La siempreviva: miserabilismo, clichés y lugares comunes

La película de Klych López es otro clamoroso fracaso estético de nuestro cine

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octubre 13, 2015
La siempreviva: miserabilismo, clichés y lugares comunes

Desde que empieza la película uno sabe que Julietica, tan buena, tan querida, tan sensible, va a ser la mártir. Su bondad no tiene matices: ella es la que ayuda, la que concilia, la sacrificada, la que se irá a la cafetería del palacio de justicia no sólo a degradar su recién sacado diploma de abogada para mantener a un hermano vago y a una mamá viuda sino a que el Estado colombiano le estampe un tiro en la frente y la desaparezca. Desde que empieza la película uno sabe que Carriazo es el malo, el miserable agiotista que explota la necesidad de los más pobres, el inescrupuloso que enarbola las banderas del MAS y del protouribismo y dice que a la guerrilla hay que acabarla es a punta de plomo, que Andrés Parra es el payaso venido a menos, que se sacude su amargura de Pagliacci golpeando a la mujer y que esta, en cualquier momento, llenará sus maletas con su ropa y se irá al otro cuarto.

No es suficiente la exuberancia de trucar un plano secuencia de hora y media para deslumbrarnos. A la historia le hizo falta la mitad, la más importante, la de construir los personajes. Cuando en 1995 se estrenó en el Teatro El Local la obra La siempreviva el país se rindió ante la denuncia frentera y atrevida que hacía el escritor Miguel Torres en plena efervescencia paramilitar. Veinte años después y aprovechando la coyuntura, Klych López adapta la obra de Torres al cine restándole importancia a la masacre del Palacio de Justicia para llenar de textos que hacen una clara alusión a lo que sucede en La Habana. En ese cambio La siempreviva sale debilitada porque no llega a transformarse ni en una cosa ni en la otra. Esas discusiones mañaneras entre los que entienden las acciones del M-19 y los que piden su destrucción inmediata, son de una superficialidad alarmante. Al cumplirse treinta años del horror del Palacio uno esperaría que la película de López ahondara aún más en las desapariciones, en la inoperancia del presidente Betancur, en el golpe de mando de los generales desobedientes que no desaprovecharon la ocasión para intentar matar a la plana mayor del M-19 sin importar cargarse a más de un centenar de inocentes.

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El episodio de la toma del Palacio es un hecho aislado que sirve para que la buena de la Julietica desaparezca. A partir de allí viene un espiral de lugares comunes que sólo sirven para desatar el nudo en la garganta de todos aquellos espectadores desinformados a los cuales nunca les importó saber que había sucedido en el Palacio y para todos aquellos mamertillos con ganas de volear piedra al establecimiento que se han dado cuenta, gracias a esta hora y media, de la infamia del estado colombiano.

Si como documento histórico y social La siempreviva fracasa, como hecho cinematográfico las actuaciones de Andrés Parra y Enrique Carriazo hacen que el desastre no sea mayor. Parra vuelve a demostrar que es uno de los mejores actores que tiene este país y que puede sacar adelante un papel así detrás de él no exista una dirección o un guion que lo respalden.

Es una lástima que se hayan cumplido treinta años de la toma del Palacio de Justicia y no sólo tengamos que soportar que la responsabilidad de los generales y del presidente no esté aún clara, sino que todavía no haya una película o una obra de arte digna sobre los horrorosos días de noviembre de 1985.

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