Oscar Rosas aprendió a cocinar en EE.UU., Europa y Brasil, pero la adicción acabó con su carrera y casi con él. Hoy rescata personas de la drogadicción en Santander

 - La aterradora historia del chef que comandó la cocina en el oculto restaurante caníbal de Bogotá

Durante años, tres calles del centro de Bogotá funcionaron como un territorio donde el Estado no entraba. Lo llamaron el Bronx. Surgió después de 2005, luego del desmantelamiento de la antigua calle del Cartucho y se convirtió en el mayor expendio y centro de consumo de drogas del país. Allí se vendía bazuco, marihuana, cocaína y heroína. También se traficaban armas, se explotaba sexualmente a menores y se desaparecían personas. En 2016, la administración del entonces alcalde Enrique Peñalosa ordenó una intervención masiva. Más de dos mil uniformados entraron al sector. Lo que encontraron confirmó versiones que durante años parecieron exageraciones: túneles, puertas blindadas, casas convertidas en calabozos y relatos de prácticas que incluían el consumo de carne humana.

En ese lugar, bajo tierra, pasó una década de su vida Óscar Rosas. Hoy tiene 60 años y dirige una pequeña fundación de rehabilitación en Santander. Pero durante diez años estuvo atrapado en el Bronx, pegado al bazuco y sometido a un grupo criminal conocido como los sayayines. Eran quienes controlaban la venta de droga, los castigos y la vida cotidiana en esas calles.

El chef

Rosas no llegó allí como un desconocido de la cocina. Había trabajado en restaurantes y hoteles fuera del país. Vivió en Nueva York, pasó por cocinas en Europa y Brasil. Su talento le abrió puertas, pero su adicción las fue cerrando una a una. Empezó a consumir a los 13 años. Con el tiempo cambió sustancias, ciudades y promesas de redención, pero no logró sostener ningún intento de rehabilitación. Perdió dinero, propiedades y vínculos familiares. Cuando regresó a Colombia con la idea de empezar de nuevo, terminó en el barrio Santafé y de allí dio el paso definitivo hacia el infierno llamado Bronx.

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Al comienzo fue taquillero: barría, limpiaba, organizaba. Luego lo pusieron a pesar droga y a empacar dosis. Su habilidad en la cocina llamó la atención de los jefes. Empezó preparando comida para celebraciones privadas de los sayayines. Cumpleaños, nacimientos, fiestas internas. Cocinar bien le dio un lugar dentro de la estructura. Ya no era un habitante ni un consumidor cualquiera: era útil.

La estructura del Bronx no se limitaba a lo visible en la superficie. Bajo algunas casas había túneles y sótanos conectados entre sí. Durante la intervención oficial, los investigadores encontraron puertas reforzadas que tuvieron que ser abiertas con explosivos. Detrás había búnkeres y pasadizos que permitían mover droga, dinero y personas sin pasar por la calle. En uno de esos espacios subterráneos funcionó lo que varios testigos describieron como un restaurante clandestino.

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El infierno

Rosas terminó allí. No por voluntad propia. Según su relato, fue obligado por los sayayines a cocinar carne humana. La práctica, dice, estaba asociada a rituales con los que algunos miembros buscaban reforzar su poder dentro del grupo. No se trataba de un negocio abierto al público, sino de preparaciones destinadas a integrantes específicos y, en ocasiones, mezcladas con otros alimentos para distribuirlas entre habitantes de calle sin que supieran qué consumían.

El espacio era reducido, húmedo y sin luz natural. Una mesa, utensilios básicos y cuerpos que llegaban desde otros puntos del sector. Restos humanos y animales de calle eran cortados, triturados y mezclados en sopas o guisos. Rosas asegura que durante tres años permaneció prácticamente sin ver el sol, encerrado en ese sótano, bajo amenaza constante. Negarse implicaba recibir golpizas. Aceptar significaba participar en algo que lo marcó de por vida.

La adicción fue el mecanismo que lo mantuvo sometido. Consumía para soportar el encierro y el miedo. Consumía para reducir la ansiedad que le producía saber lo que estaba haciendo. En ese círculo, la droga funcionaba como premio y castigo. Los sayayines controlaban el suministro. Él dependía de ellos para sobrevivir y para evitar un síndrome de abstinencia que, en ese contexto, podía ser letal.

Las versiones sobre consumo de carne humana en el Bronx circularon durante años. Tras la intervención oficial, agentes encubiertos y autoridades judiciales confirmaron que habían recibido información similar desde adentro. También se hallaron cuerpos desmembrados enterrados en viviendas del sector. El operativo permitió rescatar a más de mil quinientas personas, entre ellas más de un centenar de menores explotados sexualmente.

Camino de redención

Rosas salió con vida por una combinación de circunstancias. En medio de una crisis, intentó suicidarse. Gravemente herido, fue abandonado cerca del parque de Los Mártires y trasladado a un hospital. Allí lo declararon interdicto por su estado mental. Pasó por un periodo de internación y, con apoyo externo, logró iniciar un proceso de desintoxicación. No fue inmediato ni lineal. Recaídas, tratamientos y ayuda religiosa hicieron parte del camino.

Diez años después del fin del Bronx, el lugar se transformó en un distrito creativo. Donde antes se vendía droga hoy se organizan eventos culturales y ferias. La transformación urbana es visible. Sin embargo, para quienes vivieron allí, el cierre físico no borró lo ocurrido. Las redes criminales se desplazaron a otros sectores de la ciudad y el consumo de drogas sigue siendo un problema abierto.

Rosas vive ahora en una zona rural, muy lejos de Bogotá y de las drogas que alguna vez lo consumieron. Dirige una casa donde recibe personas con problemas de adicción. Ha atendido a cientos; pocos logran mantenerse sobrios. Conoce de primera mano la dificultad de salir del consumo. Su historia no es solo la del llamado restaurante caníbal del Bronx. Es la de un hombre que tuvo formación, oportunidades y talento, pero quedó atrapado por una dependencia que lo llevó al lugar más oscuro del centro de Bogotá.

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