Opinión

Inflación ¿de costos o de expectativas?

No es la teoría sino la maldita realidad. Los precios disparados, los empresarios empiezan a marcarlos por expectativas y a Banrepública se le va mano en las tasas

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octubre 12, 2022
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Los que hacemos mercado le llamamos carestía a la inflación, como la llamaba mi mamá. Los economistas decimos que la inflación es un aumento generalizado y permanente del nivel de precios en un período dado, por lo general un año. Este año de gracia de 2022, la carestía está muy verraca. Y la inflación va en un escandaloso 11,4 %. Todos tenemos razón, al nombrar el problema. No siempre estamos de acuerdo es en las causas y menos en las soluciones.

Para los economistas neoclásicos, aún dominantes, la inflación se presenta cuando la abundancia de liquidez monetaria hace que la demanda agregada crezca más rápido que la oferta disponible. Y la solución es fácil y única –en el corto plazo: hacer que se reduzca la disponibilidad de liquidez, subiendo las tasas de interés. Actuar por el lado de la oferta, para alcanzar el “equilibrio”, también es recomendado, según ellos, abriendo importaciones. Pero aumentar la oferta interna solo es posible en el largo plazo. Si usted acepta eso, puede ser miembro la Junta Directiva del Banco de la República o sustituir a Carrasquilla en el Ministerio de Hacienda.

Los economistas heterodoxos son, somos, escépticos de ese diagnóstico y de esas soluciones tan mágicas. Keynes ya notaba que el Banco Central no puede controlar por decreto la liquidez pues hay múltiples formas de activos, los agentes pueden “crear” dinero y la velocidad de circulación del dinero también puede cambiar, dependiendo de las expectativas, etcétera. “O sea”, si se suben las tasas de interés, es posible reducir el gasto en la economía, pero no siempre ocurre.

Otros economistas, más recientes que el viejo Keynes, llaman la atención sobre el hecho de que los precios en el mercado no siempre son determinados por la competencia entre oferta y demanda, en mercados “libres”, que solo existen en los libros. Muchos precios son establecidos por las empresas como una estrategia competitiva. “O sea”, si a un empresario le cuesta 100 dólares producir un bien o servicio, toma la decisión de venderlo a 120, o a 180, dependiendo del nivel de monopolio o control del mercado que tenga. Inclusive puede venderlo, temporalmente, a 80 dólares, si esto último le permite sacar del mercado a otros competidores y luego sí recuperar el control del mercado y definir el nuevo precio. Si usted sabe eso, puede ser profesor de una universidad pública y dar ejemplos sobre el caso del cemento en Colombia, y muchos otros. Espero que ahora, con el presidente Petro, también usted pueda llegar al Banco de la República.

Pero el problema en Colombia, hoy, no es de teoría sino de la maldita realidad.

Todos sabemos que la causa fundamental de la inflación actual está asociada a restricciones en la oferta, tanto de alimentos nacionales como de productos importados (pandemia y guerra en Ucrania, entre otros factores). Claro que la demanda también ha crecido rápido, luego de la pandemia, gracias al sistema crediticio aceitado. Pero frente a los productos importados… pues somos “tomadores de precios”, esto es, si restringimos la demanda, subiendo las tasas de interés, sus precios no caerán. Es más, con la inflación mundial disparada y con la devaluación de nuestra moneda igual (17,5 % en este año), los precios de los alimentos importados y del resto de bienes seguirán disparados, por más que el Banco de la República siga subiendo las tasas de interés. Lo que va a ocurrir es un estancamiento estruendoso de la actividad económica el año 2023, como bien los reconoce Leonardo Villar, gerente del Banco de la República.

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Pasar de 1.5 % a 10 % la tasa de interés, en un solo año, es también iniciar la carrera especulativa. Y de paso, lastrar la actividad económica, en especial la inversión

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No obstante, el mayor riesgo que enfrentamos es pasar de una inflación de costos (oferta restringida) a una inflación de expectativas (especulación pura). Si los empresarios, en un mercado altamente oligopólico como el nuestro, comienzan a marcar precios no por los costos reales sino por las expectativas de costos futuros (y un costo fundamental es la tasa de interés), y los asalariados pedimos lo mismo, y las empresas públicas igual, entramos en una carrera desmadrada de marcación de precios, desajustes en contra de los que tengan contratos de más largo plazo y menor grado de monopolio, es decir, los asalariados. Ese escenario ha sido muy transitado en el Cono Sur.

Por esa razón práctica, no teórica, se explica que el Banco de la República haya subido la tasa de interés para intentar atenuar uno de los factores de la inflación, la demanda. También pudo contar que la Reserva Federal en EE. UU.  subió las tasas y con eso promovió la salida de capitales especulativos hacia ese país. Pero se le fue la mano al Banco de la República: pasar de 1.5 % a 10 % la tasa de interés, en un solo año, es también iniciar la carrera especulativa. Y de paso, lastrar la actividad económica, en especial la inversión.

Después los neoliberales dirán que la economía se estancó por la reforma tributaria. Menos mal el viejo Keynes ya explicó que si los empresarios se forman expectativas negativas sobre sus ingresos futuros y no invierten, el Estado sí puede invertir, así sea comprando tierras y haciendo infraestructura para la Reforma Rural Integral, tantos siglos aplazada. La paz bien vale que el Estado invierta, lo que los privados preferirían dedicar a especular.

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