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Cúcuta y el mar Caribe

“La expresión cucuteña “nostalgia de mar” alude a la frustración y al aire caribeño que caracteriza a la ciudad”

Por: Guillermo Maldonado Pérez
Septiembre 21, 2017
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Cúcuta y el mar Caribe
Foto: Juan Pablo Bayona / La Opinión

Asistí como invitado a la reciente Fiesta del Libro de Cúcuta, cuyo lema general fue “encuentros con el Caribe”. El tema convocó, naturalmente, a notables representantes de la costa norte. Di a mi participación el título de “El Caribe: mar literario”, tema inscrito bajo el signo de la celebración de los 50 años de la aparición de Cien años de soledad. La presente es una síntesis de la parte que se refiere a Cúcuta y su relación con el Caribe.

Como oriundo de la región sede me pareció pertinente unirme al tema, pues Norte de Santander no solamente colinda en gran medida con tierras de Macondo, y con Venezuela en toda su extensión oriental—país caribe del cual hemos recibido notable influencia—, sino porque Cúcuta y su región pertenecen en sí mismas al área del Caribe; es algo que se siente fácilmente; la antigua relación con Maracaibo, por lógica geográfica y vínculos históricos, culturales, comerciales, así lo atestiguan. Incluso desde antes de la llegada de los españoles, los nativos motilones —de nación caribe— hacían su comercio en canoas por los ríos Zulia, Pamplonita y Catatumbo, hasta el lago de Coquivacoa y viceversa. Vías fluviales que durante los siglos XVIII y XIX permanecieron vigentes y marcaron la época dorada del comercio cucuteño —cacao y café—, con los mercados norteamericanos y europeos.

Es la llamada región zuliana; durante dos siglos que precedieron a la fundación de Cúcuta, la capital jurisdiccional de la comarca fue Nueva Pamplona, ciudad que se constituyó como base en la exploración del camino a la culata del Lago de Maracaibo; el encuentro de las minas de oro en Páramo Rico frenó el proyecto, retomado más tarde con las avanzadas de los capitanes Juan Rodríguez Suárez y Juan Maldonado que fundaron las ciudades de Mérida y San Crstóbal, respectivamente.

Los primeros habitantes de Cúcuta comprendieron desde el comienzo que la ruta natural para el comercio regional era la vía a Maracaibo; mediante cobro de peajes construyeron un carreteable hasta el puerto de San Buenaventura, después llamado Puerto Villamizar; ya en el siglo XIX, después del terremoto que asoló la ciudad, cucuteños visionarios construyeron el Ferrocarril que iba hasta el puerto mencionado, por donde empezaron a sacar sus productos al mar: cacao, café, etc.; de vuelta, por obvias leyes de mercado, llegaron toda clase de mercancías que dieron fama al comercio local y sus almacenes de prosapias legendarias.

En aquellos tiempos para ir a Maracaibo, el viajero debía tomar el ferrocarril, que en un primer trayecto de unos cincuenta kilómetros lo conducía a Puerto Villamizar, donde podía hacer conexión con el ferrocarril del Táchira, que a su vez lo llevaba a Encontrados; allí barcos de vapor lo transportaban por  el río Catatumbo al Lago, y luego en embarcaciones de mayor calado a Maracaibo.

Entre varios testimonios que existen al respecto, hemos escogido  fragmentos de un diario de viaje de tres pamplonesas —tía y sobrinas adolescentes— al Caribe en 1890, dada su espontaneidad y viveza descriptiva:

Día 15…Tomamos enseguida el tren que debía conducirnos al puerto.Allí después de un magnífico  almuerzo a bordo del vapor América, descansamos y salimos a las tres de la tarde. Si el tranvía nos causó tan grata impresión, cómo sería la vista de un vapor!..

Día 16. Habiéndonos encontrado la madrugada de este día con el vapor anclado aguardando el Uribante que debía conducirnos a Maracaibo, aprovechamos la demora para dirigir un saludo a la Vega y Pamplona.

A las tres de la tarde fuimos sorprendidas por el espectáculo más imponente que suponerse puede. El Uribante con toda su majestad y belleza se dejó ver anunciando nuestra próxima salida…

Día 17… A las cinco de la mañana salió nuestro uribante con la velocidad acostumbrada y a las tres de la tarde fuimos sorprendidas por la vista de la inmensa laguna..Momentos antes de perder de vista la tierra, vimos varios caimanes a los que viajeros les hacían disparos…

…Al oír anunciar la entrada a la laguna, creímos ver aparecer el triple de la de cácota; pero ¡oh, sorpresa!…imposible dar una idea de la inmensidad de este lago. El cambio repentino de las aguas amarillas que traíamos, con las que nos esperaban verdes y cristalinas como las esmeraldas, fue otra impresión que nos sorprendió vivamente,

Día 18. A las cinco de la mañana anuncia el vapor con su campana la llegada a Maracaibo. (Del diario de viaje de Virginia, Carlota y Anita Hernádez a Nueva York, en 1890).

Hoy se puede ir a Maracaibo  en 24 minutos en avión, y por tierra en tres horas, que es la misma distancia que hay entre Valledupar y Barranquilla.

¿Qué es la región zuliana?

“Se denomina así el territorio que abarca el occidente venezolano y el oriente de Norte de Santander, que comparten la cuenca del Lago de Maracaibo, surcada por ríos navegables que históricamente han servido como rutas que conectan el interior de la región con el mar” (Jaime Pérez López,”Colombia y Venezuela”).

La expresión cucuteña “nostalgia de mar” alude a la frustración y al aire caribeño que caracteriza a la ciudad. En el período geológico secundario la región fue un mar dulce, que se redujo al Lago de Maracaibo. Al disolverse la Gran Colombia, los nuevos límites impuestos le cerraron a la región su vocación marítima. Tres intentos hizo Norte por vencer la gran muralla de la cordillera oriental y conectarse por el río Magdalena: carretera, tren y cable aéreo. Los tres fracasaron.

Quedó el aire diáfano, la transparencia de su luz constante y el argumento supremo de la poesía que disuelve límites impuestos por los poderes terrenales.

Un amigo que de niño leyó las aventuras del Corsario Negro, de Salgari, me contaba de su maravillosa sorpresa al descubrir que la novela sucedía en Maracaibo, ciudad de donde era una de sus abuelas, llegada a Cúcuta en el siglo XIX; en su casa, como en otras, era usual oír de Maracaibo, y de Curazao, nombres casi mitológicos que le resultaban tan familiares como si quedaran cerca, tal vez un poco más abajo, siguiendo el curso del Pamplonita; no se equivocaba; en un revés de su aventura novelesca, el Corsario se refugia en la selva cercana, que no podía ser otra que la del Catatumbo. (“¡Maracaibo, Maracaibo, has sido  cruel conmigo y yo lo seré para ti!”) Al chico de la historia se le hizo fácil, pues, ir al río todos los días, porfiado en que en cualquier momento vería entrar el navío del Corsario Negro, con su bandera pirata ondeando en lo más alto.

Parece garciamarquiano el cuento, sobre todo porque es contado por un adulto a través de los ojos del  niño que fue —los niños son los únicos seres capaces de vivir con naturalidad mundos fantásticos—, como sucede con el narrador de Cien años de soledad; la mención de la gran novelacaribeña, aparecida en 1967, nos lleva al tema propuesto: el Caribe: mar literario.

Descrito como mar abierto, el Caribe aparece, sin embargo, rodeado de las costas continentales y de islas e islotes que lo acotan como un escenario de agua azul, en donde ha ocurrido toda la historia. Abarca desde el sur de la Florida,el Golfo de México, América Central, las islas mayores, y desde la desembocadura del Orinoco —donde Daniel Defoe ubicó la isla de su Robinson Crusoe— hasta el Darién, en tierra colombiana.

No escasearon en épocas pasadas opiniones adversas, desmedidas, contra la costa caribe, pronunciadas por intelectuales y políticos del altiplano, que  consideraban a gentes de la región  como  casi bárbaras, sin capacidad de creación y nula capacidad intelectual; es parte de la tradicional mirada desdeñosa que desde su atalaya capitalina, ciertas élites suelen otorgar a la provincia colombiana. ¿Qué podían decir hoy de una región que ostenta siete premios Nobel de Literatura? William Faulkner, el gran novelista del Sur, Octavio Paz, de México, país en gran medida caribeño; Miguel Ángel Asturias, de Guatemala, Saint John Perse, gran poeta francés nacido en Guadalupe; Derek Walcot, Homero del Caribe, poeta de lengua inglesa, nacid en Santa Lucía;V.S. Naipul, nacido en  Trinidad; y Gabriel García Márquez, nuestro Nobel, en 1983.

García Márquez dijo una vez que solo había escrito sobre una pequeña región del Caribe colombiano. Gerald Martin, en su estupenda biografía del Nobel, define el área: “La verdadera región en torno al pueblo literario de Macondo es la zona norte del antiguo departamento del Magdalena, que va de Santa Marta a la Guajira, por Aracataca y Valledupar”.

Pequeña región del mundo que inspiró Cien años de soledad, cuya magia primordial no solo reside en sus maravillosas historias, sino en la invención de un lenguaje, único e imprescindible; desde el umbral de dos mundos fantásticos, los Andes y nuestro Caribe de la olvidada región Zuliana, celebramos con alegría los 50 años de la  aparición de la gran novela caribeña y universal.

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