Opinión

La televisión colombiana necesita más narcoseries

¿Cómo fue posible no haberle sacado cinco temporadas al Cartel de los Sapos? ¿Por qué se sigue pensando en telenovelas y no en series?

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febrero 06, 2020
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La televisión colombiana necesita más narcoseries
Hay series notables como ´El cartel de los sapos´, con los recordados el Cabo y Guadaña. Foto: Facebook/Alvaro José Pérez, el Guadaña

Son aburridores, ¿cierto? No hay nada más patético que escucharlos con su discurso aprendido en memes, rasgándose las vestiduras y levantando el dedo indignados por la emisión de las narconovelas que mancillan la imagen del país y promueven los antivalores de Pablo Escobar. Las historias de narco, como en cualquier dramaturgia, se dividen en buenas y malas. Hay series notables como El cartel de los sapos y otras despreciables como Las muñecas de la mafia. La valoración no se hace desde lo ético sino desde la calidad de la obra. En ese sentido deja una mejor imagen de Colombia en el exterior El patrón del mal de Juana Uribe, que cualquiera de los bodrios optimistas de Harold Trompetero.

Son tiempos de crisis, el espejismo que vivió la televisión colombiana hace unos años se disuelve y queda la verdad, la maravillosa dictadura de las plataformas que exigen contenido Premium. Por eso, mientras afuera se vive la edad dorada de la televisión, los dos canales de acá lucen desorientados, desconectados con la realidad. Hace poco hablaba con Robinson Díaz y lanzaba una verdad de a puño: ¿Cómo fue posible no haberle sacado cinco temporadas al Cartel de los Sapos? ¿Por qué se sigue pensando en telenovelas y no en series? ¿Alguien en Estados Unidos llama narcodirector a Scorsese por habernos mostrado con el realismo de un documentalista el universo de los gánsteres?

El maestro Guillermo Angulo tiene 92 años y conoció a su íntimo amigo Gabriel García Márquez mientras estudiaba con él cine en Roma. Uno de sus profesores era Cesare Zavattini, padre creador del neorrealismo. Conoció a Fellini, a Antonioni, a De Sica, a toda la santa lista. Su película favorita, de todas las que ha visto, es Buenos muchachos. La ha visto más de veinte veces, tiene un ritual con su hijo, el director y productor Alessandro Angulo Ballestrini de verla cada 17 de noviembre –cumpleaños del director de El irlandés- mientras se toman un par de vinos. Una de las cosas que más disfruto en la vida es hablar de películas de mafiosos con ellos dos. Sin embargo, el tema siempre se desnaturaliza hacía un amor que es más profundo que la trilogía de El Padrino: Los soprano.

Alessandro es el colombiano que más veces ha visto los 65 capítulos que la conforman: 14 veces. La última vez la volvió a ver fue hace unos meses mientras cuidaba a su hijo recién nacido. Los Soprano no es una serie hipnótica por el nivel de violencia que maneja, bajísimo con los estándares actuales, sino por la elaboración de los personajes. Por eso nos encontramos con un villano encantador que, así nos cueste reconocerlo, se convierte en nuestro héroe. ¿Quién no está de acuerdo con que Tony Soprano es un hombre encantador? Inmenso como un oso y tierno como un bebé, al líder de la familia le perdonamos que sea un malhablado machista y racista, republicano, conservador y católico, chantajeador, asesino y traidor solo porque lo vemos comiendo helado mientras ve una película de Jimmy Cagney a medianoche en el sofá de su casa, o porque tiene la costumbre de conducir escuchando las canciones de The Kinks. Cuando se terminan de visionar las cinco temporadas solo queda un camino para combatir el despecho: volverla a comenzar.

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Ojalá Carlos Moreno pueda contar todas esas historias negras de familias vallunas y Víctor Gaviria tuviera el presupuesto para mostrarnos el horror de la Medellín de los ochenta

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HBO hizo millones de suscripciones en los siete años que duró la serie. Ningún crítico en Estados Unidos fue tan estúpido como para plantear el debate moral de si los Soprano promovían antivalores o no sé qué otra pendejada. No, el país simplemente la disfrutó sin remordimientos. Ojalá Carlos Moreno pueda tener la oportunidad de contar todas esas historias negras de familias vallunas que cayeron en la tentación demoniaca de exportar coca para Estados Unidos, ojalá Víctor Gaviria tuviera el presupuesto para mostrarnos el horror de la Medellín de los años ochenta. Es que la adoración por Pablo Escobar no arrancó con El Capo, acá se le ponen veladoras desde que estaba vivo y, a principios de los años noventa, cuando le aplaudimos haber puesto de rodillas al gobierno del incompetente César Gaviria.

En Colombia estamos tan atrasados que todavía le creemos al rating y no a las suscripciones. Por eso, para cortar la brecha, deberemos atrapar televidentes recurriendo a la fórmula que arrancó  a principios de los veinte cuando Melvin le Roy estrenó El pequeño César: No hay nada mejor que una buena película de gánsters.

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