La última frontera
Opinión

La última frontera

La Inteligencia Artificial, avance científico solo comparable a la energía nuclear, puede tener un impacto extraordinario o catastrófico según las manos en que caiga

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abril 30, 2024
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Albert Einstein envió en agosto de 1939 una carta escrita por Leó Szilárd, ambos eminentes físicos y ambos judíos europeos refugiados en Estados Unidos, al presidente Roosevelt, expresando su preocupación sobre los avances de la Alemania nazi en la construcción de una bomba nuclear, que le daría el dominio del mundo, a no ser que los aliados se le adelantaran. Esa carta fue decisiva en la organización del Proyecto Manhattan, una empresa gigantesca que convirtió a Estados Unidos en potencia nuclear. Einstein se arrepintió de haberla enviado, porque la construcción de la bomba duró tanto que cuando estuvo lista en 1945 ya Berlín había caído en mayo y fue utilizada ese agosto contra Hiroshima y Nagasaki.

El cuento muy conocido es para decir que con los avances de la ciencia se pueden hacer cosas maravillosas o terribles, según las manos en que caigan. Y que su utilización es en el fondo un problema ético fundamental. En diciembre de 1953 el presidente Eisenhower presentó ante la Asamblea de las Naciones Unidas la propuesta del programa internacional Átomos para la Paz, destacando los usos pacíficos de la energía nuclear, que son tantos y tanto han contribuido al progreso. Pero el demonio sigue allí agazapado, con muchos dueños que no se quieren entre ellos. Con la Inteligencia Artificial Generativa, IAG, que es un avance científico solo comparable a la energía nuclear, sucede exactamente lo mismo.

La inteligencia artificial es un término genérico que existe desde cuando se inventaron los computadores, hace más de setenta años. Es un proceso sencillo de dar a una máquina unas instrucciones precisas para que produzca un resultado cierto, que es la definición de algoritmo. Es un proceso mecánico  copia del raciocinio lógico y simplifica enormemente los procedimientos administrativos y burocráticos, cuyos desarrollos han cambiado nuestra vida cotidiana de modo irreversible. Tiene eso si un lado oscuro que es el poder de manipulación de la información para objetivos comerciales o políticos abusivos o ilegales, que ha llevado a que se establezcan controles para su uso, sin mucha efectividad. Hoy estamos, para bien o para mal,  en  manos de los algoritmos.

La Inteligencia Artificial Generativa, IAG, que es el invento comparable a la fusión nuclear, es otra cosa. Es un salto cualitativo en computación donde ya no se siguen unas instrucciones dadas, sino se buscan patrones en la información y se comparan entre ellos. Ya no es la lógica en acción siguiendo una ruta establecida sino la creación de conocimiento a un nivel que ningún cerebro humano puede igualar. Su impacto puede ser extraordinario o catastrófico según las manos en que caiga.


La ética, la última frontera que le va quedando a la inteligencia humana, algo  propio e irremplazable: decidir lo que es correcto


Un ejemplo, la Clínica Mayo en Estados Unidos ha creado un archivo con diez millones de historias clínicas de todas las enfermedades imaginarias para cruzarla con las más avanzadas investigaciones  en medicina, de modo que pueda facilitarse un diagnóstico particular. Es como si un paciente tuviera una junta médica con todos los médicos del mundo. Las posibilidades de equivocarse se reducen de modo dramático. No hay que olvidar que hace solo 50 años el ojo clínico era la fuente principal de diagnóstico que salvó a algunos pacientes y a muchos otros no.

Sin embargo, en esa posibilidad de equivocarse está el talón de Aquiles de la AIG, que fue lo que impidió por años poner a disposición del público sus avances. Al final, como sucede con la inteligencia humana, que crea asociando  asuntos no relacionados, pero trabaja con la información disponible, puede equivocarse. Y mal manejada puede llevar a que organizaciones muy poderosas que son las dueñas de la herramienta la pongan al servicio del control de las decisiones políticas, culturales o de consumo de la gente. Con el agravante de que no está lejos el día de que empiecen a pensar por sí mismas.

En un futuro próximo, con la información adecuada la IAG podrá componer un concierto original de Mozart, pintar otro cuadro de Monet, escribir una nueva obra de Shakespeare, perpetuar a un tirano en el poder o construir una bomba atómica. De ese tamaño es el descubrimiento, que nos devuelve al terreno de la ética, la última frontera que le va quedando a la inteligencia humana, algo  propio e irremplazable: decidir lo que es correcto.

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