Opinión

En átomos volando (La Alborada)

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diciembre 04, 2014
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#NoALaAlborada fue el hashtag que muchos ciudadanos pusimos a rodar por Twitter, más por intentar darle voz pública a lo que miles de personas sienten, opinan y comentan en los corrillos, que por creer que algo concreto íbamos a lograr en relación con una práctica incendiaria que, desde hace once años, convierte a Medellín en una localidad bombardeada durante la noche del 30 de noviembre y la madrugada del 1 de diciembre. Extraño inicio de la Navidad que se impuso en el 2003.

Según investigadores de problemáticas urbanas —los datos circulan en la red—, a finales de ese año se oficializó la desmovilización de 849 paramilitares, integrantes del Bloque Cacique Nutibara que operaba en diez comunas de la ciudad, bajo el mando de Diego Murillo Bejarano, Don Berna. Y explican que, si bien la misma tuvo lugar el 25 de noviembre, solo se celebró cinco días después, cuando los recién desmovilizados repartieron un arsenal de pólvora en los barrios que controlaban para anunciar con luz y sonido su reincorporación a la vida civil. Desde entonces, lo de Ricaurte en San Mateo se volvió asunto de conmemoración involuntaria.

Pummm!!!, me cuentan —no fui testiga de las primeras alboradas— que retumbaban las explosiones, “como en las épocas de las bombas de Pablo Escobar”, originando pánico colectivo en los cuatro puntos cardinales del Valle de Aburrá. Nadie —casi nadie— sabía qué estaba pasando, sobre todo porque hasta ese momento la Navidad comenzaba con la tradicional celebración de la noche de las velitas, el 7 de diciembre. Ese día se prendían los alumbrados, los faroles, los villancicos, los convites en los barrios, las decoraciones callejeras y las luces en los balcones. (También se prendía la pólvora; no tan generalizada, pero igual de estruendosa y peligrosa; el antioqueño ha sido pirómano por naturaleza). Un suspiro de alivio salió de montones de gargantas cuando, al enterarse del motivo puntual de semejante fanfarronería, dieron por chuleada la terrible noche.

¡Cómo no! Si es que la estupidez es incurable...

La del domingo que acaba de pasar ha sido, de lejos, la peor de las alboradas. (La peor de las que me ha tocado vivir; de nada valió estar preparados, igual la pasamos en blanco, en la vecindad, incluyendo a los perros que ahora son heroicos sobrevivientes; las ventanas de los edificios vibraban y la estela de relámpagos que dejaban los voladores, en su subida silbante al cielo, era de tempestad bíblica; ni qué decir del ruido seco y ensordecedor de los “tacos”, muchos de ellos colocados en alcantarillas o contenedores de basuras. Qué noche la de esa noche. Larga y desapacible).

Y eso que la pólvora está “prohibidííísima” por las autoridades. Y perseguida, hay que creerles. Dicen que este fin de año han incautado 2,5 toneladas solo en Medellín, 495 kilos durante el estallido de La Alborada, hay que creerles. Aunque nunca veamos que a quienes tiran explosivos por las ventanas de los carros; o a los borrachos que pasan la rasca lanzando palabrotas y papeletas; o a las polvorerías camufladas en sectores residenciales; o a las narcofiestas de mariachis —disculpen, “manitos”, ustedes fascinan a los que sabemos—, disparos y recámaras…, les caiga un policía, a las autoridades hay que creerles. Necesitamos el placebo.

Hacen lo que pueden, pero pueden poco, lo acabamos de comprobar los medellinenses. (Diecinueve heridos; doce adultos y siete menores; dieciséis quemados y tres víctimas de balas perdidas. Un expendio de pólvora incendiado, mascotas muertas del susto —en sentido literal— y alta densidad de partículas nocivas para la salud en el aire que respiramos). Contra ese “componente cultural mafioso” que llama el alcalde Aníbal Gaviria no hay decreto, ni hashtag, ni buena voluntad que valgan. Sobre todo porque, al igual que otros componentes, este también encontró el terreno abonado y cayó prendido en buena parte de la sociedad que, sin ser mafiosa, ha alimentado la cultura de la estupidez y la arrogancia. (El tío bacán o el novio platudo de la prima o el chacho de la marranada, que con su polvorín a cuestas encienden la parranda en muchas fincas, son ejemplo visible). La mala educación —vuelve y juega la educación— ha incrustado en gente llamada de bien (“los buenos somos más” y cosas así) comportamientos antisociales que se apropiaron luego los “traquetos” para reinstalarlos más luego en las nuevas generaciones de todos los estratos, en edición corregida y aumentada.

COPETE DE CREMA: Comparto lo que alguna vez oí a un profesor de Estudios Políticos de la Universidad de Antioquia, cuyo nombre se me escapa: “Lo más interesante para una reflexión sobre La Alborada no es determinar quién la comienza, sino quiénes la hacen perdurar. Es una pregunta por la cultura y no por el actor que dio inicio al fenómeno”.

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