Opinión

El baile de los que sobran

Esta generación aprendió que la democracia es mucho más que salir a votar

Por:
mayo 23, 2021
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El baile de los que sobran
Se vislumbra nuevo tipo de comunidad integrada por jóvenes y aglutinada por sus deseos y voluntad de movilizarse en el espacio público

Tal vez era el diciembre de 1989. La fecha no importa. De tanto oírla en la radio terminé por memorizarla. Admito que nunca reparé en su significado, pero ahí se quedó. Entre mis tripas supo hallar un lugar cálido y húmedo dónde conservarse. Treinta años después, la juventud chilena, masivamente congregada en una plaza, la coreaba; una y otra vez. Lo vi en Twitter. A cada paso, la rabia de miles parecía disiparse y abría un espacio casi festivo y de celebración de cierta esperanza triste. Cientos de jóvenes brincaban y lloraban. La escena me conmovió hasta los huesos. Y aunque la canción era la misma que oí siendo niño ahora parecía otra: se había convertido en un himno. Un reclamo solemne ante el tiempo que en América Latina se detuvo hasta pudrirse. Seguíamos pateando piedras. Nada había cambiado.

Mucho se ha reflexionado sobre las movilizaciones recientes de cientos de miles de jóvenes en Colombia. Y más allá del estado natural de incomprensión que genera para muchos adultos, creo que una situación en particular ha sido inobservada: la imperiosa necesidad de habitar el espacio público que -desde siempre- atraviesa a los jóvenes (por supuesto, exacerbada ahora por los múltiples encierros que ya cumplen un año largo). Ese habitar no es simplemente una condición de presencialidad física, también comprende una dimensión mucho más compleja de interacción social, construcción de identidad y convivencia de intereses. En otras palabras, el joven y la calle constituyen una relación simbiótica que favorece a ambos: los transforma y los madura. Una calle sin jóvenes es como un parque sin niños; un escenario desolado e inservible.

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La presencia de la juventud en el espacio público es sumamente provechosa para la construcción de una verdadera democracia

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 Adicionalmente, esa presencia de la juventud en el espacio público es sumamente provechosa para la construcción de una verdadera democracia. Es bien sabido y estudiado que la concurrencia de la ciudadanía en condiciones de igualdad -en dichos espacios- permite que las personas aprendan y se eduquen sobre sus derechos y responsabilidades; compartan intereses, símbolos y propósitos y afinen sus habilidades de negociación e intercambio. El espacio público es un gran laboratorio de cultura ciudadana. Además, es el origen de las comunidades (organismos colectivos en los que se conciben y diseñan soluciones a la cotidianidad), las cuales terminan por conformar y definir socialmente una ciudad o un municipio. En la actualidad, ya se puede anticipar el nacimiento de un nuevo tipo de comunidad integrada por jóvenes y aglutinada por sus deseos y voluntad de movilizarse en el espacio público. Una generación que aprendió que la democracia es mucho más que salir votar cada cuando y exige -y exigirá- responsabilidad a sus gobernantes a través de un habitar persistente en las calles.

Por todo lo anterior, es muy importante que se acepte, analice y entienda que, además de las justas razones y reclamos desatendidos que están llevando a los jóvenes a movilizarse, existe una razón subyacente: los jóvenes quieren, necesitan y disfrutan habitar el espacio público. Estas conclusiones pueden ser definitivas a la hora de predecir con precisión la duración, intensidad y frecuencia de las movilizaciones que siguen de ahora en adelante. Ni el más sacrificado iluso puede pensar que los jóvenes abandonarán las calles en los próximos días. Seguirán pateando piedras, sin duda. Pero esta vez estarán juntos.

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