Inmersiones en 'Vigilar y castigar' de Michel Foucault

"¿Podría entenderse que gobernar por interpuesta persona es una versión moderna, inusitadamente cruel, de la mazmorra política?"

Por: Carlos Tamara
agosto 12, 2020
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Inmersiones en 'Vigilar y castigar' de Michel Foucault
Foto: Leonel Cordero / Las2orillas

Leo en el Corriere de la Sera: "Estamos en guerra". La Liga del Norte se divide igualmente en dos: los enojados, que son la mayoría, y los desmoralizados. La historia de los parlamentarios (y concejales autonómicos) que pidieron y obtuvieron los 600 euros del bono COVID-19 por parte de todos se lee como una muestra más del cerco sistemático al que estaría sometido el partido”.

La Liga del Norte es el partido de Matteo Salvini el depuesto primer ministro italiano que cual alma en pena, desvalido de poder recorre la nación intentando armar la chiripiorca suficiente que lo regrese a donde quizás nunca debió estar pero que según su propio leal saber y entender nunca debió ser bajado.

Y ya en esos términos parece que uno vuelve la mirada sobre nuestra propia situación y ver dónde es que estamos.

Es indudable que al interior de cierta entidad política, algo así como una Liga, sus correligionarios se dividen en dos: los enojados y los desmoralizados. Pero acá en Colombia los desmoralizados serían la mayoría, aunque no se sabe qué es peor si estar enojado o desmoralizado. Las dos expresiones no son apuestas por el vértice: yo puedo estar enojado y desmoralizado, y viceversa al mismo tiempo, se impone una combinatoria.

Claro que allá es un asunto de mermelada, la abyecta mermelada del COVID-19, y por allí podría ser diferente; pero si nos atenemos a que en la compra de testigos hay mermelada de por medio, todavía se mantiene el parangón. Y algo que persiste en los dos casos es lo siguiente: los concejales autonómicos, ellos mismos se metieron en el problema. Se las dieron de vivos. Acá en Colombia alguien pretendió ponerle conejo a la corte y se lo pillaron.

Pero hay cierto ingrediente que resalta y en lo que confían tanto los enojados como los desmoralizados: se lee como una muestra más del cerco sistemático al que estaría sometido el partido, cosa que en Colombia se cae de su peso, no pudiéndose alegar tal situación cuando precisamente está en el poder.

¿Persecución política de los jueces? Eso es muy difícil de demostrar y más si se trata de la corte. Allí lo que impera es el debate, mucho más que en el congreso. Allí si alguien prefiere que otro pensamiento lo domine es ese su problema, no el de la institución.

Qué le pasaría a cierto partido que por razones de astucia personal y dándoselas de esforzado delantero de algún afamado partido de las grandes ligas políticas precisamente su jefe pretendiera burlarse de la misma Corte Suprema de Justicia comprando, o intentando comprar los testigos para que tal entidad se equivoque en sus juicios y los ponga a su favor. Eso es corrupción de la mayor marca posible: intentar subvertir las decisiones de su propio organismo de control, nada menos.

Entonces ese partido debería estar reunido a ver qué es lo que va a hacer con su jefe: cómo lo va a castigar. Qué dice su reglamento interno y su código de procedimiento sobre cómo castigar al propio jefe del partido; ¿o el partido se disuelve por consunción de su jefe pues es el único que piensa? Es decir, cuando piensa pues en aquel momento del intento de burla, intentará probarlo la corte, no lo hacía, o marraba.

Leo el primer renglón de Vigilar y castigar de Michel Foucault: “Quizá nos dan hoy vergüenza nuestras prisiones. El siglo XIX se sentía orgulloso de las fortalezas que construía en los límites y a veces en el corazón de las ciudades. Le encantaba esta nueva benignidad que remplazaba los patíbulos”.

Y es que precisamente es la cárcel lo que está en frente. ¿Cómo quedaría un partido si su benemérito jefe da con sus huesos en la cárcel precisamente por haber intentado burlar nada menos que a la Corte Suprema de Justicia? Si los senadores y representantes intentan alebrestar a la gente contra las intenciones de hacer justicia de la corte, ¿no son automáticamente reos de su ente de control, también encausables?

Y hay que pensar que Michel Foucault está siendo lapidario pues a la cárcel opone el patíbulo. ¿Cuál patíbulo ahora?

La noticia de Italia dice que Matteo Salvini se pronunciará sobre la actitud inmoral de sus concejales como jefe de la Liga. Y acá en Colombia cabría preguntar, ¿qué pasaría si el caído en desgracia no fuera el propio jefe sino uno de sus compañeros de bancada? Bueno, ya en anteriores casos se aconsejó que abandonara el país.

Entonces ¿será que la casa por cárcel pudiera facilitar que el reo no se dedicara a perturbar las pruebas ni el juicio, sino que le facilitaría eventualmente abandonar el país? ¿Qué pasaría si la corte pudiera estar siendo laxa o confundiéndose con las reales intenciones de su reo?

¿Pero dónde se escondería personaje tan encumbrado y visible? No se sabe, pero alguien tan encumbrado y visible de esa misma organización está prófugo desde hace tiempo y nadie da razón de su cambuche. Y, también, varios se han fugado y luego han sido capturados por Interpol.

Dice Foucault unos renglones más adelante: “¿De dónde viene esta extraña práctica y el curioso proyecto de encerrar para corregir, que traen consigo los Códigos penales de la época moderna? ¿Una vieja herencia de las mazmorras de la Edad Media?”

Qué cosa más cruel leer a Foucault pues ahora no opone la cárcel ni el suplicio del patíbulo, recurre a la imagen de la Edad Media en la que estaría nuestra política para sugerir la mazmorra.

Existe, muy reconocida en Cartagena de Indias, la sordidez de la mazmorra, de cuevas de piedra con gente engrillada, negros rebeldes la mayoría, líderes de la Independencia aherrojados por Morillo, pero también pervive en al imaginario la mazmorra política.

Y es que ya existe la mazmorra política entre nosotros: ¿cómo se llamará aquella situación política de un partido en la que su jefe ya no puede ser el presidente de la nación por prohibición expresa precisamente de la corte, aunque aquella haya sido otra corte? Mazmorra en la que el mismo reo se ha metido y sin necesidad porque pudiera estar disfrutando de otras mieles.

¿Podría entenderse que gobernar por interpuesta persona es una versión moderna, inusitadamente cruel, de la mazmorra política? ¿O es el patíbulo y será lacerado el cuerpo como Vigilar y castigar cuenta de un tal Damiens? Y sobre todo, cuánta más crueldad y orfandad infinita si, estando en el gobierno, nadie puede ayudarte.

Y si los demás, tus compañeros de bancada que no tienen votos, son una partida de loros incoherentes.

Nunca ha sido tan desoladora aquella expresión del Chapulín Colorado: Y ahora, ¿quién podrá defenderme?

Expresión que lamentablemente Michel Foucault está imposibilitado de comentar.

Nota. La cita es de No podemos ser indulgentes. Ahora la Liga se siente asediada; columnista Marco Cremonesi, traducido por Google. Lo del libro es de Siglo XXI Editores, obtenible en PDF por la web.

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