La urgencia de cambiar de chip después de la pandemia

Es urgente que haya una transformación del modelo, donde haya un compromiso colectivo en lugar de individual. Si no cambiamos solo podemos esperar más crisis

Por: Manuel Humberto Restrepo Domínguez
octubre 20, 2021
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La urgencia de cambiar de chip después de la pandemia
Foto: Pixabay

Con una pandemia a cuestas el mundo ha seguido su marcha, a empujones claro está, y bajo circunstancias no muy alentadoras que dejan en evidencia la fragilidad de la civilización.

Por ejemplo, a la fecha, en todo el planeta van casi cinco millones de vidas perdidas por causa del covid-19; se vivieron escenas apocalípticas en sistemas de salud y servicios funerarios; se evidenció una incapacidad de diversos gobiernos para manejar la epidemia, lo que conllevó a una mayor sensación de incertidumbre y desconfianza, sin mencionar el descalabro social que trajo consigo; parte de la población mundial vio cómo su salud mental se diezmaba con el paso de la cuarentena, durante la cual hubo un aumento significativo en el reporte de enfermedades como ansiedad y depresión; se perdieron millones de empleos que agudizaron la crisis socio económica global que ya se vivía desde mucho antes del comienzo de la epidemia (en Colombia basta con recordar las movilizaciones del 2019).

Por el momento, y de manera muy general, este es el panorama que va dejando la pandemia. Sin embargo, esto no es más que una pequeña muestra de la manifestación de unos síntomas preexistentes incluso antes del brote del virus, pero que, a raíz de este, se agudizaron mucho más, no son más que los síntomas consecuencia de un sistema económico que basa su “éxito” a costa de la angustia y la explotación. Por supuesto, la pandemia per se dejará su marca en los albores de este siglo, de eso no hay duda, pero se demuestra que la sed del capitalismo es insaciable y que no se detiene en ningún instante, ni siquiera en uno de los momentos más complejos que ha atravesado la humanidad recientemente. ¿De qué manera?

Lo contradictorio y, a su vez, infame es que mientras para la mayoría de la población mundial ha sido una época de crisis, de duda y desasosiego, de resquebrajamiento económico y social, los grandes millonarios se han hecho aún más ricos a costa del miedo y la zozobra que venía generando la pandemia, tan sólo por dar un ejemplo, compañías como Amazon, Netflix y Facebook alcanzaron sus máximos históricos en la bolsa durante agosto del año pasado. Tan desigual es el capitalismo que, mientras en los barrios y en los campos se ha venido luchando por tratar de solventar todas las necesidades que ya se acarreaban previas a la pandemia y que se intensificaron con esta, en el presente año se rompió el récord de más milmillonarios nuevos en el planeta. Tal es la falta de ética en un capitalismo sin conciencia que mientras los ricos se hacían más ricos, gran parte de la población tenía que rebuscárselas para poder subsistir.

En Colombia el panorama no ha sido muy distinto, si bien es cierto que durante el 2020 hubo un detrimento en el bolsillo de todos, incluyendo el de los más acaudalados, para abril del 2021 los más ricos ya se habían recuperado de las pérdidas y con mucha más fuerza, tal es el caso de Jaime Gilinksi que actualmente amasa una riqueza de 3800 millones de dólares, superando así su registro más alto de 3700 millones en el año 2018. O del nuevo multimillonario David Vélez que por primera vez es incluido en la lista de la revista Forbes como el segundo colombiano más rico con una fortuna de 5.200 millones de dólares, ¿adivinen quién sigue siendo el primero?

En abril, mes en que la revista Forbes publicaba el listado de los más ricos en Colombia, el DANE revelaba que más de 20 millones de colombianos viven en condiciones de pobreza y que 7.4 millones viven en condiciones de pobreza extrema. Y, como si fuera poco, durante el mismo mes el gobierno de Duque impulsaba una reforma tributaria que perjudicaba considerablemente la economía de los colombianos. Dado este contexto, era inevitable que en el país no estallase una crisis social sin precedentes. De esta manera, se devela ante nosotros la indiferencia de un modelo económico completamente descompuesto, desde un punto de vista ético, político y social, que a su paso va creando una mayor desigualdad sin importar las condiciones materiales.

Ahora bien, ante esta perspectiva, ¿cómo es posible que durante una crisis como la generada por el virus, donde, según el banco mundial 100 millones de personas más están en condiciones de pobreza extrema por culpa de la pandemia, el modelo económico no parece haber sufrido grandes transformaciones? La respuesta está, en parte, en un consumismo exacerbado y en la manera en que el capitalismo va mutando el discurso, en el que se va apropiando de eufemismos a medida que el mundo se moviliza hacia un “progreso”, van apareciendo palabras como coworking, hub, branding, target, emprendimiento, freelance, coaching… que lo único que hacen es disfrazar las relaciones de explotación reales.

Mientras tanto, el individuo va quedando reducido a una carrera frenética por ser hiperproductivo e hiperconsumista, vivimos en una sociedad de la competitividad, del rendimiento, de la pro actividad, del no quedarse quieto, voluntariamente nos estamos convirtiendo en esclavos de nosotros mismos, transformándonos en nuestros más férreos explotadores (nuestros propios jefes), con la imperante necesidad (ilusión) de acumular capital, con el ideario de “aspirar a ser”, de consumir, de autorrealizarnos, de generar un estatus, pensando en que sólo así seremos felices. Ya nos indicaba de esto Marcuse, cuando mencionaba que el capitalismo genera mecanismos de bienestar ficticios que se superponen a las necesidades reales.

Mientras esas necesidades reales se mantengan veladas ante nosotros, seguiremos en un confinamiento, no por causa de la pandemia, sino por causa del mismo consumismo; en donde todo se vuelve desdeñable, desechable hasta el punto en que deja de ofrecernos satisfacción: el celular, el amor, el televisor, la amistad, el carro, la familia… todo se ha vuelto un objeto de consumo, incluido el individuo mismo; en donde la frivolidad cada vez va ganando más terreno, lo que Adorno y, de nuevo, Marcuse denominaban pseudocultura, que cumple como dispositivo de ideologización que adapta a las masas a la sociedad de consumo masivo, en contraposición de una cultura que proporcione una comprensión integral de la sociedad. Entonces, resultamos con Residente y J Balvin como referentes políticos, este último lanzando su línea de ropa a raíz de la discusión entre ambos, o a Epa Colombia buscando a Uribe como plataforma comercial para promocionar su queratina.

Sin duda, estos no son más que elementos operando en función de la acumulación capitalista, en tanto que actúan como mecanismos de enajenación y subordinación, lo que a la larga genera un conformismo frente a lo establecido. De esta manera, estamos frente a una visión fragmentada y ajena a una articulación racional, y cuando menos nos damos cuenta estamos enfrascados en discusiones tipo de por qué los empleados de Zara son insoportables o si es el equivalente al Only europeo.

El capitalismo nos ha cercado y nos ha dejado sin alternativa, por lo tanto, la pandemia se presenta como un momento histórico para hacer uso del pensamiento crítico y reevaluar así las condiciones actuales del mundo frente a problemas estructurales. Es urgente que haya un cambio de paradigma, donde haya un compromiso colectivo en lugar de individual. Si no se producen cambios de fondo, si se sigue actuando como si el planeta fuera un mero contenedor de potencial explotable, sólo podemos esperar más crisis, mayor desigualdad y una sociedad cada vez más desigual conlleva a más violencia, más suicidios, más miseria, más miedo.

Se preguntaba Nietzsche, a propósito de los orígenes de la tragedia griega, “qué tanto tuvo que sufrir este pueblo para llegar a ser tan hermoso” Tal vez son en los momentos de crisis en los que miramos hacia el abismo de lo más íntimo de la condición humana, para luego ver surgir grandes y significativos cambios. Ya veremos…

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