Romper a palo una organización armada no la acaba: la riega por el territorio. Así ocurrió con el Bronx, con Marquetalia y con Escobar, y así ocurrirá otra vez

- La guerra es una piñata
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En el pasado cuando había show de payasos para hacer reír los niños invitados, recreador para mantenerlos entretenidos, y mago para asombrarlos, no sé si aún sea así, en cualquier fiesta infantil colombiana romper la piñata es el momento más esperado, el que más adrenalina genera entre los infantes pero a la vez, es el instante  que más desorden se genera, afloran en muy pequeña escala el egoísmo y surgen  frustraciones infantiles que se callan con el mismo regalo que luego a todos los niños les dan por igual. 

Pero vamos al punto, un niño, generalmente el homenajeado, con los ojos vendados y después de quedar mareado con las vueltas que le dan con la algarabía y la expectativa de todos los que quieren coger lo que más se puedan de la piñata, le da palo a una piñata, que casi siempre se resiste o cae al piso completa por lo que un adulto responsable entra al cuadro y la rompe para que los dulces y regalos caigan por do quier,   Se revienta y los dulces salen disparados para todos lados, debajo de las mesas, detrás de las sillas, entre los pies de los invitados. Nadie celebra que la piñata esté rota; todos corren a recoger lo que se regó.

El 28 de mayo de 2016, 2.500 policías y soldados se tomaron el Bronx, en pleno centro de Bogotá. Aquello era la capital del delito: expendios de droga, armas y explotación de menores. En pocas horas el Estado recuperó la calle y el país aplaudió. ¿Y qué pasó con los que vivían del Bronx? Sencillamente se esparcieron. Según InSight Crime, los criminales se movieron a Ciudad Bolívar, Suba y Kennedy, y cuatro años después las autoridades ya contaban al menos catorce ollas nuevas en la ciudad. Los habitantes de calle terminaron arrinconados en el caño de la calle Sexta.

La operación rompió la piñata, pero nadie recogió los dulces. No hubo un plan social del tamaño del operativo y, según investigadores que siguieron el caso, los centros móviles de atención a consumidores que funcionaban en la zona se fueron desmontando. El Bronx no se acabó: se repartió por Bogotá.

Con la guerra pasa exactamente lo mismo, y la historia de Colombia lo demuestra una y otra vez. En mayo de 1964 el Ejército atacó con miles de hombres a Marquetalia, la llamada república independiente del sur del Tolima. El operativo fue un éxito militar, pero de allí escaparon Manuel Marulanda y 47 campesinos armados que se internaron en la cordillera. Esos 48 hombres fueron el núcleo de las Farc, la piñata se rompió y de sus pedazos nació la guerrilla más antigua del continente.

El 2 de diciembre de 1993 cayó Pablo Escobar en un tejado de Medellín. El cartel de Medellín se acabó; el narcotráfico, no. En lugar de un capo visible quedaron decenas de organizaciones pequeñas, más discretas y más difíciles de perseguir. Entre 2003 y 2006 se desmovilizaron más de treinta mil paramilitares, y en las regiones que dejaron sin que llegara el Estado surgieron las bandas criminales, de las que salió el Clan del Golfo.

Y cuando las Farc entregaron las armas en 2017, el Estado tampoco llegó a tiempo a muchos de los territorios que ellas controlaban. Allí se acomodaron las disidencias, el ELN y el propio Clan del Golfo, que se repartieron las rutas y las economías ilegales. El vacío de poder no dura vacío: alguien lo llena, y casi nunca es el Estado.

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México hizo el experimento a gran escala. En 2006 Felipe Calderón declaró la guerra frontal al narcotráfico. Antes de esa guerra había 18 organizaciones criminales disputándose el territorio; hoy son 44 grupos, según un estudio de AC Consultores citado por Expansión, y entre 2007 y 2022 se registraron más de 370.000 homicidios dolosos. Le dieron palo a la piñata durante dieciséis años y lo único que consiguieron fue regar los dulces por todo el país.

Ahora pensemos en Colombia, que no es una llanura sino un país arrugado. Tres cordilleras, selvas, ríos que hacen de frontera, fronteras que no se ven y municipios a los que el Estado llega una vez cada cuatro años, el día de las elecciones. En una geografía así, cada bombardeo y cada capo abatido produce dos o tres grupos más pequeños que se esconden mejor. Esto, señores, no se arregla a punta de bala.

No estoy diciendo que la fuerza sobre, un Estado que no se hace respetar tampoco negocia; y lo he escrito antes, la paz se firma con quien se sabe derrotado, no con quien cree que habla en nombre del pueblo que oprime. Lo que digo es que la fuerza sola no gana nada. La guerra separada de la búsqueda de la paz negociada y de los proyectos sociales que llenan los vacíos de poder es una piñata: hace ruido, entretiene a la tribuna y deja el piso regado, es lo que está haciendo Abelardo de La Espriella, rompiendo piñatas y entreteniendo tribunas.

Recoger los dulces es la parte aburrida, la que no sale en los noticieros, Es la escuela que abre al día siguiente del operativo, la vía terciaria, el puesto de salud, el juez que llega, la titulación de la tierra, el crédito para el cacao en lugar de la coca y el programa que le da al muchacho de la vereda una razón distinta al fusil para levantarse por la mañana. Eso no lo hace un batallón; lo hace un Estado completo.

Quienes hoy prometen la guerra total como si fuera una solución nueva deberían mirar el Bronx, Marquetalia, Medellín y México. ¡Ya rompimos esa piñata demasiadas veces en nuestra historia! El problema nunca fue la falta de palo, sino que nadie se agachó a recoger lo que se regaba. Mientras el Estado no llegue con algo más que soldados a donde hoy mandan los fusiles, cada victoria militar seguirá siendo apenas el comienzo de la siguiente guerra.

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Por Alejando Carranza

Abogado, magister en estrategia y geopolítica, magister en Derecho, especialista en Derecho tributario, especialista en casación penal. Gerente de crisis. Panelista. Constructor de la utopía contraria.