La Conferencia de Seguridad de Múnich ratifica el compromiso europeo con la guerra en Ucrania.

 - Europa hace suya la guerra de Ucrania

La Conferencia de Seguridad de Múnich celebrada (13-15.02.2026) consagró la decisión de la Unión Europea y el Reino Unido de asumir plenamente la carga que ha representado para Estados Unidos hasta ahora la guerra de Ucrania. Y digo “consagró” porque la decisión lleva meses anunciándose y ya han pasado semanas desde que el Consejo de Europa, que gobierna a los 27 países que integran la Unión Europea, tomo la decisión de contraer un préstamo de 90.000 millones de euros, con cargo al presupuesto común, para suministrar ayuda militar y financiera adicional al gobierno de Kiev. Cantidad que se suma a los 193.300 millones de euros otorgados hasta la fecha y que intenta remediar con carácter de urgencia el desplome de la ayuda estadounidense. Washington aportó un promedio de 66.000 millones de dólares anuales entre 2022 y 2024. En 2024, 4.000 millones de dólares y en 2026 tiene previsto aportar solo 220 millones.  Sin el paquete aprobado por la Comisión Europea, el gobierno interino de Volodimir Zelenski sólo podría continuar la guerra unas cuantas semanas más. Los bombardeos y los combates cesarían por completo y dos mil o tres mil mercenarios colombianos tendrían que volver a casa, supongo que para alivio de sus seres queridos.  Si algo añade esta edición de la Conferencia de Seguridad de Múnich es una definición del conflicto ucraniano que lo convierte en un mero episodio en una guerra que solo podrá terminar con la derrota aplastante de la Federación Rusa.

Esta es la conclusión del Informe oficial de 150 páginas presentado a la Conferencia que, con el apocalíptico título de Bajo la destrucción, realiza un análisis de lo que define como la “destrucción del orden internacional”, que atribuye en exclusiva a las acciones de Rusia.  “Rusia – explica - que está dominada por una vieja e incontrolable ambición de apoderarse de Europa, es el enemigo a derrotar (…) En la medida en que “Estados Unidos está abandonando a Europa a su suerte y procurando un inmoral y suicida acuerdo con Moscú, Europa debe reconstruirse bajo las condiciones de destrucción existentes y futuras”. O sea que, para los autores del Informe, la guerra contra Rusia debe continuar con independencia de si Washington y Moscú llegan o no a un acuerdo para ponerle fin. O por lo menos suscriben un acuerdo de cese al fuego a la coreana (Deseado por Washington). Rusia es maligna por definición y Europa solo podrá vivir en paz cuando consiga destruirla.

El Informe es delirante y no solo porque se alimenta a la vez que incentiva la “rusofobia”

Ninguna estrategia política que merezca el calificativo de realista puede fundarse en una pasión y menos aún en una fobia.  También es delirante porque niega la realidad de la destrucción del orden internacional en curso. Concedo que la invasión de Ucrania por las fuerzas armadas rusas en 2022 fue una violación del derecho internacional y específicamente del derecho de todas las naciones a la independencia, la soberanía y la integridad territorial. Pero esta violación palidece en la comparación con las que Estados Unidos ha cometido durante el presente siglo con sus devastadoras agresiones militares de Afganistán, Iraq, Siria, Libia, Irán y Venezuela. Eso para no hablar de las cometidas por su aliado número uno, Israel, por quien Washington ha ido a la guerra y está dispuesto a hacerlo de nuevo en Irán. Es a Estados Unidos a quien hay que atribuirle la principal responsabilidad en la destrucción del orden mundial basado en reglas. Si a Rusia le cabe responsabilidad, esa responsabilidad es menor e incluso podría argumentarse que es derivada, subsidiaria.

Otra tesis importante del Informe que contradice la realidad es la de que Estados Unidos abandonando a su suerte a Europa. El discurso del 14 de febrero, de Marco Rubio, el secretario de Estado estadounidense, fue meridianamente claro en este punto. Después celebrar la tarea civilizatoria realizada por Europa en el mundo y durante cinco siglos, después de lamentar que esta gloriosa herencia fuera puesta en cuestión “ a partir de 1945” y por obra de la maligna Unión Soviética, afirmó, en referencia a la alianza atlántica y a la respuesta a los desafíos que actualmente experimenta: “Queremos hacerlo junto a ustedes, con una Europa orgullosa de su herencia y de su historia (…) con una Europa que tenga los medios para defenderse y la voluntad de sobrevivir. Debemos estar orgullosos de lo que logramos juntos en el siglo pasado, pero ahora debemos enfrentar y abrazar las oportunidades de uno nuevo, porque el ayer ha terminado, el futuro es inevitable y nuestro destino juntos nos espera” (…) por eso no queremos que los aliados racionalicen el statu quo roto en lugar de afrontar lo necesario para corregirlo, porque nosotros, en Estados Unidos, no tenemos interés en ser cuidadosos y ordenados guardianes del declive gestionado de Occidente. No buscamos separarnos, sino revitalizar una antigua amistad y renovar la mayor civilización en la historia humana.”

Cierto, podría decirse que esta apasionada defensa de la alianza atlántica es meramente retórica, que hay hechos y sobre todo dichos, muchos dichos, que la contradicen. Pero, aun concediendo que la alianza experimenta una seria crisis, lo que no se pude negar es que la decisión de los socios europeos de la misma de continuar la guerra contra Rusia hasta su destrucción, encaja como anillo al dedo en la estrategia de largo plazo de Washington de perseguir el mismo objetivo. Y digo Washington y no Donald Trump porque dicho objetivo quedo establecido cuando sucesivos gobiernos estadounidenses asumieron las tesis expuestas y argumentadas por Zbigniew Brsezinski en su libro El gran tablero mundial. La supremacía estadounidense y sus imperativos geoestratégicos, publicado en inglés por primera vez en 1997. Para el asesor de seguridad nacional del presidente Jimmy Carter, el desplome catastrófico del comunismo soviético y la disolución de la Unión Soviética en 1991, no eran suficiente motivo para dejar de considerar a Rusia un enemigo mortal a abatir. Como lo había sido durante toda la guerra.  Él pensaba en términos geopolíticos, es decir en términos de relaciones de poder entre imperios y naciones, por lo que seguía creyendo que la Rusia post soviética, aunque muy mermada en términos de poder económico, político e ideológica, seguía siendo una potencia. Con la capacidad de desafiar en el futuro, aunque fuera en otros términos el plan de Estados Unidos de consolidarse como la primera potencia mundial. De allí que propusiera en dicho libro que Estados Unidos se convirtiera en el “arbitro de Eurasia”, suscribiendo la tesis defendida por 1904, por el británico Halford John Mackinder de que “quien controla a Eurasia controla al mundo”.  Por lo cual, Estados Unidos tenia que hacer todo lo que estuviese a su alcance para impedir “la emergencia de cualquier poder rival que amenace nuestros intereses materiales y diplomáticos”.

La historia no tardó demasiado en poner a los gobiernos de Washington en la tesitura de responder a la emergencia de un poder rival. En marzo de 2000, Vladimir Putin ganó por primera vez las elecciones que le permitieron hacerse de presidente, con un programa nacionalista centrado en la reconstrucción del poder económico, político y militar de la Federación Rusa. Y el hecho encendió las alarmas en Washinton, cuando las políticas y las decisiones adoptadas por Putin confirmaron que el flamante presidente ruso estaba totalmente dispuesto a poner en marcha su programa de reconstrucción y empoderamiento nacional. Fue a partir de ese momento que las estrategias de seguridad nacional adoptadas por los sucesivos gobiernos de Washington, concedieron prioridad al objetivo de contener a Rusia e incluso a promover su disolución. De hecho, Brsezinski propuso dividirla en cuatro grandes regiones, todas bajo la tutela de Washington.

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Pero la historia tampoco se había detenido para China. En 2000, cuando Putin fue elegido por primera vez presidente, China no era percibida todavía como una amenaza por la dirigencia política estadounidense, muy complacida con los grandes negocios de sus patrocinadores, las multinacionales estaban haciendo en gigante asiático. Pero sí Trump fue elegido en 2017 por primera vez presidente de su país, fue porque la clase dirigente estadounidense ya era consciente de que ese “poder emergente”, capaz de desafiar la primacía mundial de Estados Unidos no era Rusia, sino China. Obama, el antecesor de Trump en el cargo, ya lo había advertido cuando anuncio “el giro a Asia”, pero fue Trump el que inició “la guerra de los aranceles” la guerra comercial, que continuó Joe Biden y aceleró Trump en esta su segunda presidencia.

El reconocimiento de que el “desafío chino”, supera en magnitud e importancia al que representa el renacimiento nacional de Rusia, obliga a Washington a centrarse en la guerra híbrida con China en el Asia, en America Latina y en el Medio Oriente y a delegar en el bloque de países europeos liderados por el eje Londres-París- Berlín la continuidad de la guerra contra Rusia. Entre otras razones, porque el mantenimiento de esta guerra se abierta o se soterrada, con tregua o sin tregua, limita seriamente las posibilidades de Rusia de apoyar a China o de ayudar a los países del Sur global que se resisten a los planes de sometimiento puestos en marcha por Washington.

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