Aylan y el falso mito de la bondad suprema

La imagen del pequeño está cargada de un simbolismo que no solo define lo peor de esta crisis, sino también lo peor del ser humano.

Por: Carlos Humberto Quintana
septiembre 07, 2015
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Aylan y el falso mito de la bondad suprema
Foto: subida por autor

Los grandes episodios de infamia de los últimos tiempos se han definido de manera impactante a través de fotos e imágenes capaces de capturar en una fracción de segundo los principales elementos que definen el marco trágico en el cual ocurren dichos acontecimientos. El efecto es todavía más devastante para la retina, y sobre todo para el corazón y el alma, cuando conectamos dichas imágenes con nuestro propio fuero interno. Como padre de un niño de tres años, la imagen que le ha dado la vuelta al mundo del cuerpo sin vida del niño sirio Aylan Kurdi frente a las costas turcas me ha llenado el corazón de una amargura indescriptible. Bien sabemos que no es la primera víctima infantil de esta nefasta crisis migratoria en Europa. Sin embargo, la imagen del pequeño Aylan está cargada de un simbolismo que no solo define lo peor de esta crisis, sino también lo peor del ser humano.

¿Existe algo más frágil e indefenso que un niño? El cuerpo de Aylan con su carita en la arena, sus piernas recogidas y las palmas de sus manos hacia arriba se reviste de una inmensa fragilidad de frente a la grandeza de ese mismo mar que no tuvo compasión en quitarle la vida. La desgarradora imagen de Aylan es, ni más ni menos, la culminación de una negligencia política sin precedentes que ha convertido al Mediterráneo en un cementerio definido por la frialdad de líderes y burocracias que no parecen hijas de esa Europa fundada sobre el horror de la guerra.

La foto del pequeño Aylan nos muestra de manera dramática la cara de la desesperación de miles de padres que están dispuestos a arriesgar todo con tal de brindar a sus hijos un futuro mejor. ¿No lo haríamos también nosotros si viviéramos bajo bombardeos constantes o con el temor de terminar regalando nuestro destino a fanáticos capaces de cometer las peores atrocidades? A pesar de ello, son muchas las personas que en Europa, y en buena parte del mundo desarrollado, evitan ver dicha desesperación optando por ver al inmigrante como una amenaza social y religiosa, un potencial terrorista, un criminal, una carga para el sistema social o un ladrón de trabajos.

Por esta razón, la foto de Aylan, solo de frente al inmenso mar, aparece como un símbolo contundente de la soledad que le ha regalado Europa a todos aquellos que tratan de escapar de un destino señalado por la desgracia y la tragedia. Una soledad que se acentúa con un nuevo auge de la derecha radical y los partidos xenófobos a lo largo del Viejo Continente. ¿Será que de frente a la foto de Aylan estos intolerantes sienten algún tipo de remordimiento? Les digo la verdad, no creo que este sea el caso. Y les digo otra cosa mucho más concreta, gran parte de estos intolerantes son una manada de hipócritas que no pierden ocasión para ir a rezar en sus iglesias de la misma forma en que no pierden ocasión para ir a las urnas y exprimir todo el odio contra ese prójimo que en teoría deberían amar apoyando una xenofobia que en los últimos años no ha dejado de crecer a lo largo del continente.

A pesar de todo lo anterior, la foto de Aylan contiene, irónicamente, una gran dosis de amor. Tal y como lo decía algún tweet, antes del fatídico viaje por el mar, alguien vistió al niño con amor, le puso su ropita y sus zapatos. Era como si lo hubieran vestido para un viaje importante al cual el niño se había entregado con toda la confianza que le inspiraban los seres que lo amaban. Si bien la imagen es desgarradora, la figura del niño frente al mar refleja el amor y el decoro del propio Aylan y de quienes intentaron buscar lo mejor para él y su hermanito de cinco años quien también falleció en la tragedia. ¿No es precisamente este amor y este decoro el que todos nosotros tratamos de dar a nuestros hijos?

Después de irme a dormir con el tormento y la amargura que me había producido esa imagen, me desperté a la mañana siguiente buscando con afán la cara de mi hijo quien me saludó con una hermosa sonrisa que removió de mi corazón algo de la amargura que me había producido la desgarradora foto. La sonrisa de mi pequeño me llenó el alma de una gratitud amarga que en ese instante acepté con humildad y con la certeza de que la misma es solo un regalo circunstancial ajeno a manipulaciones sobrenaturales en las cuales no creo desde hace mucho tiempo y en las cuales nunca volveré a creer después de ver en la imagen del pequeño Aylan lo peor de nuestra humanidad y la negación absoluta de cualquier tipo de bondad suprema.

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