El éxito del operativo militar relámpago que en menos de una hora consiguió secuestrar al presidente Nicolás Maduro y a su esposa Cilia Flores y llevarlos a una cárcel de Manhattan se le subió tanto a la cabeza a Donald Trump que literalmente empezó a delirar. Desde entonces y hasta la fecha no ha cesado de hacer declaraciones triunfantes que dan por derrocado el “régimen de Maduro” e instaladas en Caracas unas autoridades que, como cualquier obediente marine, responden ¡Yes, Sir, Yes!, a cada una de sus órdenes. Según él, Venezuela está en manos de su Ejército, ya acordó entregarle 50 millones de barriles de petróleo, romper los acuerdos comerciales con China y los militares con Rusia y aceptar complacida el plan sobre su futuro que Narco Rubio, su secretario de Estado, presentó al Congreso estadounidense la semana pasada. Que prevé tres fases o etapas: 1/ Estabilización económica.2/ Recuperación con énfasis en la reconciliación nacional y 3/ La normalización definitiva y la convocatoria de elecciones.
Un plan deslumbrante desde luego, cuyo único defecto es que no ha sido aprobado por el gobierno legítimo de Venezuela, encabezado por la presidenta encargada Delcy Rodríguez. Ella, en contra de lo que sueña Trump, ha denunciado como una “agresión militar injustificada” el sangriento ataque de los Seals que permitió lo que ella misma ha calificado de “secuestro” del presidente Nicolás Maduro y su esposa, y afirmado además que en Venezuela manda ella y no ningún poder extranjero. Por lo que pienso que lo que realmente está pasando es que Trump, ante el rotundo fracaso de su plan de convertir a Juan Guaidó en “presidente interino” de Venezuela, ha decidido convertirse él mismo en un Juan Guaido 2.0. Que da órdenes a diestra y siniestra, como el patriarca en su otoño de la novela de García Márquez, sin que en realidad nadie en Venezuela le haga caso. “Son cosas de la edad”, podría añadir, para dar satisfacción a la innumerable legión de periodistas y comentaristas políticos de todo el mundo que creen que la psicología de los líderes lo explica todo.
Trump, ante el rotundo fracaso de convertir a Juan Guaidó en “presidente interino” de Venezuela, ha decidido convertirse él mismo en un Juan Guaido 2.0.
Ciertamente Trump no se limita a delirar. De tanto en tanto intercala en sus trinos en Truth Social, amenaza a Delcy Rodríguez de someterla a un castigo aún peor que el infringido al presidente Maduro, si no hace lo que él está ordenando que haga. Y también es cierto que estas amenazas asustan a los asustadizos y a todos los que aún creen en la omnipotencia de Estados Unidos. A pesar de que, al cabo de 2 años largos de conflicto, ni sus armas ni su aliado, el Ejército israelí, han podido derrotar definitivamente la resistencia palestina en Gaza. Que tiene un tamaño menor que el de Bogotá y menos de la cuarta parte de su población. A pesar de que los misiles de los yemeníes hayan obligado a la flota encabezada por el todo poderoso portaaviones Gerald Ford a abandonar el mar Rojo y venirse al Caribe a bombardear lanchas de pescadores inermes. El Imperio todavía es capaz de hacer mucho daño y obtener victorias tácticas, pasajeras, pero cada día es menos capaz de obtener victorias de importancia realmente estratégica. Tiene demasiados frentes abiertos, tanto fuera como dentro de su país, y encima está tan endeudado que un nuevo endeudamiento a gran escala equivale para él al suicidio. Ningún imperio del que se tenga noticia ha sobrevivido mucho al exceso de deuda y a la devaluación de su moneda.
Venezuela es una prueba adicional de que el Imperio ha tocado los límites de su poder, por mucho que el vociferante Trump insista en negarlo. Es el problema de creer lo que dice la propia propaganda. Empecemos por analizar la posibilidad de cumplir sus amenazas de muerte al gobierno de Venezuela y preguntemos qué posibilidad tiene hoy de cumplirlas. Empiezo por señalar que Lanza del sur, la campaña de militar de acoso y derribo de Venezuela - iniciada en septiembre y culminada el 3 de enero con Determinación Absoluta, la operación que permitió el secuestro de Nicolas Maduro y su esposa -es, técnicamente, una contraofensiva. El intento de revertir el resultado de pasadas derrotas. En este caso infringidas por el gobierno bolivariano de Venezuela a los sucesivos ataques económicos, políticos y militares realizados por Washington, y especialmente por Donald Trump, que fue quien los inició durante su primer gobierno (2017-2021). Él fue quién impuso las 291 sanciones que, impidiendo entre otras cosas, la exportación del petróleo venezolano, precipitaron la aguda crisis económica y social que llevó al país hermano al borde del colapso. Con ese avasallador paquete de lo que la ONU califica justamente de “medidas coercitivas unilaterales”, Trump quiso triunfar allí donde el presidente George W. Bush había fracasado, propiciando el fallido golpe de Estado al presidente Hugo Chavez de 2002. A las sanciones y el bloqueo se añadió el cerco político y mediático, la inverosímil “presidencia interina” de Juan Guaido, la siembra de terror por los paramilitares en las calles de las ciudades venezolanas, el intento de asesinato con drones del presidente Nicolas Maduro, el desembarco de mercenarios estadounidenses con la misión de asesinarle etcétera, etcétera.
Todas estas ofensivas fracasaron una tras otra. En parte por el apoyo de las mayorías populares a la revolución bolivariana y en otra porque el gobierno venezolano estableció relaciones de cooperación y mutuo beneficio con los gobiernos de China, Rusia, Turquía e Irán, que le permitieron eludir en buena medida los resultados negativos de las sanciones. El reinicio de actividades de la industria petrolera y la venta de petróleo y la compra de gasolina necesaria para su refinación, realizadas en yuanes y en otras monedas distintas del dólar. Así como convertir el castigo en premio. Realizar por fin la vieja consigna de convertir una economía petro-adicta en una economía más compleja y diversificada “sembrando petróleo”. Hoy Venezuela, que antes compraba a Colombia la mayor parte de sus alimentos y productos agropecuarios, ahora los produce. El 90% de los productos de estos rangos que actualmente consumen los venezolanos son de producción nacional. Y la industria manufacturera comenzó a despegar. Según datos de la CEPAL la tasa de crecimiento de Venezuela en 2025 fue la más alta de América Latina.
Trump no podía permitir que la revolución bolivariana le derrotara de esa manera. Y decidió actuar de la única manera en que sabe hacerlo: empleando la fuerza militar, sin dejarse sujetar por la Carta de las Naciones Unidas, el derecho nacional e internacional y ni siquiera por el derecho del mar que prohíbe el asalto a buques mercantes en aguas internacionales e impone el rescate de los náufragos y prohíbe su ametrallamiento. Cierto, la Operación Determinación Absoluta consiguió su objetivo de capturar al presidente Maduro y a su esposa. Una victoria puramente táctica, que no ha conseguido su objetivo estratégico: el derrocamiento del “régimen chavista”. Por el contrario: el gobierno de Venezuela sigue en pie y dispuesto a resistir la guerra abierta que tan injustamente Trump le ha declarado. Por lo que Trump, si todavía quiere someter por la fuerza al país hermano, solo le quedan dos opciones.
Le quedan dos opciones. La primera reeditar la operación que le permitió secuestrar a Maduro y su esposa, ampliando sus objetivos para secuestrar por lo menos a la presidenta encargada Delcy Rodríguez, al comandante de las fuerzas armadas, el general Vladimir Padrino López, el ministro del interior y líder del Partido socialista unificado, Diosdado Cabello y a Jorge Rodríguez, el presidente de la Asamblea Nacional. Sólo si esto ocurriera podría hablarse de una “decapitación del régimen”. Pero tantos objetivos complican extraordinariamente la repetición con éxito de la operación de “extracción” y multiplican por lo contrario la posibilidad de su fracaso.
A estas evidentes dificultades hay que sumar el serio obstáculo político que representa la aprobación la semana pasada por el Senado de Estados Unidos de una ley que prohíbe al presidente Donald Trump emprender una nueva acción militar contra Venezuela sin la aprobación previa de la misma por el Congreso. Esta ley dificulta así mismo la continuidad de la campaña de asalto y secuestro de los buques petroleros que entran y salen de Venezuela. Ya se han incautado cuatro y robado su carga, pero, según informaciones difundidas ayer, al petrolero Marinera, que navegaba con bandera rusa, y que había sido incautado en el Atlántico norte, se le permitió llegar a Venezuela.
Como Trump es Trump no puede descartarse que también se salte esta ley y mantenga el bloqueo naval con el fin de estrangular de nuevo a la industria petrolera venezolana y dañar su economía. Como es igualmente posible que el pueblo venezolano, más organizado y consciente y mejor armado de lo que ya lo estaba cuando en 2017 Trump casi destruye al país, logre derrotar de nuevo las consecuencias adversas de dicho bloqueo inhumano.
Dada estas perspectivas no puede descartarse que el mantenimiento sine die del bloqueo naval termine siendo un nuevo fracaso y de tal magnitud que ponga fin a su presidencia. Por lo que Trump tendría que pensar que la mejor manera de avanzar en sus planes es reconocer al gobierno encabezado por Delcy Rodríguez e iniciar negociaciones serias con ella. Si lo hace no solo tomaría en cuenta cuan arriesgado es continuar por la vía de la agresión militar. También las opiniones vertidas por los ejecutivos de las grandes empresas petroleras estadounidenses y de otros 3 países, que se reunieron con el pasado viernes 9 de enero. El propósito declarado era pedir que ellas inviertan en Venezuela más de 190.000 millones de dólares en los próximos diez años en la modernización de unas infraestructuras petroleras, deterioradas por tantos años de bloqueo. La respuesta de los empresarios fue escéptica, por decir lo menos. El directivo de ExxonMobil, recordó que sus activos habían sido expropiados en Venezuela en 2012 y explicó que su empresa no volvería invertir hasta que se le ofrecieran garantías políticas y legales suficientemente creíbles de que esto no volvería a suceder. Ray Lance, de ConocoPhillips, dijo que es necesario reestructurar la deuda soberana venezolana para poder financiar las inversiones pedidas por Trump. En blanco y negro, anular la deuda contraída por Venezuela con China y Rusia para que el país pueda endeudarse de nuevo con las multinacionales estadounidenses. Y el representante de Halliburton apuntó directamente a la yugular del presidente Trump: “Nosotros estábamos en Venezuela extrayendo y vendiendo petróleo hasta que no pudimos hacerlo más, por causa de las sanciones que impusiste”.
Sanciones que no han afectado negativamente a la empresa Repsol de España, que está produciendo y comercializando en Venezuela una cantidad de gas equivalente a 45.000 barriles diarios de petróleo al día. Como tampoco a Chevron, que gracias a una negociación de Biden con Maduro obtuvo permiso para saltarse las sanciones, reanudar actividades en asociación con PDVSA y exportar 200.000 barriles diarios de petróleo a las refinerías de Texas.
En resumen. Es mucho más realista y razonable la propuesta que hizo Venezuela de que se levanten al completo las sanciones y se permita que de nuevo las multinacionales estadounidenses inviertan en el sector energético, eso sí, en condiciones que garanticen a ambas partes el mutuo beneficio. Sin que el trato suponga la ruptura de los acuerdos comerciales ya firmados con China, Irán o Rusia. Es una buena base para iniciar una negociación.
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