La calle, museo móvil

La calle, museo móvil

Medellín aparte de museos formales, posee uno delirante en sí mismo; es “El cambalache” el sitio en que los más pobres se surten de todo aquello que saben

Por: Javier Hernández Ramírez
octubre 10, 2023
Este es un espacio de expresión libre e independiente que refleja exclusivamente los puntos de vista de los autores y no compromete el pensamiento ni la opinión de Las2orillas.
La calle, museo móvil

Un blanco sudario de algodón barato, cubre la tosca escultura callejera que se yergue en medio de la amplia y transitada acera citadina. Las aberturas de manos y cara dejan ver un burdo trabajo de esculpido, en el que resaltan ojos rojos e irritados, piel exageradamente lechosa y una inocultable miseria en la tramoya. Un dejo de enorme tristeza en el rostro, muestra el propósito buscado por el auto esculpido artista: convocar la compasión o la simpatía del del fugaz transeúnte. Así funciona. Es del pesar, o la empatía ajenos, que se saca el magro sustento. Su facha lastimosa simula, sin mucha originalidad ni fidelidad, un personaje que, generalmente, será folclórico, o quizá un mito o personaje popular.

La burda recreación, fabricada con mísero presupuesto y escasa habilidad, basta. Es lo que hay. La “obra expuesta” no necesita un título, se refleja en todo el tinglado: “Escape del hambre” Porque es un “arte” hecho de afán para sacarle el cuerpo a la inopia.

Creo que es un tipo de “arte” aún por clasificar, muy propio de los duros tiempos que corren. No es muy claro en donde nació, pero sí existe certeza de su origen… la necesidad de sobrevivir de cualquier forma. El asunto es: te pones creativo, o te mueres de hambre.

Cada “estatua” humana, parqueada al paso del tráfago urbano, ahora en casi todas las ciudades mundo, es un homenaje a la angustia de estar vivo y un grito de rabia contra la desesperanza. Aunque parezca increíble, parece que el absurdo mundo de hoy, creó una nueva forma de arte itinerante y burdo. Y sí, semeja un arte. Parece haber nacido en las covachas olvidadas que pululan en los extramuros de las grandes urbes del mundo. Allí en donde el hambre acosa, te pellizcas o te lleva el putas. “Hacer” de monolito funcionó en casi todo el planeta. Y aquí somos “copietas” a morir. Barato. Fácil. Es una muy recuente fuente de ingreso para inopes con ideas: una manera de mendigar, creativa. Una forma de pedir…sin estirar la mano, pues NO puede, NO debe, siquiera insinuar que esta vivo.

El mundo es móvil en su entorno, pero, el “artista” debe simular ser de piedra. Solo se le permite pasar saliva, y eso apenas para calmar la sed. Su rol, en el personaje que sea… es de, cuasi muerto. La gente se va rotando en la contemplación de la estorbosa estatua. Los cuchicheos en voz baja, ponen un toque de respeto en el abigarrado ambiente. Una vieja banqueta sirve de pedestal, mientras a sus pies, un vaso desechable con algunas monedas sugiere que se espera un pequeño óvolo, e insinúa la inopia del escultor…y además, aleja, a tacaños e insolventes. Mirar es gratis… pero compartir angustia ajenas, siempre es algo doloroso. Más aún, sí eres un transeúnte pobretón.

De pronto ocurre lo insólito: la escultura, habla con voz quebrada de hambre y angustia, pidiendo: “un apoyo para el arte, ya que es mi única fuente de trabajo y con esto mantengo a mis 3 hijos Entonces se entiende la tristeza que asoma en el áspero rostro…tiene otras varias bocas aguantando hambre, aparte de la suya. La rediviva estatua, mira desconsolada las pocas monedas, hace un rápido inventario a ojo, desciende del tinglado, toma sus escasos bártulos, y con paso cansino se aleja calle abajo, a montar su museo móvil ante un nuevo, y ojalá, más generoso público.

Así que coje su banqueta bajo el brazo, guarda las escasas monedas y se aleja en busca de lugar nuevo para anclar sus sueños y su angustia, Debe conseguir el diario de sus “tres hijos”, algo extraño, a sus escasos 17 años. Muy duro ser padre precoz. Por otra parte, el sitio ideal para su encuadre artístico, es, en sí mismo, una amarga paradoja: sí es muy lejos del tráfico peatonal, es decir, discreto, los “aportes a la creación artística” son mínimos; y sí es muy conspicuo, se hace muy visible a la policía, “que nunca apoya el arte, y no hace sino… joderlo a uno” Y ya eso de saber escapar de la policía y del hambre, es, de hecho, un arte.

Definitivamente, hay que reconocer que, en el fondo, sí es ¡arte! Precario, pero es arte. Miserable, pero es arte. Un nuevo arte. Una nueva forma de museo callejero, “en vivo y en directo” Un buen tema para botar corriente. Hablemos de Museos.

El diccionario define un Museo como: “lugar en el que se guardan, se conservan y exhiben objetos notables de las artes, o las ciencias” Definir que es notable, que es arte, o que es ciencia, es el quid del asunto y algo muy personal. Y no es lo mío, paso. Eso, sin dejar de lado que cualquier objeto, puede ser notable, coleccionable y susceptible de convertirse en valiosa pieza de museo, según quien decida que lo es, y le dé la gana de coleccionarlo o guardarlo. De esta manera, desde un insecto hasta una nave espacial, caben en tan amplia clasificación. Desde una escultura maravillosa, hasta un pedazo de chatarra deforme. Es claro que nadie puede marcar límites o establecer patrones básicos sobre el tema. Yo diría que la decisión, siempre depende del capricho o del poder de quien coleccionas. Eso, sin contar, que hay algunos cristianos que hasta fracasos coleccionan. Por ejemplo, el sujeto que suscribe este mamotreto.

Sí. Para todo existen museos. Algunos son generales en el sentido lato de la palabra que los define, es decir, guardan de todo. Desde una obra de arte, hasta el más irrelevante cachivache. Otros se especializan en áreas específica o temáticas; otros más, simplemente obedecen al interés personal de quién colecciona algo. Los graciosos brutos de mi pueblo, los llaman chiflados, o simplemente “guardamaníacos”    De todas maneras, y desde mi punto de vista, un Museo es sólo un sitio, un local. Su alma está en los elementos que guarda y que son, precisamente, los que marcan su importancia y/o trascendencia. Que lo hacen: ¿¿¿notable???

Hay Museos importantes, no tan importantes y otros que ni siquiera importa que existan, aunque suene a blasfemia. Pero todos ellos tienen algo en común: coleccionan un sueño pagable; un capricho, o una nostalgia costosa. Todos ellos, son frascos de memoria, que intentan conservan algunos visos frescos del pasado. Algunas ciudades son, en sí mismas, unos enormes y hermosos Museos, llenas a reventar en cada plaza, iglesia o edificio público, de verdaderas joyas del arte y la estética.

Se dice de Florencia, Venecia y Roma, por citar solo algunas. Europa rebosa de ciudades-museo. Museos bellos, espléndidos, deslumbrantes. Algunos, amables, unos deprimentes. La gama es muy amplia. Creo que visitar los viejos hornos crematorios de los Nazis, no debe de ser un paseo de olla. Pero, por estrafalario que sea, si colecciona, si guarda y mantiene, “objetos notables”, lo llamarán Museo.

Medellín, mi ciudad, por ejemplo, aparte de Museos Formales, posee uno delirante en sí mismo; es “El cambalache” el sitio en que los más pobres de los pobres, los marchantes del tugurio extramural, se surten de todo aquello que saben…no pueden adquirir nuevo. Es que, allí, todo, “todavía aguanta, vecino, y ¿qué son 500 pesos? ¿Tiene 300? Lléveselo, que otro día me da desquite. O una ración de optimismo: “hágale mijo, está algo sucia, pero no es sino darle un buena limpidita… y queda como nueva” sobre una vieja radio, ya fenecida en los tiempos del ruido. “El cambalache” es la colección itinerante de chécheres decrépitos y cuasi inservibles más grande y dinámica que conozco…solo que no lo llaman museo, sino rebuscadero. Allí todo es “notable” los “clientes” inopes y la basura reciclada que se vende.  Y es itinerante a la fuerza… viven huyendo de la policía. Así que cambian de sede locativa a diario. Claro está, siempre será en sectores sórdidos y deprimentes. Y, una vez “establecidos” en su “nueva Sede”, tienden sobre un sucio cartón o un plástico, o el mismo piso, y con la solemnidad y meticulosidad de un parto, los “objetos coleccionables”.

Una vez que riegan sus decrépitos corotos, abren su exóticos museo-tienda al respetable público, sentados sobre cualquier andén. Y mientras se fuman un porro compartido entre varios marchantes, restauran cualquier cosa susceptible de ser “merca” y lo hacen con el arte necesario. Trabajan con la rigurosidad del mejor artesano, limpiando, ensamblando y tratando de revivir, a la fuerza, cualquier objeto ya fuera de servicio hace años, pero que creen, y hacen creer al “paciente” en turno, que durará algunos años más, “con una limpiadita” “con unas pilas nuevas, le funciona, vecino” Allí todos son seres de fe. Se creen y les creen. Así que todos, “coleccionistas y marchantes” se engañan por pura necesidad. Es negocio entre inopes. Además, estos “curadores” son muy funcionales, creativo y ecléticos. Se especializan “en lo que llegue, parce” esperemos a ver.

En alusión a los menesterosos irremediables que recorren los basureros de la ciudad detrás de cualquier traste viejo “pal Cambalache, llave” con que se surten los exclusivos estands del “museo El Cambalache”. También son muy, pero muy prácticos, nada los incomoda y todo se les acomoda: el asunto es que puedan “exhibir” “la merca”. De esta forma, sobre cualquier sucio plástico o aun en el mismo y duro asfalto, estos distinguidos coleccionistas de física chatarra, ya varias veces descartada del servicio activo, exponen y venden sus decrépitos chécheres.

A veces es simple basura, cien veces reciclada, pero ellos tienden su “plante” como lo llaman, entre mares de optimismo. Bueno, eso cuando no van de un lado para otro, huyendo de la policía, que, absurdamente, no los considera comerciantes formales, a pesar de contar con un local que se extiende por muchas cuadras. Y que, además, viven de “las ventas” Y sí, son la elite del rebusque, que es como los pobres llamamos a eso de ganarse el pan con dificultades.

Allí, con la mayor seriedad del mundo, negocian, una pila agotada, de la que cacarean sus bondades, al paso que la garantizan sin sonrojo alguno, “si no le sirve, vuelva que “ay” cuadramos; venden un par de zapatos ya rotos; ropa de tercera mano que “échele una lavadita y verá que está como nueva, vecino” mientras organizan, con el cuidado y la reverencia de un joyero, sus inservibles cachivaches. Es que, según su filosofía gremial, nada es basura del todo. Allí todo sirve. Y siempre hay cliente para todo. A alguien le servirá, socio. Alguien vende, alguien compra.

En estricto sentido, “El cambalache” es un Museo casi vivo, pues colecciona inopes, que compran y venden casi de todo. Y los manejan…vivos titulados.

Pero hablábamos de Museos. Al tema.

Un Museo, además, es el resultado de ese raro sentimiento humano por todo aquello que produce nostalgia o recrea el alma; y por eso hay Museos regados por el mundo. Museos de todas las especies y tamaños. Particulares y privados. Llenos de cualquier cosa que, alguien versado en un ítem, o que simplemente tenga medios para mantenerlo, considere que sea digno de ser guardado, conservado o exhibido. Ahora sospecho que aquello de notable, se refiere es al dueño del “chuzo”, no a los objetos guardados. Es por el gusto.

Por eso el asunto de notable, arte o ciencia, es tan subjetivo, que parece harina de otro costal. Además, los Museos son como las piscinas o cierta clase de mujeres hermosas: costosas de instalar y onerosas para mantener; así que son asunto de locura...o de plata, de mucha plata.

El primer Museo, dicen que lo fundó Ptolomeo en Alejandría. Parece que coleccionaba sabios de la época y guardaba sus saberes. Cada uno de ellos, claro está, mimado por su respectiva Musa: a mí, siempre me asaltan dudas con esta palabreja, sobre todo cuando va asociada con hombres. Conclusión personal: muy rico, de muy buen gusto y muy buena gente el Ptolomeo éste, pues coleccionaba el conocimiento de los grandes sesudos de su tiempo. Dicen que los mantenía cerca de su corte, donde brillaban la ciencia y la cultura. Ptolomeo fue lo que hoy llaman un gran Filántropo, o un alcahuete con plata, como diría Elio Amín, el sastre de mi pueblo, que no se ahorraba para prohijar un chisme. De todas formas, es muy costoso el gustico. Y es sabido que Ptolomeo, era un oligarca. Así que…

En los agitados días que corren, son escasos los que se atreven con tamaña empresa de crear o mantener un Museo. Es mejor tener tres mozas bonitas…creo que cuestan mucho menos. Sin embargo, hubo épocas doradas para ellos: aquellas en las que pululaban el arte en todas sus manifestaciones; prevalecía el buen gusto y el dinero abundaba entre príncipes y mercaderes. Claro, eran épocas en que se podía ceder al afán de ostentar la riqueza, pues se podía hacer esa gracia sin riesgo de ser “amarrado y trasteado” por los amigos del dinero ajeno. ¡Ah, que tiempos!  ¡Qué tiempos, Señor!

Volvamos al tema de Museos.  El asunto es que, gracia a esos viejos cargados de plata y con el vicio de guardar cosas de todo tipo, hoy el mundo disfruta de incalculables tesoros, en todas las facetas del arte, la ciencia, la artesanía, la moda; una amplia gama de tesoros y recuerdos que se vuelven parte de la historia y la memoria, guardados, cuidadosamente, en colecciones oficiales y privadas, enriqueciendo el espíritu humano. Otros tiempos.

Medellín es ciudad cultural por excelencia. Con la complicidad y apoyo de uno de sus más destacados e ilustres hijos: el Maestro Fernando Botero. Un sitio, en pleno corazón de la urbe, tiene el honor de poseer la más grande y rica colección de arte de un artista vivo, de talla mundial, como obsequio a la vida. “Plaza Botero”. Un gran despliegue de arte y VOLUMEN, llena de vida el centro de una ciudad que, aún en medio de dificultades, no ceja en su empeño de ser la más hermosa, limpia, elegante y culta de Colombia. Ojo, el concepto no es mío. Conste.

Y como para dejar claro que estamos en Medellín, ciudad de grandes contrastes, muy cerca de estas monumentales obras de arte “real”, está, con su pobreza irredenta y la locura de sus sueños, la colección itinerante de los mercachifles de “el cambalache”; además de las famélicas esculturas de los hombres-museo, esos raros seres que, huyendo del hambre y la policía, luchan angustiosamente por un espacio para exhibir algo muy notable, su angustia.  La idea central es sobrevivir, “coleccionando” dos almuerzos seguidos. El suyo, es pues un Museo en el alma; un Museo dedicado al hambre, pues sobrevivir a ella ... también es un arte y una complicada ciencia. Es decir… piezas de Museo.

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