El juego de la política, juego de todos

La política se desarrolla casi siempre como una partida donde se gana o se pierde. Los empates suelen ser raros y se resuelven por el azar

Por: Orlando Solano Bárcenas
abril 26, 2021
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El juego de la política, juego de todos
Foto: Pixabay

Aristóteles concibió el hombre como un “animal político”, Linneo como un Homo sapiens, J.S. Mill como un Homo economicus, Henri Bergson como un Homo faber, y Johan Huizinga como un Homo ludens (hombre que juega). El juego es fenómeno en la cultura, es función humana tan esencial como la reflexión y el trabajo. Con el juego nace y se desarrolla la cultura porque “…la cultura misma ofrece un carácter de juego”. El juego es connatural al hombre, es actividad libre y no obligada que da experiencia y conciencia del entorno. Es competencia, deporte. Por ser competición pura existe el juego de la política, el juego político, la lúdica del poder. Entonces se puede afirmar que existe el juego de la política o en la política.

La “diversión” es un componente importante del juego. Tomando del DRAE el verbo “jugar” y el sustantivo “juego” podemos intentar un “divertimento” llevado a la política para verificar si el Homo politicus es también un Homo ludens.

El Homo ludens existe 

Desde Aristóteles está aceptado que el ser humano es sociable por naturaleza, por ser un animal político. Lo político le es consustancial al hombre. También lo ludens. El hombre social puede jugar o “juega” a la política como gobernante y como gobernado, en una relación de fuerza que puede ser catalogada de lúdica del poder, de juego o juegos de poder. Juego muy “reglado”. ¿Cómo juegan a la política gobernantes y gobernados? Podríamos responder que pueden jugar limpio, o regularmente limpio; sucio, o regularmente sucio. Pero juegan.

El de la política, un juego de siempre 

Practicado en todas las culturas, como lo demuestra la historia de la humanidad. Con él se definen estatus, roles, relaciones de grupo, se crean símbolos y signos, contextos, predicciones, planes e interpretaciones, enculturación de aceptación de las normas, estímulo para alcanzar metas y hacer avanzar la sociedad. Partiendo de las grandes preguntas: ¿Por qué manda el jefe y yo debo obedecerlo? ¿Con qué derecho ordena quitarle la vida a mi vecino? ¿Por qué me obliga a ir a la guerra? Reflexiones filosóficas que luego han aspirado a ser “científicas”. Con frac, la política se ha vuelto algo serio; lo que no obsta para que ella reconozca que tiene mucho de “juego”, de lúdica, de comedia y hasta de tragedia. ¿Es la política un “juego”? ¿Son las relaciones de poder un juego? ¿Se juega a la política?

El político, un juego “público” 

 Porque se necesita de una autorización para realizarlo: que se declare abierta la etapa preelectoral. Y porque se desarrolla en lo público por excelencia: la plaza, el balcón, los medios y hoy desde las redes sociales. Obama supo mucho de esto. Trump, abusó.

El político, juego pocas veces “abierto” 

Público, mas no “abierto”. Son pocos los que lo pueden jugar porque no todos son avalados por un partido o movimiento político. El político “condotiero” es cada vez más raro.

 El político, juego “de preferencias”  

Por ser juego de competencia entre antagonistas en relativa condición de igualdad, cada jugador procura demostrar superioridad. En democracia se espera que la preferencia sea más “programática” y racional, que de personalidad o carisma caudillista.

El político, juego “de roles”  

Como en el teatro -tan próximo a la política- el papel de cada personaje sigue o juega un rol, un papel (de gobernante o gobernado, de candidato uninominal o de lista) dictado por el guion señalado por los textos legales. El de héroe o mártir, de eficiente o pensador son roles con largos “parlamentos” en el teatro del hemiciclo o de prolongados silencios mudos.

El político, juego “de tensiones” 

Toda lúdica trae tensión entre los jugadores. Es el agon de la contienda, del enfrentamiento porque la política es lucha, lid, justa, competición. Juego de “tira y afloja” entre partidos, candidatos de listas de listas preferentes y de listas cerradas (por el bolígrafo que unge, o en la consulta interna). Con una tensión adicional: la incertidumbre en los resultados, esencia del juego.

El político, juego “de cálculos” 

En política el cálculo trata de evitar el azar, los imponderables: llueve y electores en casa; encuestas erradas o amañadas; ataque armado a las urnas; compra de “capitanes” de barrio por el rival.

 El político, juego “informatizado” 

Para mejorar por la informática el cálculo, la racionalidad (¿y los hackers?) de la aproximación matemática, el aumento de la probabilidad de ganancia en votación, porcentajes, umbrales, en la aplicación de fórmulas de conversión de votos en curules, el reparto de las bazas y el reparto del “botín” (burocrático, de prestigio, de honores, de posibilidades de permanencia y más).

El político, juego “de libertad” 

 Sin libertad no hay juego limpio. Jugar es optar en posibilidades. Juego socializador, integrador e igualitario debe favorecer libremente el logro de fines altruistas, mayor y mejor democracia, ciudadanías participativas, no dirigidas, de consensos y diálogos entre iguales.

El político, juego “reglado”  

De manera estricta por normativas constitucionales y legislativas que den seguridad a gobernantes y gobernados, que afiancen la cohesión social, que incrementen la paz y la alegría de pertenecer a un régimen aceptado y querido libremente.

 El político, juego de “scrabble”’

La política es palabra que transmite un mensaje. Es comunicación, discurso, parlamento, radio, televisión, prensa, plaza pública. Es “juego de palabras” a veces filibusteras, en otras equívocas o ambiguas en la transmisión del mensaje de la idea, del programa. Adrede o por ignorancia. La palabra política debe ser sincera.

El político, juego “pedagógico”  

De reglas estrictas, pero comprensibles. Asimilables, formadoras de ciudadanía activa e ilustrada en las reglas de un juego compartido, limpio y liberador. Sin cartas bajo la mesa o dentro de la manga.

El político, juego “de riesgos” 

Política es riesgo. Aventura. Se juegan las cartas, los “restos”. Es competición para ir más rápido, más alto, más fuerte. No sin peligros, puesto que se está en combate, en campaña. El riesgo se minimiza mediante reglas claras y estrictas que domeñen un poco la pasión de los jugadores, los atajos.

El político, juego “de pasiones” 

Con tendencia más a la pasión y la emoción que a la razón. Juego que puede tornar en vicio que lesione la Virtud por obra de “virtuosos” discípulos de Maquiavelo solo interesados en el poder sin ética del poder, en el solo interés personal.

El político, juego “de vértigo” 

De “ilinx” que destruya la estabilidad de la percepción de lo real, de trance que obnubile, de aturdimiento del buen sentido. La vorágine de la pasión política envuelve, hunde, arrastra al propio jugador y a su entorno familiar. Puede devenir en juego “terrible”.

El político, juego “de sociedad” 

Como tal, de estrategia y clase. La primera puede perderse, no la segunda. Sin importar el nivel de esta no puede caerse en la ordinariez del político patán que “arrebata”.

El político, juego de “fair play” 

Limpio, para que ayude a superar los conflictos de forma pacífica, tranquila, justa y pautada. Algo muy necesario en ambientes lúdicos de mutuas desconfianzas. Sin patear el tablero. Sin “dar juego” tramposo a los de la misma lista preferente para ponerlos en “fuera de juego”, o no remando con lealtad los de muy abajo en la lista cerrada.

 El político, juego “de oráculo” 

De “adivinación”, si el candidato es poco claro en su pensamiento. De “profecía” si es muy ideológico. De “presagio” y “cábalas” en los sorteos de colocación en la tarjeta electoral: “El 3, la Santísima Trinidad”, “El 7, los Siete Sabios de Grecia”, “El 12, los Doce Apóstoles” como para tranquilizarse con un número mágico o a electores agoreros. La espacialidad topográfica en el tarjetón secreta arúspices.

El político, juego “de escrutinios” 

No solo de conteo de votos, porcentajes y curules. También de “escrutar” mentes, miradas, aleteo de fosas nasales, sudoraciones y tics nerviosos de los rivales para “conocerles el juego”, las intenciones y las bazas.

 El político, juego “de ocultaciones” 

Juego de estrategias, ocultar cartas y emociones es fundamental. Por eso la necesidad de no caer en el “dicho del jugador” anunciando las opciones ante los rivales, cuando lo prudente es hacerlo frente a la cauda de seguidores y electores.

El político, juego “costoso” 

En política se suele jugar “fuerte”. Es empresa costosa, propensa a hacer caer en la trampa, la deslealtad, en el juego sucio de “jugársela a alguien” con violación de las reglas de la ética o del derecho. Hasta en política no se puede ganar como se venga en gana.

El político, juego “de altos envites” 

Cierta dosis de “caña” o “bluff” -dolus bonus- es tolerada en algunos juegos. En el político no es la excepción. Es común en materia de supuestos apoyos, financiamientos, amistades o proximidades al poder “vender humo”, siendo la “blofeada” más frecuente hacer “altos envites” para hacer creer a los rivales que están liquidados en posibilidades. Si esto se vuelve ordalía, las campañas se encarecen.

El político, juego “de distracción”  

Los “notables” de la política la adoptan como “distracción”. Los “profesionales” censuran esta posición de diletantes, oligarcas y feudales. A lo que estos ripostan: cuervos de la política, arrimados al erario, burócratas.

El político, juego “de pelotas” 

 Se la pasan unos a otros hasta que termine el juego con la próxima convocatoria a elecciones. “Pasarse la pelota” puede darse dentro del propio partido, entre los partidos o al interior de las propias listas. Es situación o estrategia en momentos preelectorales y de aprobación de reformas tributarias…

El político, juego “de bizcos” 

Cada jugador trata de “verle el juego” a sus rivales para neutralizarles sus chances, sus “jugadas”. Cada jugador-candidato trata de conocer los programas, temas y lemas de sus rivales. Como en los juegos de guerra o de industria, el espionaje político campea.

El político, juego “de ganadores y perdedores” 

El elemento “competición” es preponderante en política.  Es “justa” donde los ganadores van unos a los hemiciclos y otros a los solios del poder ejecutivo.  A los perdedores de lista “cerrada”, el dueño del bolígrafo les da palmaditas en la espalda antes de despedirlos. A los vencidos de listas preferentes, los ganadores les hacen igual agregando -con mala sangre- un “te lo dije” que aumenta la enemistad del perdedor.

El político, juego para “hacer juego” 

Hacer juego para mantenerse en él, en la política, y no ser flor de una elección. Perseverar en política es lucha cotidiana. Gana con alguna frecuencia no el más preparado, sino aquel que logra “hacer juego”.

El político, juego “de cierre” 

 El juego “se abre” con la campaña que le da la partida a la disputa. Terminada esta se “cierra”, quedando unos victoriosos y otros tendidos en el campo. Ay de los vencidos, porque les llegarán las cuentas, los reclamos de familiares y seguidores, las nostalgias. A veces, el suicidio. Si tienen suerte el cargo diplomático, premio de consolación.

El político, juego “de niños” 

No siempre. Sí, cuando no se aceptan las reglas y los resultados de las urnas. Cuando se actúa como niños todavía no socializados en el concepto abstracto de “autoridad” (Piaget), que no respetan las reglas del financiamiento de las campañas, las inhabilidades o las incompatibilidades y como ellos “patean la lonchera” o practican el transfuguismo cambiándose de equipo.

El político, juego “de posibles”  

Gobernar es arte de “posibles”, no de demagogias. Es creación de memoria de experiencias y realizaciones democráticas en la mente de los ciudadanos, no de fracasos. El buen jugador político ofrece realidades, no vanas e irrealizables fantasías.

El político, juego “de ficción” 

De simulación de segundas realidades -ficticias- traslapadas mediante la actuación, la mímica y el disfraz. Arte de “magos” de los acuerdos, arreglos y componendas; puro dominio del arte del cubilete que engaña a jugadores menos avisados en lo que es la realidad.

El político, juego que exige “creárselo” bien a otros 

De jugadores del mismo equipo se espera que “creen juego” mutuo y sincero dentro de la lista, lo que no es frecuente. Sí lo es que se “tiren” rayos y centellas, actitud recurrente en listas preferentes que hacen explotar reyertas al interior de la bancada.

El político, juego donde se “mete en juego” 

Meter a otros en juego o al juego, puede aumentar las probabilidades de ganancia. En política se trata de sumar, de aumentar la cauda de electores y no de restar. Se procura hacer crecer los apoyos dentro de la lista (si con voto preferente) o para la lista (si con la cerrada).

El político, juego “de mesa” y “de alianzas” 

Cuando las cartas no son buenas o son pocas las bazas, se juega al juego de “compadres”. Es decir, a formar alianzas, pactar coaliciones (abiertas o secretas), aparentando lo contrario. Pura teoría de juegos que busca la mejor alianza, aquella donde se hacen menos repartos.

El político, juego “de malabares” 

 Reglado, pero no exento de malabares que manipulan, desconocen normativas electorales o hacen promesas falsas en manifiestos y programas. Por lo normativo, se cae en los códigos. Por lo político, en fraude al elector.

El político, juego de “juego fuera” 

Cuando las opciones de triunfo son pocas o no muy buenas, los jugadores exclaman “juego fuera” y lanzan todo el envite para acabar el juego. Posición o estrategia que recuerda el “alea jacta est” al borde del Rubicón. Seguidamente agregan “estar resteados”, sin fondos suficientes. En elecciones de jefe de Estado separadas de la elección de los parlamentarios estos, una vez elegidos, le dicen al candidato presidencial de su partido: “Estamos resteados” y le corresponde al candidato hacer en solitario el resto de su campaña, mientras el parlamentario electo disfruta de las playas de Miami.

El político, juego de pocos empates 

La política se desarrolla casi siempre como una “partida” donde se gana o se pierde, y los empates suelen ser raros y se resuelven por el azar. La pasión política generalmente lleva a practicantes y seguidores a jugar todo lo que se tiene convirtiendo en drama o suicidio (político o literal) un juego que deja víctimas en la propia familia, en los financiadores y en militantes ahora desesperanzados. El juego político puede terminar en tragedia.

El animal político es también hombre que juega a la política, por ser esta competición pura y dura sobre el poder en sus diferentes formas y niveles. La lúdica del poder es una realidad, son los juegos de poder. Muy reglados en democracia, poco en dictaduras. ¿Se juega a la política? Si, dicen algunos, agregando que por ser juego demasiado serio no se les debe dejar solo a los políticos. Entonces, ¿a quién dejarle ese juego? Pues a ciudadanos activos, participativos y cultos como lo propusiera Pericles.

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