Texto escrito por: Carmelo Antonio Rodríguez Payares
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Ahora que acabo de ver el aviso en el que anuncian las corralejas para el mes de diciembre en El Bagre, no puedo olvidar la figura de un torero que llegó a ese pueblo por allá por los finales de los años 70, que se ganó el aprecio de muchos de los que acudíamos a esos festejos, del que apenas recuerdo que su nombre era Marcos. Incluso guardaba en nuestra casa los aparejos que usaba en la jornada taurina y se tomaba sus tragos con los amigos al final de la jornada en las dos mesas que tenía el negocio de mi padre.
Por esas cosas de la vida se hizo amigo de mi papá, que hacía parte de la junta de aquellas fiestas, y hoy que veo a Faber Carlos Herazo González en las plazas, me queda difícil no hacer un retrato de ambos.
Quienes hemos ido a las fiestas de corralejas conocemos los ritos que sobre ellas están rendidas. En primera instancia se abren las puertas de los toriles y muchos bravucones, con sus tragos en la cabeza, hacen todo lo posible para que los toros salgan a la plaza.
Pero hoy vamos a saber cómo es que Faber recibe a estos animales. Las puertas se abren.
El toro sale. Y entre decenas de hombres que esperan la embestida aparece Faber Carlos Herazo González, delgado, vestido muchas veces con jeans, tenis y camisa, con el sombrero vueltiao como parte de ese uniforme informal que terminó convirtiéndose en una de sus señas de identidad. Entonces levanta las banderillas y le lanza una mirada de reto al animal que le tocó en suerte esa tarde, animada por los porros de una banda de la sabana sucreña.
Calcula la distancia y espera. Faber no escucha el grito de la multitud. Pero conoce perfectamente lo que significa ese silencio que antecede a la embestida y sabe leer, como pocos, el movimiento de un toro dentro de la plaza. Es uno de los personajes más reconocidos de las corralejas del Caribe colombiano.
Es la hora de señalar que su historia comenzó muy lejos de los grandes ruedos porque fue en un pueblo llamado La Apartada, en el departamento de Córdoba, en la región del Alto San Jorge.
Faber Carlos Herazo González nació en La Apartada, un municipio cordobés ligado a la cultura ganadera y a la tradición de las corralejas.
Hijo de Marco Antonio Herazo y Oneida González, que nada tenían que ver con los toros bravos, se hizo en esa profesión a pesar de no tener detrás una escuela taurina. Su escuela fue otra y fue el potrero y la vaquería. Y fue, sobre todo, la curiosidad de un muchacho que desde niño parecía tener una atracción especial por el toro bravo.
Según los relatos publicados sobre su infancia, Faber se escapaba de la vigilancia de sus padres y caminaba hasta la finca La Bohemia, perteneciente a los hermanos Vallejo Díaz-Granados, ubicada a pocos kilómetros de La Apartada, en la vía hacia Caucasia. Allí comenzó a familiarizarse con los animales y con las labores propias de la ganadería.
Decían que era un niño mirando a los toros, pero también era un niño que aprendía y tenía la virtud de saber que un animal bravo no se enfrenta solamente con valentía, sino con conocimiento.
Hay un episodio de su infancia que ha acompañado prácticamente todas las biografías periodísticas de Faber y que es necesario recordar para darle mayor virtud a su proceder en las plazas, como lo acaba de hacer en el corregimiento de Puerto Claver en las fiestas de ese pueblo.
Los relatos publicados señalan que cuando tenía alrededor de tres años sufrió una caída y perdió la audición y la capacidad de hablar. Sin embargo, una publicación posterior advierte que no pudo establecerse con certeza si la condición fue consecuencia de aquella caída o si nació con ella. Lo importante es que Faber creció en un mundo sin sonidos.
Pero ese silencio, de manera paradójica, terminó convirtiéndose en una manera distinta de comunicarse con los toros. Nunca pasó por una escuela taurina formal. Aprendió observando y practicando. Las crónicas destacan su habilidad para las banderillas, el capote, la muleta, las suertes a caballo y algunas maniobras de acrobacia.
Cuentan que de niño admiraba a los toreros de corraleja como en ese tiempo eran Pascual Cermeño y los hermanos Beto y Paco Jaraba, figuras que marcaron aquella época en la región del San Jorge.
Y desde ese tiempo soñó con vestir el traje de luces. Dicen que su anhelo era ser torero profesional, pero las circunstancias económicas de su familia no le permitieron seguir ese camino.
En la historia de Faber hay también una página de amor que parece escrita por un guionista de cine. Ocurrió en Cotorra, un municipio distante a unos 45 kilómetros de Montería. La protagonista era Dálida Lili Villadiego Osorio, estudiante de medicina e hija del ganadero Juan Bautista Villadiego Reyes, conocido como Pepe Villadiego.
Cuentan que Faber la vio entre los palcos y decidió que aquella tarde el toro sería también una carta de amor. Esa tarde le tocó enfrentar a un animal llamado “El Reggaetón”.
Faber había pedido permiso al ganadero Carlos González Sánchez para banderillarlo, porque además el toro tenía fama de peligroso. Cuando salió, Faber lo citó y esperó.
Y cuando el animal entró en su terreno, colocó las banderillas.
Después, según el relato publicado por Korraleja, tuvo tiempo incluso de quitarse el sombrero y lanzar un beso hacia el palco donde estaba Dálida y ella le respondió con una sonrisa.
La historia terminó convirtiéndose en uno de los relatos románticos más conocidos alrededor de Faber porque era un banderillero, la hija de un ganadero y un toro bravo y una declaración de amor hecha en medio de una corraleja.
Faber ha recibido varias cornadas y accidentes a lo largo de su trayectoria. En marzo de 2025, por ejemplo, sufrió un grave golpe en la cabeza durante las corralejas de Arjona, Bolívar, cuando intentaba esquivar un toro y terminó golpeándose contra la estructura de los palcos. Pero quizá esa sea una de las claves de su personalidad taurina. Faber conoce el peligro y no parece ignorarlo, al contrario, lo enfrenta.
No se trata de valentía, es la capacidad de saber cuándo entrar y cuándo salir y cuándo esperar; cuándo provocar la embestida y cuándo escapar de ella.
En julio de 2026, la familia Herazo recibió uno de los golpes más duros de su historia. Marcos Herazo González, hermano menor y compañero de corralejas, murió en un accidente de tránsito en la Troncal de Occidente, entre Chinú y Sampués.
Para un hombre que no puede comunicarse mediante la voz, perder a quien durante tanto tiempo había hablado por él tiene una dimensión difícil de medir. Esta vez no había toro. No había ruedo.
No había banderillas. No había manera de calcular la distancia. Era una tragedia llegada desde una carretera.
Y quizá sea ésta la parte más dolorosa de la historia de Faber Herazo: el hombre que durante décadas aprendió a esquivar las embestidas de los toros tuvo que enfrentarse a una pérdida contra la cual no existe capote.
La historia de Faber Herazo es, finalmente, la historia de un muchacho del Alto San Jorge que encontró su destino mirando animales en un potrero. Un niño que quiso ser torero. Un joven que aprendió sin escuela. Un hombre que convirtió las banderillas en su oficio. Un hijo de Marco Antonio y Oneida.
Un hermano que durante años tuvo en Marcos a su voz y compañero de camino. Un hombre que encontró el amor en una tarde de toros.
Y un personaje que terminó convirtiéndose en parte de la memoria viva de las corralejas del Caribe. Tal vez por eso, cuando las puertas de la plaza vuelven a abrirse y el toro aparece levantando polvo, Faber sigue ocupando su lugar.
No necesita escuchar la banda. No necesita escuchar los gritos. No necesita escuchar los aplausos. Le basta mirar.
Porque hace muchos años, en algún lugar de La Apartada, un niño descubrió que los toros también hablan. Y él aprendió a entenderlos.
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