El oficio de contar historias
Opinión

El oficio de contar historias

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mayo 05, 2014
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“En esa época, todo aquel que inventaba algo era considerado un genio, porque ya casi todo estaba inventado”.

Esa es una frase de una niña de unos 8 años que escribió en un cuento que pasaba en el futuro. La niña creció conmigo y nos graduamos juntas del colegio.

Por algún motivo, siempre me quedó sonando —tengo una memoria extraordinaria para las cosas más extrañas— y me volvió a la mente mientras reflexionaba sobre un discurso de Mario Vargas Llosa en la Feria del Libro. En él se refiere a la posibilidad de que, de las historias, se apoderen también los computadores.

Escuché el discurso en Internet porque me quedé con las ganas de escuchar al nobel, como tantas personas que se quedaron con los rulos hechos esperando un puesto en el auditorio de Corferias que ni siquiera abrieron al público porque los “puestos de cortesía” lo llenaron (no fue mi caso, yo ni siquiera fui).

Contar historias, dice Vargas Llosa, es una forma que tenemos los humanos de reaccionar a un mundo que “quedó mal hecho”, que podría ser mejor. Sirve tanto para entretenernos como también para imaginar e inventar cosas que nos acerquen a ese mundo mejor que anhelamos. El oficio del contador de historias es milenario y es justamente ese: el de ser el fuego que le da vida e impulso a una sociedad.

La tecnología, por su parte, afortunadamente ha asumido un montón de oficios que antes eran de los humanos y esto, en principio, no ha dado la oportunidad de contar más y mejores historias. De hecho, creo que es posible rastrear una línea entre los desarrollos tecnológicos de la humanidad y la cantidad de arte y, claro, de literatura. Me refiero, por ejemplo, a la industrialización en el siglo XIX y la explosión de la novela o la invención de las lavadoras y la aparición de escritoras mujeres. No creo que sea difícil suponer que a medida que la tecnología liberó tiempo que gastábamos en tareas diarias pudimos usarlo para otras cosas como, por ejemplo, escribir o imaginar más y mejores cosas.

Hoy en día, el miedo razonable es que los computadores hacen casi todo lo que los humanos podemos hacer. Y, por eso, es posible que a las personas se nos olvide hacer muchas cosas (¿cuántos de ustedes pueden de buena fe decirme que saben prender fuego sin fósforos o briqué a la mano?). El peor miedo es que los computadores empiecen a hacer sus versiones de historias (¿ya vieron su Facebook story?) y, por defecto, nosotros dejemos de hacerlas, quedándonos sin historias hechas por humanos.

Es un poco fatalista y a lo mejor nunca lleguemos a ese extremo. Pero, en gracia de la discusión, el problema subyacente parece ser que la tecnología ya creó un mundo paralelo en el que nos la pasamos metidos y que entonces ahí nos refugiamos del mundo que sigue siendo intimidante y que sigue pudiendo ser mejor. Ese mundo, además, se autoconstruye (con pequeños aportes humanos) todo el tiempo y nos permite pensar que “el que se inventa algo nuevo es un genio, pues ya todo está inventado” y, también, que ya no necesitamos inventarnos nada nuevo.

Por refugiarnos ahí —señalaría tan nefasta profecía— ya no nos soñamos un mundo mejor (en el de verdad) o, si bien lo anhelamos, tenemos menos necesidad de hacerlo real porque todo siempre está bien en Facebook. Cuando salimos, criticamos el mundo real —tampoco somos tan apáticos— pero rara vez nos damos a la tarea de construir o imaginarnos algo distinto. Como si viviéramos en Matrix.

En realidad quien sabe, de pronto tiene algo de razón y ahora contamos menos historias. De pronto ahora somos más de blog que de cuento o novela. Más de jingle que de Sinfonía. Más de viaje todo-pago que de aventura. De pronto a veces sentimos y pensamos que ya todo —incluida nuestra vida— está escrito e inventado. O, de pronto, es que en general siempre ha habido menos Vargas Llosas y Gabos y Mozarts que personas normales, esos seres extraños. A lo mejor por eso es que van más de mil personas a escucharlos, porque quizá desde siempre los inventores son considerados genios.

Y entonces Vargas Llosa hace un llamado a la juventud “a contar y soñar historias”… a construir y soñarse un mundo, a construir y soñarse una vida propia, una vida que hayamos escogido nosotros. Easier said than done, como dicen los gringos. Pero quién quita, de pronto me le mido y un día de estos intento más bien un cuento, como cuanto era chiquita.

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