Las lecciones escondidas en las teclas de una vieja máquina de escribir

Una máquina de escribir en un restaurante activa una reflexión sobre memoria, disciplina y ética de la palabra en tiempos de inmediatez digital

Por: Julieth Mayerly Abril Hernández
enero 13, 2026
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Las lecciones escondidas en las teclas de una vieja máquina de escribir

Hoy con mi familia ingresamos a un restaurante sin una expectativa distinta a sentarnos a comer; pero antes de hacerlo algo capturó mi atención y me detuvo en seco: una vieja máquina de escribir. No estaba allí como una pieza decorativa cualquiera, sino como un objeto cargado de memoria, de esos que no se miran, se reconocen. Bastó verla para que se activara en mí algo profundo y automático: el recuerdo.

Era una máquina como las de antes, tipográfica, pesada, con teclas firmes que exigían intención. No pude evitar recordar mis clases de mecanografía en el colegio Sagrados Corazones de Mosquera. Durante cuatro años, religiosamente, aprendí a escribir sin mirar el teclado, a confiar en la memoria muscular, a respetar los márgenes y a entender que escribir no era solo poner letras, sino seguir un orden, una técnica, una disciplina; esa misma que imprimía mi profesora cuando, con esfero rojo, me encerraba los errores que sí podían corregirse, pero solo a fuerza de hacer de nuevo la plancha.

La gran novedad llegó en noveno curso: la máquina eléctrica. Para nosotras, aquello era casi ciencia ficción. Tenía una pequeña pantalla incorporada que permitía revisar, renglón por renglón, los errores antes de que quedaran impresos para siempre. Era el inicio de una concesión mínima al error, una oportunidad de corregir antes del golpe final de la tecla. Aun así, la responsabilidad seguía intacta: cada palabra contaba.

Al ver la máquina en el restaurante, no pude evitar sentarme mentalmente frente a ella. Les expliqué a mis hijos cómo funcionaba, cómo la cinta podía ser negra, roja o blanca. Les conté, con cierto orgullo, que esta era una máquina “muy pro”, porque incluso permitía devolverse y borrar errores. Entonces mi hijo de cinco años, con una lógica tan aplastante como adorable, me respondió que era más “pro” un iPad.

No pude hacer otra cosa que sonreír. Porque tenía razón. Y al mismo tiempo, no.

Esa escena, tan cotidiana y tan reveladora, me dejó una sensación de nostalgia, pero también una certeza profunda: nada de lo que uno aprende en la vida es inútil. La mecanografía me enseñó mucho más que a escribir rápido. Me enseñó paciencia, precisión, respeto por el proceso y conciencia del error. Recuerdo incluso las planchas de mecanografía que me ayudaban a hacer, siempre bajo una condición innegociable: usar cada dedo en la posición correcta. No había atajos. Había método.

Vivimos en la era de la inmediatez, del borrar ilimitado, del autocorrector que piensa por nosotros. Y, sin embargo, sigo creyendo que esas lecciones antiguas siguen vigentes. Porque escribir, como vivir, no se trata solo de avanzar rápido, sino de saber cuándo detenerse, revisar y corregir.

Las máquinas de escribir no tenían tecla de “deshacer”. Tal vez por eso enseñaban algo que hoy nos hace falta: pensar antes de marcar, antes de herir. Y quizás ahí radica su verdadero valor vintage. No en la nostalgia del objeto, sino en la ética silenciosa que imprimían, tecla a tecla, en quienes aprendimos a escucharlas.

Porque la historia no se escribe sola: se construye con cada palabra, cada decisión y cada silencio, y todos, sin excepción, somos responsables de las teclas que oprimimos  y con las que la marcamos.

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