La cosa política está que arde en Colombia

El mundo ha dado muchas vueltas en cuanto a modos de organización social. En algún momento, los reinados fueron reemplazados por pseudodemocracias. ¿Qué viene ahora?

Por: CÉSAR CURVELO
mayo 19, 2022
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La cosa política está que arde en Colombia
Foto: Pixnio

La cosa política hace alarde de sus avatares y está que arde. Por tanto, entremos a rajar y explicar de dos o tres cosas de la susodicha política. Pero ―como la situación está color de hormiga por amenazas de golpe y el palo en la rueda no está para cuchara―, primero... oremos.

¡Oh, diosa Politeia, que estás en el clímax electoral!

Democratizada sea tu palabra.

Venga a nosotros la paz, la justicia y el desarrollo.

Hágase tu destino de cambio

tanto en el conteo como en el escrutinio

Danos el 29 de mayo nuestra gran noticia del día

Perdona nuestros errores y dudas,

así como nosotros aceptaremos las disculpas

de quienes atentan contra la gobernabilidad.

No nos dejes rebajarnos a la tentación

de clientilizar, pastorizar o botar el voto,

y líbranos de otro tal Iván. Amén.

La política nació desde el primer momento en que, en el mar-primigenio-caldo-primordial, una primera bacteria logró moverse por sí misma y fue hacia una zona de más alimentos y así se ganó el liderazgo de otras unicelulares procariotas vecinas, que la siguieron y vivieron felices con su mandato disfrutando de más alimento, así no comieran perdices.

Se inició de esta manera el largo camino de la evolución natural de las especies, donde los más fuertes, inteligentes o ágiles, con una pizca de suerte, lograban ser conductores y seductores de otros. La frase de Sigmund Freud, “el hecho que los hombres se dividan en dirigentes y dirigidos es prueba irrefutable de su desigualdad innata e irremediable”, es aplicable a todos los seres vivos y por eso es que existe la política.

Cabe decir que hubo hitos de poder en cuanto a los humanos. Hace un millón de años, un Homo erectus aprendió a encender fuego, ya fuese frotando trozos de madera seca o por percusión de rocas. De inmediato el resto lo vieron como un dios: ya no se acercarían a la caverna o al poblado los peligrosos tigres dientes de sable a husmear a ver si había un humano mal parqueado, puesto que le tendrían miedo a la fogata.

Más tarde otro afinaría un palo largo y lo reforzaría con un cortante y punzante pedernal en la punta, y sería el pionero jefe cazador de mamuts y otros bichos comestibles. Cuando vino el arco y la flecha ―y como respuesta el escudo―, ya estábamos en la civilización de los sumerios, los asirios y los babilonios. Para entonces mandaba un rey parásito que se creía hijuemíchiga de un imaginario dios de cualquier cosa, y así sería durante casi toda nuestra historia.

Es así que los reyes dominaron la escena política hasta recién, cuando fueron derribados de sus pedestales. La Revolución Francesa, iniciada en 1789, acabó con el imperio y las vidas de Luis XVI y su despilfarradora esposa María Antonieta, cuyas cabezas cayeron en sendos cestos, cortadas por filosas  guillotinas. Algo similar ocurrió con el zar Nicolás II de Rusia y su familia en la Revolución Bolchevique, en 1917.

Queda uno que otro emperador literal en unos contados países como Catar ―sede del mundial de fútbol 2022―, Arabia Saudita, Emiratos Árabes Unidos, Omán, Baréin y Suazilandia.  Y hay múltiples “reyezuelos”, figuras decorativas alegóricas medievales, como en España, Reino Unido, Bélgica, Dinamarca, Noruega, Suecia, Japón, Tailandia, Malasia, Camboya, Bután, Marruecos, etc.

Los reinados fueron reemplazados por pseudodemocracias, en las que empezaron a mandar los potentados de la riqueza, o sea los mega industriales y banqueros.

En este caso nuestra querida Colombia no ha sido la excepción y durante más de 200 años de vida conflictiva ha gobernado una élite semifeudal mercantilista.

Hoy estamos ante la posibilidad de ser gobernados por un grupo participativo que busca construir un Estado fundamentado en instituciones inclusivas. Se vislumbra un panorama político trasformador, una nueva república con una mayoritaria masa ciudadana conciente de su deber patriótico de votar sin miedo ni prebendas, con una generación juvenil que no come cuento, con un nivel razonable de cultura tolerante, con la esperanza vívida que por fin cese de verdad la horrible noche.

Aunque bien cierto es que todas y todos hemos sido algo culpables de lo sucedido en el pasado inmediato. Así que de nuevo... oremos.

 

Yo confieso ante Dios todopopuloso

y ante ustedes, hermanazas y hermanazos del cambio,

que pequé de pensamiento, debido al miedo;

de palabra, en varios discursos veintejulieros;

de obra, pues en una ocasión apoye a un politiquero;

y de omisión: una vez no creí en nadie y no fui a sufragar.

Fue en parte por mi culpa, por mi culpa, por mi culpa.

Por eso ruego a la Santa Democracia

y a ustedes, amigas y amigos, vecinas y vecinos,

que intercedan por mí ante el Dios de todas y todos,

y no de unos pocos. Amén.

 

Twitter: @CesarCurvelo

YouTube: elvesinal

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