¡¡Antiduquista, Antiuribista, No Terrorista!!
Opinión

¡¡Antiduquista, Antiuribista, No Terrorista!!

Motiva la validez de la desobediencia civil, ser objetor de conciencia de seudodemocracias, opositor a cualquier gobierno ramplón, inepto, más allá de su ideología

Por:
julio 01, 2021
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Creo, como la mayoría de colombianos, que el gobierno actual ha resultado fallido y con la peor calificación desde el régimen canalla de Laureano Gómez; que Duque siempre hubiese sido mejor actuando de duque que de presidente y que lo que lucía muy mal en su gesto durante la campaña electoral, ha empeorado “con todo éxito” en el aprendizaje desbarajustado de esta administración.

Aún así, cae bien no perder de la memoria que desde muchas décadas atrás, mucho antes de que Duque apareciera en la nómina oficial, Colombia era ya una fabrica de producir pobres, una empresa de engorde de corruptos, de politiqueros recochinos, una estructura vulgar de la desigualdad gerenciada por la misma burguesía neoarribista que no está dispuesta a cambiar ninguno de sus planes, aunque estos impliquen aplastar contradictores. Antecediendo al vendaval que recibió a Duque el día de la posesión como presagio de tiempos marchitos, este era ya un país violento: violento bipartidista, matón narcotraficante, arrebatado de guerrillas y paramilitares que entendieron desde sus orígenes, y se mantienen convencidos, de que la guerra es apenas una forma más de hacer política.

No por escribir esto soy de los que conjeturan que aquí se halla el peor país del mundo y que solo en estas fronteras ocurren desastres humanos de dimensiones; para ser sincero, supongo que nos caracteriza ser quejosos y poco actuantes, más espectadores que protagonistas.

Tampoco me reconozco comunista, ni terrorista, ni “castrochavista”, ni chavocastrista, ni conspirador, ni vándalo, no al menos aún; quisiera ser algo de ello dialécticamente pero para eso falta tono, así que más bien me sigue motivando imaginar la validez de la desobediencia civil, ser objetor de conciencia ante las seudodemocracias, estar en abierta oposición a cualquier gobierno ramplón, inepto, mentiroso, totalitario o ladrón, más allá de su ideología o de su poca ideología.

Apostando a decir que de la misma forma como le ocurre a la mayoría de gente que habita este país, percibo nauseabunda y desoladora la teología doctrinaria de Álvaro Uribe con la impunidad coronándolo; como aborrecible la  risita socarrona de Timochenko y otros  ex- FARC en el Congreso, unos parlamentarios panzones idénticos a los demás, sin ninguna propuesta verosímil para ofrecerle otra aura al Estado contra el que dijeron darse bala por décadas, tan solo pasajeros colmados de lamentaciones parecen, nuevos cenicientos de la vida parlamentaria consagrados a afirmar que todo el mundo conspira contra ellos y a devolver muy poco a un país que, aunque dividido,  se aventuró a oírlos desde la democracia.

De verdad, ser antiuribista o antifacista, sentir vergüenza ante el paramilitariosmo, ante el abuso de autoridad de cualquier autoridad, o aspirar simplemente a una sociedad que no tolere ver a unos morir de hambre y ver a otros matar de hambre, no equivale a ser comunista, ni a representar el veneno contra la santidad o la tradición goda que aquellos defienden.

Opino, por si hay duda, que Nicolás Maduro es un criminal, nada más que un hampón desangrando a una sociedad atemorizada, una afrenta para cualquier ideología, un lacayo de todo aquel que le ofrezca un pedazo de carne más para tragar. Del mismo modo, es innegable que en Nicaragua Daniel Ortega se tornó en incapaz mental, un déspota arrasador de cualquier vestigio de la revolución fascinante del año 79 cuando toda una nación (ricos, pobres, curas, empresarios, estudiantes, medios de comunicación), se alzó contra Somoza, otro tirano putrefacto.

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Por qué cuestionar desde un escrito, una marcha, un medio de comunicación o una cátedra la legitimidad o la eficacia de un gobierno (del actual o de cualquiera), se toma  todavía como invitación a matarse a cuchillo

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 Volviendo al inicio, aunque no deja uno de esperar que corrija la ruta en lo que le queda, este gobierno ha resultado ineficaz en variedad de aspectos que públicamente se ventilan; en este período se ha incrementado el mal síntoma de una sociedad profundamente desigual y pobre, al tiempo que la mala garra de su partido político a la cabeza de Uribe ha propulsado desesperanza y oscura confrontación. Pero cuestionarlo o decirlo no sitúa a quien lo haga en el nivel de conspirador, de terrorista, ni de alguien que prepara el terreno una extensión del siniestro régimen venezolano.

Por qué carajos, se pregunta uno, el debate político en Colombia sigue fluctuando entre “sangre y sancocho de gallina”; por qué cuestionar desde un escrito, una marcha, un medio de comunicación o una cátedra la legitimidad o la eficacia de un gobierno (del actual o de cualquiera), se toma aquí todavía como invitación a matarse a cuchillo.

De los extremos políticos muy poco hay para rescatar. El país atraviesa un período particular de penuria, pero no está sumido en el peor socavón de su historia, aunque esto último sea lo que los representantes de los extremos quieren hacernos creer para persuadirnos de que ellos son la única opción.

 

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