Gilberto Rodríguez Orejuela: el intelectual frustrado

Una de las más grandes pasiones de El ajedrecista, son los libros. Mientras estuvo preso en Palmira y La Picota, estudió, entre otras carreras, filosofía, de la que se graduó con promedio de 4,8

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agosto 20, 2014
Gilberto Rodríguez Orejuela: el intelectual frustrado

Era un niño de 13 años que tenía una cicla y se iba, bajo el ardiente sol del mediodía, a llevar drogas a todo aquel enfermo que lo necesitara. Parte de lo que ganaba se lo daba a su mamá y el resto se lo gastaba en cuadernos ya que quería terminar el colegio y después ponerse a estudiar en la universidad para ser maestro.  Pero la vida lo castigó con plata y con grilletes de oro y  el niño se fue transformando en un monstruo que caminaba, con una venda en los ojos, por  el trampolín mortal del narcotráfico.

Un día lo agarraron casi que asfixiado en una de las múltiples y estrechas caletas que tenía en una de sus mansiones de Cali. Lo condenaron y él, al verse por fin tranquilo y solo, empezó a estudiar. Se dedicó de lleno a nivelar la primaria (sus estudios llegaban hasta cuarto grado) y en menos de un año había salido bachiller. Una vez con el título empezó a pedir libros y tutores.

La lectura era un vicio que nunca se le había quitado. Aura Rocío Restrepo, la reina humilde que vendía seguros en su motico y que le robó el corazón al capo, cuenta que en sus noches de insomnio tenía que leerle en voz alta crónicas periodísticas, recomendadas casi siempre por su amigo, el periodista Alberto Giraldo,  o pedacitos de libros de Eric Fromm para que pudiera tranquilizarse y matar, de una vez por todas, la depresión perpetua que las pastillas no curaban.

Ahora, en las cuatro paredes de su celda, todas las horas iban a ser suyas. “El estudiante” le decían a Pacho Santacruz sólo porque había hecho ocho semestres de ingeniería en la Universidad del Valle, ¡Ja!, dizque “el estudiante”... ahora  iban a ver lo que era un hombre ilustrado. Si tan sólo su papá no hubiera sido un humilde pintor de iglesias al que nunca le sobró un peso  para comprarle un par de zapatos a sus hijos y mucho menos para mandarlos a un colegio decente, Gilberto seguramente  hubiera sido un gran hombre. Desafortunadamente le tocó ganarse la vida a como diera lugar, trabajando, sudando la gota gorda. Y allí, en la calle, hizo de las suyas.

Él era un artista, sus informes financieros iban revestidos de un extraño afán por ser literarios y su oído no desmerecía. Porque hasta para la música tenía talento.

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Sus guardaespaldas decían que no lo hacía mal con el violoncello, opinión que también revalidaron los guardias de La Picota, los mismos que le llevaban y traían razones, los que se agolpaban frente a su celda sólo para escucharle al Ajedrecista un concierto de Paganini o un joropo. Cuentan que, emocionados, hasta se atrevían a aplaudir al final.

A él la música le había gustado siempre. Una vez, cuando era el rey del mundo, mandó a traer desde México, para celebrar sus cuarenta años, a Juan Gabriel. El Divo de Juarez cantó hasta la madrugada y al final del concierto, presa de la emoción, se atrevió a darle un beso en la boca al cumpleañero.  Al cantante mexicano lo sacaron escoltado hasta el aeropuerto, riendo y pidiendo chocolates ignorando el peligro que corría: a los narcos, como a los santos, no se les besa en la boca jamás.

Claro que le gustaba la música pero a punta de recitales no se rebajaban penas. Gilberto sabía que si quería salir rápido de ese lugar tenía que ponerse a estudiar. Preguntó por los convenios que tenía la Cárcel de Palmira con universidades y ahí mismo se inscribió a la Luis Amigó, la Santiago de Cali y la Antonio Nariño.  ¿Qué estudió? Lo que se le cruzara por el camino, desde contabilidad, crecimiento personal, espíritu empresarial, habilidades gerenciales, pasando por  dirección de talento humano, gestión administrativa, inglés, mercadeo y ventas, pedagogía activa y hasta  sistemas. Con las horas dadas a la academia el mayor de los hermanos Rodríguez Orejuela no sólo se pudo abstraer de la monotonía carcelaria, sino que recibió un bono extra: obtuvo una rebaja a su pena de 35 meses.

Gilberto no era el único que se beneficiaba de estos estudios. Criminales tan ilustres como su propio hermano Miguel, Rodrigo Granda, Salvatore Mancuso, John Jairo Velásquez alias Popeye, Augusto Eduardo Bonilla, conocido entre los hinchas de Santa Fe como alias Barbie y condenado a 20 años de cárcel por agredir con arma blanca a otro hincha en la tribuna, decidieron sacarle punta al lápiz y traer a sus barrotes el espíritu de la universidad y de paso la ilusión de acortar sus condenas.

Pero a Rodríguez Orejuela, el hombre que supo amasar una fortuna de más de 2.000 millones de dólares, se le atragantaban los números. Cuenta uno de sus tutores que llegó a reprobar la materia de creación de empresas. La Academia, con todo lo ilustre que pueda ser, nunca dará el conocimiento que otorga la práctica.

En cambio, cuando pudo estudiar Filosofía, gracias a un programa de educación a distancia de la Universidad Santo Tomás, si supo demostrar toda su inteligencia. Se graduó con un promedio de 4.8 y su tesis, La violencia en Colombia, fue laureada.

En su celda en Estados Unidos, en donde vivirá hasta el final de sus días, atenuará su depresión leyendo a los autores de los cuales se ha hecho un experto: Montesquieu, Kant, Shopenhauer, y Foucault, de quien ha comprendido que los tres grandes fracasos de occidente son la universidad, el manicomio y la cárcel.

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