Francia vive masivas huelgas estudiantiles y obreras que evocan Mayo del 68 y los Chalecos Amarillos contra los ajustes de Macron al gasto público

 - Francia: ¿con las actuales huelgas estudiantiles se repetirá la revuelta de mayo del 68?
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Francia atraviesa una nueva coyuntura de movilización social protagonizada inicialmente por estudiantes de secundaria y alimentada por el creciente malestar frente a las condiciones de la educación pública, las desigualdades sociales y las políticas de ajuste fiscal.

Para el martes 6 de octubre está convocada una movilización estudiantil y de trabajadores que permitirá medir el alcance de un movimiento que comenzó en establecimientos educativos de la periferia parisina y que se ha extendido a otras regiones del país.

Las protestas surgieron en Créteil y en sectores de Seine-Saint-Denis, Val-de-Marne y Val-d’Oise, territorios de la periferia de París caracterizados por importantes desigualdades sociales y una amplia diversidad de población.

Los estudiantes denuncian falta de profesores y personal de apoyo, deterioro de la infraestructura educativa, hacinamiento, extensas jornadas escolares y diferencias significativas entre los establecimientos de los suburbios y aquellos situados en zonas más favorecidas.

Lo que comenzó como una protesta por las condiciones concretas de algunos colegios ha adquirido así una dimensión social más amplia.

El ajuste fiscal como telón de fondo.

El malestar estudiantil coincide con el debate sobre el presupuesto francés para 2027 y con las políticas destinadas a reducir el déficit y contener el gasto público.

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En ese contexto, las reivindicaciones educativas empiezan a relacionarse con preocupaciones más generales de trabajadores y empleados públicos sobre salarios, empleo, pensiones y financiación de los servicios públicos.

La cuestión central es si estas demandas diferentes lograrán converger en un movimiento social de mayor alcance.

Ese interrogante resulta especialmente importante porque la historia política francesa muestra que determinadas protestas sectoriales pueden transformarse rápidamente cuando encuentran reivindicaciones comunes con otros sectores sociales.

Una protesta generacional.

La movilización de los estudiantes también expresa las desigualdades existentes dentro del propio sistema educativo francés.

Para muchos jóvenes de los suburbios, la promesa republicana de igualdad contrasta con las diferencias materiales entre establecimientos educativos. La falta de docentes, el deterioro de algunos edificios y las dificultades de acceso a determinados servicios educativos convierten una reivindicación inicialmente escolar en un debate sobre igualdad de oportunidades.

Cuando problemas experimentados individualmente comienzan a percibirse como una situación compartida, aumenta la posibilidad de que aparezcan formas de acción colectiva.

A ello se agrega la controversia sobre la actuación policial frente a las protestas. Las detenciones, los enfrentamientos y las denuncias sobre uso descomunal de la fuerza han introducido otro elemento en el conflicto: el debate sobre los límites de la respuesta estatal frente a la movilización estudiantil.

Una respuesta policial desproporcionada puede desmovilizar mediante el temor, pero también puede ampliar la solidaridad con quienes protestan y desplazar el debate desde las reivindicaciones educativas hacia las libertades democráticas.

Una generación que vuelve a las calles.

La movilización francesa adquiere un significado adicional cuando se observa junto con otras protestas juveniles que se desarrollan actualmente en distintos lugares del mundo.

No se trata de un movimiento internacional organizado ni de protestas con idénticas reivindicaciones. Los contextos nacionales son diferentes. Pero su coincidencia temporal plantea una pregunta sobre la existencia de un malestar generacional que empieza a expresarse políticamente.

En Alemania, decenas de miles de estudiantes se han movilizado contra las nuevas medidas relacionadas con el servicio militar y ante la posibilidad de avanzar hacia formas de reclutamiento obligatorio. Una parte de la juventud alemana cuestiona que las nuevas generaciones deban asumir directamente las consecuencias de la creciente militarización europea.

En India ha surgido un fenómeno particularmente novedoso: el movimiento conocido como Cockroach Janta Party, o movimiento de las “Cucarachas”. Nacido alrededor del malestar por irregularidades en los exámenes y problemas del sistema educativo, ha evolucionado hacia demandas relacionadas con la transparencia, la representación y la rendición de cuentas de las instituciones.

En Chile, donde las movilizaciones estudiantiles tienen una larga tradición, los estudiantes han vuelto a las calles frente a los recortes y las discusiones sobre el financiamiento de la educación pública. Las protestas han encontrado además puntos de encuentro con profesores, trabajadores y organizaciones sociales.

Francia, Alemania, India y Chile presentan realidades políticas y sociales muy diferentes. Sería apresurado sostener que estamos ante un movimiento juvenil internacional semejante al de finales de los años sesenta.

Sin embargo, existe un elemento común que merece atención: sectores de las nuevas generaciones perciben que decisiones fundamentales sobre educación, seguridad, gasto público, empleo y futuro están siendo adoptadas sin que los jóvenes tengan suficiente capacidad de incidencia.

Esto permite formular una pregunta que trasciende el caso francés: ¿estamos ante el comienzo de un nuevo ciclo internacional de movilización juvenil?

Todavía es demasiado pronto para responder afirmativamente, pero la coincidencia merece ser observada.

El antecedente de los Chalecos Amarillos.

Antes de regresar a la comparación con Mayo del 68, existe un antecedente francés mucho más próximo: la protesta de los Chalecos Amarillos de 2018, durante el primer mandato presidencial de Emmanuel Macron.

El movimiento comenzó en noviembre de aquel año alrededor del rechazo al aumento de los impuestos sobre los combustibles, pero rápidamente desbordó esa reivindicación inicial. Las movilizaciones terminaron expresando un malestar más amplio relacionado con el poder adquisitivo, la desigualdad, la presión fiscal, las condiciones de vida y la distancia entre determinados sectores de la sociedad y las instituciones políticas.

La experiencia de los Chalecos Amarillos ofrece una primera clave para interpretar las actuales protestas: una reivindicación concreta puede convertirse en el vehículo de malestares sociales acumulados durante años.

También entonces la movilización adquirió rápidamente una dimensión nacional, aunque su composición social fue muy diferente de la actual. Los Chalecos Amarillos no constituyeron fundamentalmente un movimiento estudiantil. Tuvieron una base social heterogénea, con importante presencia en pequeñas ciudades, zonas rurales y territorios periurbanos, y se organizaron ampliamente por fuera de los partidos y sindicatos tradicionales.

Existe, sin embargo, una semejanza significativa. En 2018 una cuestión inicialmente fiscal terminó vinculándose con salarios, pensiones, servicios públicos, desigualdad y representación política. En 2026, una protesta surgida alrededor de las condiciones educativas podría conectarse con el malestar existente frente al ajuste fiscal, el empleo, los salarios y los servicios públicos.

Hay además otro punto de contacto: la respuesta policial. Los enfrentamientos entre manifestantes y fuerzas de seguridad se convirtieron en uno de los asuntos más controvertidos de la crisis de los Chalecos Amarillos. La cuestión vuelve a aparecer ahora frente a las denuncias sobre el tratamiento policial de las movilizaciones estudiantiles.

Pero existe una diferencia fundamental. Los Chalecos Amarillos mostraron cómo una reivindicación económica específica podía transformarse en una protesta social nacional. Mayo del 68 mostró algo distinto: cómo una movilización estudiantil podía adquirir una dimensión histórica cuando convergía con un poderoso movimiento de trabajadores.

Esta última cuestión es la que vuelve especialmente relevante la comparación con 1968.

¿Un nuevo mayo del 68?

Mayo del 68 comenzó en las universidades francesas y rápidamente trascendió el ámbito estudiantil.

Después de las protestas de Nanterre y la Sorbona y de los enfrentamientos de la llamada “noche de las barricadas”, la movilización confluyó con las reivindicaciones de los trabajadores.

La incorporación del movimiento obrero cambió completamente la dimensión de la crisis. Millones de trabajadores participaron en huelgas, numerosas fábricas fueron ocupadas y buena parte de la actividad económica francesa quedó paralizada.

El gobierno de Charles de Gaulle atravesó entonces una profunda crisis política. Las negociaciones entre Gobierno, empresarios y sindicatos condujeron a los Acuerdos de Grenelle, que contemplaron importantes mejoras laborales y salariales. De Gaulle respondió además disolviendo la Asamblea Nacional y convocando elecciones legislativas.

Mayo del 68 no produjo finalmente una revolución política. Los gaullistas ganaron ampliamente las elecciones de junio. Sin embargo, sus consecuencias sociales y culturales fueron profundas: cuestionó las jerarquías tradicionales, modificó las relaciones dentro de universidades y lugares de trabajo y contribuyó a transformaciones posteriores en las costumbres y las relaciones sociales.

Pero 1968 tampoco fue exclusivamente francés. Durante aquel año se produjeron grandes movilizaciones estudiantiles, sociales y políticas en distintos países. Francia fue una de las expresiones más importantes de una protesta generacional que tuvo manifestaciones diferentes según cada sociedad.

Esta dimensión internacional vuelve especialmente interesante observar simultáneamente lo que sucede hoy en Francia, Alemania, India y Chile.

1968, 2018 y 2026: tres momentos diferentes.

Las comparaciones históricas son útiles siempre que no se conviertan en equivalencias.

1968, 2018 y 2026 corresponden a contextos políticos y sociales diferentes.

En 1968, el movimiento comenzó entre los estudiantes y alcanzó una dimensión extraordinaria cuando confluyó con una huelga obrera de millones de trabajadores.

En 2018, los Chalecos Amarillos comenzaron alrededor de una reivindicación fiscal y del costo de vida y terminaron expresando un malestar social mucho más amplio sobre desigualdad, poder adquisitivo y representación política.

En 2026, la movilización vuelve a tener inicialmente a los jóvenes como protagonistas y se desarrolla en un contexto marcado por las restricciones fiscales, las dificultades de los servicios públicos y una profunda fragmentación del escenario político francés asociado con las protestas contra el exterminio del pueblo judío y la agresividad fascista de la ultraderecha francesa en plan de arrebatar el poder ejecutivo.

Existe además otra diferencia. En 1968 había organizaciones políticas, sindicales e intelectuales que proporcionaban marcos ideológicos relativamente definidos para interpretar el conflicto social.

Las movilizaciones juveniles actuales parecen, por ahora, más fragmentadas. Surgen alrededor de problemas concretos, utilizan intensamente las redes digitales y no muestran todavía un proyecto político común.

La historia, por tanto, no se repite mecánicamente.

Pero tanto 1968 como 2018 muestran que en Francia una protesta inicialmente delimitada puede cambiar de naturaleza cuando logra representar malestares existentes más allá del sector que la inició.

Un escenario político abierto.

Lo que ocurra en Francia durante las próximas semanas dependerá fundamentalmente de tres factores: la capacidad del movimiento estudiantil para mantener su extensión nacional, la incorporación efectiva de trabajadores y organizaciones sindicales y la respuesta política del Gobierno neoliberal de Macron empeñado en institucionalizar un estado policial contra revolucionario.

También será importante observar qué fuerzas políticas consiguen interpretar y canalizar el malestar social. Francia atraviesa desde hace años una profunda recomposición de su sistema político, en la que compiten proyectos de izquierda, centro y derecha radical.

Pero la simultaneidad de las movilizaciones juveniles introduce ahora otro interrogante.

En Francia se protesta por las condiciones educativas y las políticas de ajuste; en Alemania, sectores juveniles cuestionan las nuevas obligaciones militares; en India, un movimiento nacido del malestar educativo reclama mayor transparencia y responsabilidad institucional; y en Chile los estudiantes vuelven a defender la financiación de la educación pública.

Son reivindicaciones diferentes, pero detrás de ellas aparece una pregunta semejante: ¿qué lugar tendrán las nuevas generaciones en las decisiones políticas que están definiendo su futuro?

Por eso, quizá la cuestión no sea únicamente si Francia está a las puertas de otro mayo del 68.

La pregunta es doble: ¿puede la actual protesta estudiantil francesa convertirse en el punto de encuentro de un malestar social más amplio, como ocurrió —de maneras muy diferentes— en 1968 y 2018? ¿Y forma parte, al mismo tiempo, de un nuevo ciclo internacional de movilización juvenil?

En 1968, la convergencia entre estudiantes y trabajadores transformó la crisis francesa. En 2018, los Chalecos Amarillos demostraron nuevamente la capacidad de una reivindicación inicialmente específica para expresar un descontento social mucho más amplio.

En 2026, la respuesta todavía está abierta y dependerá de las próximas huelgas al iniciar octubre.

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