Desde nombres como Maicol hasta pedir un "americano" en lugar de un tinto, el maestro Fernando Vallejo tenía razón: nos están colonizando el alma de forma sutil

Hace unos años, en alguna entrevista, le escuché decir al maestro Fernando Vallejo que los norteamericanos nos habían colonizado el alma. Explicaba el maestro que mediante sutiles palabras y comportamientos veníamos perdiendo nuestra identidad, trucando algunas maneras por otras un tanto agringadas, por llamarlo de alguna forma.

Basta observar los nombres de algunos de nuestros hijos: Estiven, Jon, Maicol. Cuando inicié mi vida laboral en Yondó, un municipio del oriente antioqueño cercano a Barrancabermeja, supe de dos hermanos de nombres Usnavy y Usarmy. La cosa, más allá de que da un poco de risa, despierta pena. Usamos clutch en lugar de embrague; vamos a un meeting, tomamos un break o estamos down.

En algunos países latinoamericanos, cada vez con más frecuencia, se mezcla el español con una cantidad exagerada de anglicismos, en donde ni se habla inglés ni mucho menos español. Da un poco de dolor esta forma de colonización subrepticia porque la mejor manera de colonizar un pueblo no es por las armas sino por las costumbres, por los hábitos, por el lenguaje, la música y los gusto. Una colonización sutil y soterrada. Cuando la salsa, la cumbia y el merengue se cambien por el folk, el rock o el jazz ya no habrá vuelta atrás.

En Colombia, tradicionalmente, se ha celebrado el día del amor y la amistad en el mes de septiembre. Ahora nos metieron el cuento del día de San Valentín celebrado en febrero, y se regalan rosas, igual que en EE. UU. Cuando yo estudié mi primaria, hace 50 años, el país del norte se llamaba Estados Unidos y el continente: América. Ahora, al oír decir América, tenemos que tener cuidado de si se refieren al país o al continente. Cosa delicada porque le da sentido a la expresión de moda que muestra a Latinoamérica como el patio trasero de los Estados Unidos.

En Estados Unidos se le llama fútbol a lo que nosotros conocemos como fútbol americano, y soccer a lo que aquí se llama fútbol. Ojalá en algo tan nuestro como el fútbol no surja por ahí algún soccer club, ni resulte alguna revista de deportes con que Óscar Córdoba fue uno de los mejores “goalkeeper” que ha tenido Colombia.

Lamentándome ya por esta ridiculez, me llama profundamente la atención que, ahora, al abordar un vuelo en Colombia, se invite a pasar con prioridad a los veteranos de las fuerzas armadas. No podía ser la idea una copia más burda y bobalicona. Obviamente es un copy paste —para seguir en la onda—, de lo que se hace en gringolandia. Y se comprende claramente que allá lo hagan, porque la guerra, las armas y la devoción por las fuerzas armadas son parte fundamental de su cultura.

En la serie Marines, de Netflix, es patético ver a estos jóvenes soldados esperar la guerra como quien espera que un sueño se haga realidad. Es asombroso ver cómo revelan que para poder darle sentido a sus vidas se precisa de la guerra, de la muerte. Tener un fusil en las manos, aprender a disparar, matar a alguien les emociona y enorgullece. Ver esa serie da un poco de tristeza, la verdad. Algún papá sale por ahí muy orondo por haberle regalado su primer rifle a su hijo, ahora marine, cuando tenía seis años. ¡Qué orgullo!

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Claro, Estados Unidos basa su riqueza en el poderío militar con que impone su política exterior alrededor del mundo: amenaza, chantajea y extorsiona en nombre de la democracia y la libertad. Esa impronta está grabada en su juventud y se necesitarían muchos años de educación, de arte, de filosofía, de humanismo para cambiarla.

Ahora, al fin y al cabo, que nos colonicen a la fuerza, por las armas, en caso de que así llegara a suceder, sería algo ineluctable. El poderío militar de EE. UU. no tiene parangón, por lo menos en este lado del mundo; pero permitir que nos colonicen el alma es una decisión personal, y promoverlo, como aquello de invitar a los veteranos a abordar primero, es una estupidez mayúscula. ¿Por qué no se inventaron algo más original, más académico, más honorable, más edificante? ¿Por qué no invitar a abordar primero a los profesores de pre-escolar, por ejemplo? ¿O a los miembros de la Cruz Roja? ¿O a los socios de Médicos Sin Fronteras?

Ejemplos de esta colonización estúpida existen por decenas, pero el más dramático en el país del café es que uno pida un tinto en cualquier restaurante en Colombia y le contesten: ¿“un americano”? Qué bello sería que los cafés de EE. UU. o de Europa introdujeran en su menú el tinto así como existe el cappuccino o el omelette. Y, ojalá se erigiera este como un símbolo colombiano transnacional que nos represente como un himno, como la cumbia; como el tango representa a Argentina y la samba a Brasil. Obviamente, sin dejar de lado, por supuesto, alternativas tan arraigadas como el tintico.

Ya me imagino alguna madre en las montañas cafeteras dejando caer una lágrima de tristeza cuando su hijo, después de regresar de un paseo por el país del norte, se habrá atrevido a pedir un americano insulso en lugar de un tinto nuestro.

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