salcedo, por el contrario, siempre altivo, atento, irónico y fuerte tenía la apariencia de motociclista de chaquetas de cuero.  Salcedo fue un genio productivo y prolífico que nació en 1939 en Bogotá.   Me visitaba con frecuencias a altas horas de la noche en el periódico la Prensa en el barrio La Candelaria. Aparecía de repente a contarme cosas insólitas de Hernando Santos, a reírse de sus propios chismes siempre malditos, o a venderme obras por cuotas. Vivía cerca en una estación eléctrica. Una vez llegó con un amigo desconocido para mí, como a las once de la noche cerca del cierre del periódico. De su apariencia me llamó la atención los cachumbos en su pelo. Salcedo quería saber si yo podía ayudarle a conseguir un trabajo al hoy prócer de la literatura, William Opina. Todo en él era sorprendente y maravilloso si uno estaba siempre listo a capear sus dardos y su humor negro, se reía a carcajadas. Me contaba historias de su vida. De niño le encantaba el mundo del teatro y le divertía hacer presentaciones insólitas en las que cosas amarradas con cuerdas invisibles caían al escenario. El teatro Teusaquillo, barrio en el que vivía, le permitía presentar sus invenciones absurdas antes de la proyección de la película los fines de semana. Se tomaba su tiempo inventándolos, imaginando su historia y la escenografía.

 

Bernardo Salcedo, Hectáreas de heno, 1970

Todas sus obras fueron como él, coherentes, ácidas, irónicas, desconcertantes porque descomponía imágenes en fragmentos y las devolvía en obras de una realidad totalmente encriptada.  La instalación de hectáreas de bolsas de heno realizadas en 1970 fue un acierto en el Salón Nacional.  Una Instalación de 500 bolsas de heno para denunciar la desproporción en la tenencia de las tierras en Colombia. Las Cajas Elementales de los años setenta son todas maravillosas porque apareció el absurdo. Mundos donde afloró el arquitecto. Mundos de fragmentos donde ya rebelaba su actitud crítica ante la sociedad. En casi todos aparecen partes de la figura humana desmembrada, partes de muñecos que articulaba en una caja de historia hostil. Las intervenciones de fotos viejas de los años ochenta son geniales porque distorsiona la intención al ponerle un objeto sobre las caras. Todos son anónimos con algo de perversión, más cuando se trataba de fotos militares. La búsqueda de la expresión siempre se perdía en la incertidumbre del objeto.

 

Bernardo Salcedo, Intestinal

Cuando Bernardo Salcedo estaba vivo tuvo adentro a un arquitecto dormido. Después de construir, intervino fotos con objetos de manera violenta porque cambiaba la idea de la imagen. Con objetos trasformó seres desconocidos en miembros de una sociedad. El ensamblaje cambió la reiteración por una que otra verdad inventada. Serie misteriosas de seres que, para él, fueron la realidad trasformada en situaciones que tienen a la ironía como punto de partida. Las cajas, las flores del mal, mares de acero, árboles en hierro. Lo último que realizó fueron doce catedrales que trabajó con pedazos de retablos del siglo XIX y mezcló con su contemporaneidad ecléctica. La construcción es una constante en su obra.  Y todas sus series tienen un orden subversivo sin utopías.

Sus Catedrales son construcciones abstractas que siguen una geometría personal. Cada fachada nos recuerda por contraste la geometría cercana a lo sagrado en la obra de la escultora rusa Louis Nevelson. Bernardo Salcedo buscó lo contrario, una geometría humana, irónica e incrédula. Las catedrales se conectan con fachadas de construcciones cerradas. El hermetismo ha dejado atrás al hombre, El vacío es impenetrable. La catedral sinónimo de lo católico no es una coincidencia cuando Bernardo Salcedo mira su contexto. Sustituye arquetipos, recupera fragmentos para involucrar elementos ornamentales en un contexto social donde la iglesia ha sido parte de poder.

 

La premisa del trabajo de Bernardo Salcedo es la sospecha, porque cada objeto recolectado entra a formar parte de un grupo marginal de entes rebeldes, en donde la ironía es la esencia y el mundo de los objetos se contradice: la sustancia se convierte en una idea que proyecta transformación. El trabajo de Salcedo funciona con el mundo del absurdo. Sus obras no pasan de moda. Están alertas y abiertas a la historia. Inmutables al tiempo. Trabajamos en un proyecto para la Avenida El Dorado. Era un mar enorme “mar de metal” que fue instalada al final del el Gobierno de Gaviria, al lado del viejo aeropuerto. ¿Dónde está?

 

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