La insoportable levedad del esclavo intelectual

Los intelectuales además de ser vanidosos y aburridos, creen tener razón en todo

Por: Roberto Echeverri Uribe
marzo 22, 2017
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La insoportable levedad del esclavo intelectual
Foto: tomada de elmundo.es
Los intelectuales además de ser vanidosos y aburridos, creen tener razón en todo. Son dioses hurgando y opinando; hablan, despotrican y, peor aun, buscan en su divino "Verbum Dei" dominar el fiel de la balanza de la opinión pública en los más diversos temas del intelecto humano. Al rebatirlos se hace necesario mencionar diversos intelectuales para dar solidez y contundencia argumental; de lo contrario, será una mera digresión superflua y baladí. Además de la lógica, se hace necesaria una extensa cultura. Maldicen de todo y de todos, y confunden, como Shopenhauer, carácter con mal carácter. Su aporte como intelectual a la sociedad es casi siempre egoísta. Generalmente quien se dice intelectual, además de no serlo, deja ver un lamentable vacío en su autoestima.
Es el caso de Fernando Londoño. Un ególatra y autoproclamado lobo intelectual de (ultra)derechas, que va por el mundo vestido de oveja para alternar su existencia entre la gleba -a la que venera con falsedad magistral- y la perfección del mundo de la intelectualidad. Sin afanes, sin angustias. Todo intelectual es misántropo, plutócrata, teórico, cáustico y distante de las realidades de la vida. Hambre miseria y muerte aunque son parte de su dialéctica y los comprende a la perfección, en realidad son conceptos fáciles de poetizar. No los toca, ni afectan su más próxima realidad. Este líder criollo maneja con facilidad temas como historia, filosofía, economía, arte, y música. Se mueve como pez en agua gracias a los casi 20 años de experiencia en la radio y sus no sé cuantos como catedrático en su alma mater. Además fue militante en diversos partidos políticos, y demuestra todos los días en el ejercicio de su propósito existencial, conocer en profundidad la política y el manejo del Estado. Si algo lo caracteriza, es su reveladora habilidad al hacernos ver las triquiñuelas que inventa día a día este remedo cómico de Estado llamado Colombia, para timar a los ciudadanos y convencer ahí sí con aterradora eficacia, que vivimos en una de las democracias más delirantes y oscuras del orbe. Londoño tiene la inteligencia para comprender la perversidad que se esconde tras su entramado funcionamiento. Claro, hace años hace parte de él.
Como buen libre pensador de tinte caudillista, este manizalita es tajante, irónico y radical; un intelectual de racamandaca no puede ahogarse en medias tintas ni demostrar tibieza en el carácter. Es parte del desprecio que sienten los intelectuales por sus seguidores. Conocedor de la naturaleza humana, Londoño sabe que los enemigos aparecen por doquier, y cuando las circunstancias lo ameritan, no duda en hacer uso de su condición de intelectual para defenderse de sus ataques, o alabar en anacronismos y florituras a quienes coinciden con sus tesis. Sin profundizar en ningún autor, hace de sus circunloquios y retruécanos un lenguaje copioso en citas y frases cargadas de pedantería hasta convertir su discurrir dialéctico en un estilo ya caído en desuso, pero que en una sociedad inculta y anclada en el pasado, da una falsa sensación de importancia por tratarse de un intelectual que comunica a oyentes y seguidores. Londoño cae con facilidad en la categoría de "encantador de serpientes".
También gusta del poder. Para eso se dice intelectual, para dirigir la masa Orteguiana muy útil en el cumplimiento de sus logros políticos y personales; y por ello no ahorra esfuerzos en renovar permanentemente su decadente y monótono programa radial "La hora de la verdad". En él, todo gira alrededor de su carácter y personalidad. Es gracioso ver a quienes lo acompañan cada mañana defender a ultranza sus más alrevesadas teorías políticas. Este programa es una lección extraordinaria de vacío existente en la capacidad creadora, de ausencia en la diversidad intelectual, y hasta de independencia, pero sobre todo de la pérdida de la vergüenza, y, peor aun, de la coherencia. Cada coloquio es un chiste: lo estúpido cae en lo ridículo, y lo irónico cae en el absurdo cuando los miembros de la mesa de trabajo defienden con falso convencimiento las tesis y los valores con los cuales el todopoderoso Londoño comulga. Este circo ideológico nos recuerda de qué es capaz un ser humano al sentir temor por la pérdida del empleo. Ser intelectual, -y esto es lo que parece no entender Londoño Hoyos-, significa tener más responsabilidades que derechos, y por lo menos una responsabilidad del mismo tamaño de la libertad de expresión que posee.
En definitiva, el problema es, sobre todo, moral. Que Londoño utilice los medios de comunicación, está bien. Pero, muy a menudo, sólo lo utiliza para transmitir ideas convertidas en peligrosas ideologías: sí; modifica sus ideas para que puedan aparecer en los medios de comunicación y manipular la audiencia. ¡Y ay del que quiera cuestionarlo o contradecirlo! Desaparición segura del medio, aniquilación política total, y exclusión para siempre del partido. Un juicio al mejor estilo del nazismo hitleriano. Los intelectuales en su alquímica unción de Dios y hombre, no conocen la clemencia. Ser intelectual en Colombia es un oficio que genera riqueza a costa de la pobreza y la ignorancia.
Los medios de comunicación colombianos se caracterizan por su pobreza cultural en la radio y la televisión, que va desde mala en la cota superior hasta la categoría de basura. El problema de esa mala calidad en los mass media radica en la modificación del comportamiento de la sociedad y otros intelectuales ante la existencia en esos medios. La posibilidad de alcanzar una vasta audiencia, más por efecto teatral que por análisis escrupuloso, impulsa a otros intelectuales a construir estrategias políticas de comunicación. La sociedad colombiana está fuertemente influida por los mensajes que la radio y la televisión repiten como una cantinela para obtener un rating fácilmente convertible en insumo para influenciar al auditorio.
Pero todo intelectual tiene su amo, su faro, su guía. Unos conocidos y revelados, otros mantenidos en la más secreta clandestinidad. No es el caso de Londoño. La fuente inagotable de luz inspiradora se llama Álvaro Uribe Vélez. Sí, dos fenómenos en esa relación vasallática. El primero un talento desbordante, el segundo, también inteligente, se convierte en un fenómeno enfermizo de adoración. El esclavo da muestra de su inteligencia al escoger el amo al que adora. Horacio Serpa el político liberal que otrora idolatró a Samper, demostró dos cosas: que la estupidez humana no tiene límite, y que la imbecilidad del esclavo puede ser medida según la imbecilidad del amo. El caso que me ocupa es diferente; aquí hay inteligencia y sagacidad por montones. Amo y esclavo brillan con luz propia, pero además hacen brillar el uno al otro en una ecuación de virtuosismo automantenido retroactivo y eterno. Uribe un ejemplo de trabajo y dedicación, Londoño un intelectual de muchos quilates y plenamente dedicado a lo académico, funge como exégeta del partido de su ídolo. Ambos, el amo y su fiel lacayo, yacen empantanados por la política, son investigados por actos de corrupción, y serán devorados por la historia al ser desacreditados por la sociedad colombiana.
P. S.
Aquí el artículo que Londoño escribió de Uribe "El presidente que conocimos", aparecido en el portal Periodismo sin fronteras" el 5 de marzo de 2017.

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