La Linterna, la tradicional imprenta caleña que se resiste a morir

La Linterna, la tradicional imprenta caleña que se resiste a morir

“Aquí somos como esos viejos dinosaurios de tinta, aceite y combustible: inamovibles”

Por: Fernando Alexis Jiménez
julio 03, 2019
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La Linterna, la tradicional imprenta caleña que se resiste a morir
Foto: Juan Carlos Arboleda

La primera sensación que se experimenta al atravesar las puertas del taller de La Linterna es que se viajó en el tiempo. Es inevitable. El sonido ensordecedor de las dos imprentas —una de 1870 de manufactura francesa, y otra de 1890, fabricada en Alemania— así como el olor a tinta, y el calor del metal ligeramente calentado, nos retrotraen a la época en la cual cada pieza impresa, generalmente en papel periódico, era el fruto de largas horas de trabajo artesanal.

Esta imprenta y litografía es una de las pocas que queda en Colombia, y se resiste a morir. Funciona en un local del emblemático barrio San Antonio de Cali. Es de los pocos negocios que sobreviven de milagro, en donde se imprimen afiches y cartelones haciendo acopio de técnicas antiguas.

Es la antítesis de las artes gráficas porque hoy todo es moderno y los diseños, a diferencia de los que se elaboran allí con punzón tallando caucho blando, se hacen en computador. Cuestión de tecnología. Ahorro de tiempo y dinero. “Acá preferimos utilizar métodos de antaño. Es un distintivo de todos nuestros trabajos”, asegura Jaime García, quien funge como gerente, mensajero, diseñador, impresor, contador y cobrador. Todo al mismo tiempo. “Es que no alcanza para pagar personal; nos toca a nosotros mismos hacerlo todo”. En la nómina figuran dos personas más: Olmedo Franco y Héctor Otálvaro,

Alrededor, mesas con herramientas, reglas, lápices, pedazos de madera, sillas de plástico desparramadas, estantes dispersos y afiches que cubren todas las paredes. Los hay de todas las épocas y en todos los colores. Usted puede ver allí imágenes de Celia Cruz, Piper Pimienta, Roberto Roena y Cano Estremera, dibujados en colaboración con varios artistas.

Un nuevo trabajo, otro día de vida

Foto: Juan Carlos Arboleda

Foto: Juan Carlos Arboleda

Cuando llega qué hacer y dejan de llenar los crucigramas de los periódicos viejos o los cuadros de sudoku, prenden las máquinas que, primero lentas y luego con la velocidad de un ciclista afanado por llegar a la meta, empapan de tinta el molde, y éste a su vez, se adhiere al papel.  Y en cuestión de segundos, la magia de una nueva publicación. El ritual: una mirada cuidadosa al tiraje, se arruga el ceño para prestar cuidado a todos los detalles y, luego, la sonrisa. “Hágale, que para antier es tarde”. Hay un nuevo contratico… y con él, otro día para sobrevivir.

Inicialmente fue una revista, fundada alrededor de 1949. Tiene ya, setenta años. Otros alegan que data desde 1934, pero no pasa de ser un comentario de aquellos que bebiendo tinto en la tienda de la esquina, auscultan en el baúl de la memoria para armar los retazos de la historia caleña.

Como no había mucho que informar para la época, se convirtió en taller de afiches. Daba más plata que contar los incidentes que de tanto repetirse en las calles de la ciudad, tomaban fuerza de verdad hasta dimensionarlos para que ocuparan titulares en el magazine.  Debido a que conserva piezas únicas, se le reconoce como un patrimonio de los impresores de Colombia. Incluso los turistas mochileros, que abundan en San Antonio, no pueden irse sin antes entrar al taller, tomarse unas fotos como si estuvieran en un sitio recóndito del África y sonreír, sin entender ni jota del español con acento vallecaucano, con el que tratan de explicarles qué significa todo aquello.

Una labor de artesanos

Foto: Juan Carlos Arboleda

Foto: Juan Carlos Arboleda

Las máquinas que son un verdadero tesoro, y que no han querido vender para que no terminen desguazadas con tornillos y bielas que sólo sirvan para trancar las puertas, imprimen solamente quinientas copias por hora. Las imprentas de hoy día multiplican esa cantidad. Pero nada como tener en las manos un ejemplar que sale caliente y oliendo a tinta, y de paso, más barato.

“Aquí somos como esos viejos dinosaurios de tinta, aceite y combustible: inamovibles”, explica Olmedo Franco, a quien ver morir La Linterna sería tanto como si le arrancaran parte del corazón. “Si no hemos renunciado en los momentos de crisis, mucho menos ahora”, advierte, dispuesto junto con sus compañeros de taller, a dar la pelea contra la tecnología y las redes sociales que arrasan con todo a su paso. La terquedad que los domina es el único fundamento que les ha permitido permanecer vigentes en el tiempo. Al fin y al cabo, cada creación en colores rudimentarios, es una verdadera artesanía. Eso los hace únicos e irrepetibles.

Lo único que lamentan es que, con el florecimiento del siglo XXI, vinieran dos grandes problemas para la impresión de carteles: la litografía y los decretos del gobierno local que limitan la fijación de afiches.

Algún día tendrán que decir que los referentes históricos de Cali son la estatua de Sebastián de Belalcázar, la avenida sexta con su música y luces multicolores, el chontaduro, el pandebono… y los carteles de La Linterna.

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