El columnista

Reflexiones someras sobre el oficio de escribir columnas de opinión

Por: ALFREDO VILLALBA BUSTILLO
septiembre 09, 2019
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El columnista
Foto: Pixabay

Por la actividad de mi profesión, área de la salud, durante mi periplo de ejercicio no tuve tiempo sino para la parte académica y profesional. Ahora que entré en mi recogimiento, no he dejado de pensar en algo que era de mis sueños: escribir.

Senén González Vélez, mi amigo de luengos años y primer editor de La Verdad, tribuna periodística que irrumpe en la ciudad pero de directores y dueños barranquilleros, que además tiene el ánimo de servirle a la capital con otras percepciones de opinión, me llama a que le colabore como columnista. Acepto con el mejor de mis deseos y una humildad de bisoño. Lo reemplaza Humberto Mercado, amigo de mis afectos y renombrado periodista: continúo en la tarea.

Quiero hacer reflexiones someras sobre lo que puede ser un columnista:

El conocimiento histórico es sumamente útil para el columnista que escribe sobre muchos temas. Es preciso fundirlo imperceptiblemente con las evocaciones personales del pasado reciente. El lector necesita saber que nuestros comentarios sobre lo que ocurre en el mundo no surgen de teorías o conjeturas sino de la experiencia que hemos vivido durante angustiosos tiempos, cerca del centro de los acontecimientos, además de haber estudiado los más remotos. No digo que un columnista deba ser viejo, de ningún modo, pero tampoco debe ser joven. Una cosa es que un joven cuente experiencias reales, semana a semana, desde un lugar del que queremos oír hablar donde sólo se requiere una vida atareada y talento literario. Muy otra es que una persona de pocos años pontifique sobre sus tiempos desde la perspectiva de un mero lector de periódico. Hay demasiados columnistas de este tipo en la actualidad, y ninguno vale un céntimo.

En raras ocasiones se puede usar la columna para promover una causa personal, acudir al rescate de un amigo en apuros o evocar a alguien que conocimos y de otra manera dejaría de ser mencionado. Pero estos temas se deben abordar según sus méritos intrínsecos, nunca por su relación con uno mismo. Demos por sentado que hay algo fastidioso en nuestra personalidad o defectuoso en nuestro juicio cuando hay intereses personales de por medio

Mi método consiste en redactar tres de cada cuatro columnas usando temas que han despertado intereses: políticos, económicos, gremiales, en fin, la idea es formar opinión. En la cuarta me complazco a mí mismo y escribo sobre lo que creo que importa, al margen de lo que figure en los periódicos. Escribo sobre el tiempo, la temporada o algo candente en el que hacer que he hecho, visto u oído. Estas columnas personales son la prueba real del oficio. Exige toda nuestra destreza literaria y la certeza de saber que podemos llevar a nuestros lectores hasta el final del último párrafo. Si no tenemos esa certeza, es mejor emprender una rápida retirada y adherirse a los temas convencionales.. Una advertencia: cuidado con la jactancia y el triunfalismo. Las piezas personales se deben sazonar con modestia; deben ser humildes o al menos irónicas en cuanto a nuestras veleidades, y deben enfatizar la incompetencia, el fracaso o la incomodidad antes que el logro personal. El lector suele identificarse más con alguien que soporta sus infortunios jovialmente que con alguien que los afronta sin esfuerzo.

Una última apostilla. La vida es triste para la mayoría de la gente, sin duda también para el columnista. Pero, como en Pagliacci, se trata de no mostrarlo y continuar con el espectáculo. Usemos la columna para criticar a los notables, enderezar entuertos, atacar gobiernos y humillar a los arrogantes, prepotentes, soberbios sin valores. Con mucha aquiescencia, para que el editor o corrector de pruebas no nos cercenen párrafos o apartes de lo plasmado en la columna.

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