Opinión

Confieso que he pecado

El monseñor Luis Augusto Castro que conocí, el hombre comprometido con su tiempo, con los campesinos de la Amazonia y Boyacá, un luchador incansable por la paz

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agosto 11, 2022
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Sí, confieso que he pecado. Mis relaciones con la Iglesia católica no han sido del todo santas. Tres obispos del Caquetá influyeron mucho en mi formación intelectual, moral y política (Ángel Cuniberti, José Luis Serna y Luis Augusto Castro), pero cuando confirmé el homosexualismo de un cura, que luego murió en África, comencé a dudar de todo, por fortuna.

En 2004 el arzobispo de Bogotá, monseñor Pedro Rubiano, me invitó a darles una conferencia sobre “globalización” a los obispos del país reunidos en la Conferencia Episcopal. Al final de las casi tres horas, monseñor Castro me abrazó sonriendo y me dijo: no sé si los obispos entendieron eso de que las nuevas tecnologías de sistemas y de información, los nuevos materiales, el espacio fragmentado -no euclidiano-, las economías de conocimiento, todo eso ha cambiado la forma como las empresas compiten y se localizan como empresas red y de flujos a escala planetaria, todos esos cuentos suyos, pero de lo que sí estoy seguro es de que ahora los obispos conocen más del Caquetá que cuando entramos a la conferencia.

Y monseñor Castro tenía razón. Para explicar el contraste entre la época de antes de la globalización y la de ahora, yo les conté cómo fue mi vida de niño en Florencia, Caquetá, en contraste con la de mi hija en Bogotá en 2004. Nuestro mundo -mi mundo-, tenía límites infranqueables en la cordillera Oriental de los Andes y en “los ríos abajo”, donde iba el frente de colonización. Solo se hablaba español y cuando los curas de la comunidad Consolata (italianos) tenían secretos, hablaban en italiano, o en latín espectral en las misas que nadie entendía. Solo existía la religión católica y las demás “eran” herejías o chamanismos que merecían ser combatidos. Las emisoras se sintonizaban solo en la noche, en especial Radio Sutatenza. Había energía eléctrica en los pueblos más grandes por 3 o 4 horas, nunca TV. Todos éramos indios, negros y mestizos, excepto los pocos curas y los investigadores gringos que pasaban para el corazón de la Amazonia, como Richard Evans Schultes. Todos nos parecíamos a todos, porque nuestros padres eran desplazados de La Violencia que no quería volver a ella. Sobra decir que había pocas escuelas y solo un colegio de bachillerato completo, La Salle, pero nada de universidad.

En contraste, cuando en 2004 yo llegaba a mi casa, encontraba a mi hija, de 13 años, hablando en inglés y francés y castellano a la vez, con sus amigas del mundo, mediante dos pantallas de computador en red, un celular y el teléfono portátil, cotorreando sobre los muchachos candidatos a novios y las músicas y las tareas, que eran tomadas de los mismos libros en Europa, EEUU o en el Colegio Alcaparros. Unas amigas eran de padres judíos, otras, católicos, protestantes o musulmanes o ateos, no importa, pero las marcas de los tenis de todas eran Converse, y los blue jeans rasgados a la moda… Consumían y leían lo mismo, como manda el marketing de la globalización.

El problema, les dije a sus eminencias, es que los talibanes se oponen a las nuevas tecnologías como forma de mantener sus identidades, sus teocracias, su poder sobre las mujeres… como forma de resistir a la globalización. El punto es: ¿la Iglesia católica, ¿qué tanto se está adaptando a la globalización neoliberal y qué tanto a la resistencia talibán? ¿Labrará un camino propio? No me volvió a invitar monseñor Rubiano en su reinado.

A principios de 998 llamé a monseñor Castro a San Vicente del Caguán para contarle que íbamos a hacer la campaña a la presidencia de la República por el movimiento independiente “Amazonia viva es Colombia viva” y que yo sería el candidato. Me invitó a que comenzara allá, que durmiera en la parroquia y que tenía abiertos los micrófonos de su emisora de la Iglesia. Era progresista el obispo Castro y un enorme conocedor y defensor de la Amazonia.

También fue Luis Augusto Castro el primer rector de la Universidad de la Amazonia (1973-74), denominada entonces Itusco. Tuvo mucha amplitud de miras y de acogida a profesores de diversas tendencias ideológicas. Era ante todo un intelectual y un hombre culto.

Con el tiempo, luego de servir a la Iglesia católica en Roma y en África, Luis Augusto Castro regresó al Caquetá durante 13 años. Se involucró entonces en proyectos productivos que hicieran digna la vida de los campesinos y sostenible el uso de la selva amazónica. Creó Cifisam, el Centro de Investigación, Formación e Información para el Servicio Amazónico y su proyecto de granja campesina amazónica. Pero fuero tiempos de escalada de la guerra y se comprometió a fondo con la paz, en la liberación de secuestrados particulares, soldados y policías, arriesgando su vida y su prestigio.  Como era de esperarse tuvo encuentros duros con los guerrilleros de las Farc y con los militares

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Monseñor Castro fue clave para acercar a las partes en las tensas negociaciones de paz en La Habana

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Finalmente, ganada la confianza de las partes, ya como arzobispo de Tunja y como presidente de la Conferencia Episcopal, monseñor Castro fue clave para acercar a las partes en las tensas negociaciones de paz en La Habana. En septiembre de 2014, cuando todo parecía empantanado en las negociaciones, monseñor Castro contó a la prensa que en reunió especial en La Habana con Iván Márquez éste le expresó que la paz era ya un proceso irreversible. “Me autoriza para contar esto en Colombia? Sí, puede contarlo, monseñor”. Allí estalló la paz.

Dejó un extenso legado el arzobispo Castro. Fue un ministro insigne de la Iglesia católica pero también un hombre comprometido con su tiempo, con los campesinos de la Amazonia y de Boyacá, con la creación de conocimiento, con la difusión del mismo mediante la prédica y mediante las emisoras que creó, pero sobre todo, Colombia lo conoció como un luchador incansable por la paz.

Por esto último, porque fue un constructor de paz, no entiendo cómo dejó que la Iglesia católica se declarara “neutral” frente al plebiscito sobre el Acuerdo de Paz en 2016. Creo que perdió internamente entre los obispos. Perdió él y perdimos todos. Solo ahora, con el triunfo de Gustavo Petro y Francia Márquez, volvimos a ganar todos, luego de 6 años de ignominia y de frustración. Nos encontraremos siempre, querido arzobispo, Luis Augusto Castro. Nos encontraremos con Ángel Cuniberti y con Álvaro Serna, otros dos campeones de la paz.

 

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