“La última vez que vi a Fernando Gaitán: batallando contra el cigarrillo”

Iván Gallo compartió con él, la terapia de hypnosis del guru Ehud Abrahmson para dejar de fumar. El resultado fue fallido: salieron desesperados a buscar cigarrillos

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Enero 29, 2019
“La última vez que vi a Fernando Gaitán: batallando contra el cigarrillo”

Pensar que antes, cuando pasaba las noches en vela escribiendo los libretos de Café y Betty la fea podía fumarse cuarenta cigarrillos al hilo. La densa nube enrojecía sus ojos más que el cansancio o el trasnocho a los que parecía inmune. Cuando lo conocí, casi treinta años después, ya no escribía sus guiones. Tampoco fumaba tanto, apenas la mitad.  Era un productor, la caja registradora que más se escuchaba en RCN, el hombre que decidía que historia podía pegar. Su felling con el público se lo envidiaba hasta Dago García.

Nos habían citado en un hotel del norte de Bogotá. Era una selección de fumadores inveterados que difícilmente podríamos tomarnos un tinto o un guaro sin encender un Marlboro. Un hipnotizador nacido en Tel Aviv, que se había hecho famoso por haber convencido a todo el ejército israelí de dejar un vicio que mata a 7 millones de persona al año, Ehud Abrahmson, iba a hacer el milagro que ni parches, ni chicles, ni oraciones al Niño Jesús de Praga habían podido.

Llegué tarde y en el lobby del hotel estaba Fernando, de sudadera negra, gorra azul y decidido a dejar por completo el vicio que más le había durado en la vida. A su lado estaba una de las mejores cocineras del país, dos actrices que él doblegaba con el poder de su voz grave, apaleada por el humo y uno de los empresarios que se la han jugado el todo por el todo para traer a las mejores bandas de rock del mundo. El doctor Ehud se preparaba, quedaban quince minutos para el encuentro. Fernando, pícaro, dijo que quería despedirse del cigarrillo, así que saldría –sin importar que estuviera lloviendo- a despedirse de su viejo amor. Las dos actrices lo acompañaron.

Fernando era un rumbero maratónico. Ninguna fiesta le hizo incumplir alguno de los plazos que asumía como escritor. En el 2004 cumplió el sueño que todo fiestero tiene: tener un lugar donde celebrar las veces que quisiera. Era su época dorada, al éxito mundial de Betty se le sumaba el de Hasta que la plata nos separe. Era el rey del Rating y también el rey de la noche. El Punto G se abrió en agosto de ese año en la Calle 94 N.11-26. Lo que se escuchaba allí era Bossanova, Jazz, rock setentero. Allá se escuchaba solo lo que le gustaba a Gaitán.  Cuando cerró Fernando regresó a su casa, RCN. La fiesta nunca terminó así como tampoco nunca se acabó el pucho eterno que se consumía en sus manos.

Antes de que se cerrara el ascensor que nos llevaría al décimo quinto del hotel, Fernando llegó, agitado y con el olor de los que también se fuman la colilla. Nos metieron en un cuarto. Cada quien sentado en una silla. Ehud Abrahmson se hacía esperar como una estrella de rock. Fernando nunca lo hizo, siempre estuvo de pie, siempre ansioso. Para no pensar en fumar se puso a contar historias de intentos fallidos que había tenido para dejar el vicio. Una vez, a finales del 2016, lo citaron en el Four Sessions. Un hipnotizador finlandés de nombre impronunciable le arrancaría para siempre esa debilidad por la que nunca sintió vergüenza. Cuando lo vio creyó que era un timador; “Si este tipo fuera exitoso con lo que haría estaría mejor vestido y no andaría con camisetas de cuello descuajado y sandalias de plástico”. La sesión de hipnosis era colectiva. Lo último que recuerda es haber visto el reloj, eran las 8 de la noche. Cuando lo volvió a ver, treinta segundos después, eran las 11. Habían pasado tres horas por su cara y ni siquiera lo sintió. Fernando, exultante, notó que ya no tenía esa vieja necesidad que se le había enconado desde los 14 años. Bajó al lobby y esperó al chofer. Como se había hecho tan tarde el joven se había ido para la casa. Intentó encontrar un taxi, un uber, nadie vino a recogerlo. De pronto la vieja necesidad reaparecía. Le pidió a un botones un cigarrillo. Antes de llegar a su casa, después de encontrar a un amigo que lo aventó,  ya se había fumado cinco.

Cuando llegó Ehud Fernando no tenía mucho entusiasmo. A él le tocó primero. Quince minutos después me llamaron a mí. Cuando me desperté de la hipnosis sentí el dolor de cabeza. No tenía ganas de cigarrillo ni de los muffins con chips de chocolate a los que aún soy adicto. El gurú Abrahmson, con su método, también te arrancaba las ganas de gluten.

Feliz bajé los quince pisos y afuera estaba Fernando. Sentimos cosas parecidas. Sentimos algo parecido al goce. ¡Qué lejos quedaba esa sucia necesidad de fumar! Fue un momento fugaz. Pasamos la calle y vimos una Caseta. La señora vendía Malboro. Con plena naturalidad Fernando compró un paquete, me ofreció un cigarrillo, lo recibí y ambos fuimos caminando, echando humo por la boca, hablando de la pérdida de tiempo que eran las terapias de hipnosis.

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