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El triunfo de Lula fue una bala de oxígeno para la democracia brasilera que estuvo a punto de ingresar a cuidados intensivos, en trance de asfixia, como otras en la región. Durante su proceso electoral se demostró la grotesca interferencia de los dueños de las redes digitales buscando frenar a Lula y beneficiar a Bolsonaro. Tan evidente fue la injerencia, que la justicia y la ciudadanía reaccionaron.
Los seguidores del presidente-sindicalista se movilizaron por las mismas redes contrarrestando con gran talento los algoritmos con los que quisieron limitar al potencial electoral del presidente. La rebelión surgió cuando le suspendieron a Lula la publicidad en Instagram durante 48 horas y descubrieron que pagaban un 40% más de lo que le cobraban a Flavio por sus anuncios; confirmaron que sus mensajes no llegaban a millones potenciales votantes mientras que los de Flavio sí; que su perfil con 17% menos seguidores que el de Lula tenía tres veces más interacciones por publicación; que influencers como el ultraconservador Nikolas Ferreira superaba en visitas a Beyoncé, Ronaldo y Messi, a pesar de tener 15 veces menos seguidores; que en las búsquedas de Lula en WhatsApp el sistema recomendaba el canal de Flávio, y, que su perfil aparecía como sugerencia automática en Instagram. Lula no aparecía ni cuando se tecleaba su nombre. Si le pedían a IA un afiche de Lula, la respuesta era que no se podía hacer.
El triunfo de Lula le debe una parte a la reacción de su campaña y de la ciudadana ante la injerencia extranjera. Combinaron acciones jurídicas con activación de las mismas redes. El mecanismo que usó la resistencia tuvo varios componentes. El más interesante fue hacer que millones de cuentas reales publicaran el mismo contenido a la misma hora para generar volumen orgánico. Así consiguieron posicionar sus temas de manera orgánica en los trending topics de las plataformas y alteraron el comportamiento de los algoritmos.
Cuando las protestas por los atropellos se viralizaron, la respuesta de Meta fue necesaria. El Tribunal Superior Electoral los conminó a demostrar que sus algoritmos y su IA daban un trato igual a los dos candidatos. Meta se excusó diciendo que se trataba de “errores técnicos”. Pero sus mismos funcionarios filtraron a los medios mensajes internos confirmado que la manipulación era intencional.
Trump y sus aliados, Musk y Zuckerberg, en el esfuerzo por recolonizar América Latina sufrieron un revés. Decidir qué circula o no por las redes, esconder o dificultar el acceso a la voz de sus opositores está dejando de funcionar. No es que las redes pusieran los presidentes, pero si logran movilizar un apoyo adicional que facilita el triunfo de sus candidatos. Este giro le da impulso a la regulación que se debe imponer para las redes y a la democratización de su propiedad.
Hay suficientes estudios y sentencias de cortes en distintos países que confirman como el diseño actual del servicio les hace daño a las sociedades. Deterioran la convivencia, polarizan y evitan que los temas de interés público se debatan en la esfera colectivo con argumentos. Estimulan y privilegian las reacciones emocionales que dejan en segundo plano el uso de la razón. Contribuyen al descontento, al caos y a generar rabia.
Las pruebas Pisa confirman el deterioro de la capacidad de comprensión, abstracción y de lógica entre los jóvenes que son quienes más consumen contenidos en las redes. El diseño de los algoritmos busca mantenerlos amarrados a las pantallas para subir facturación publicitaria. Poco a poco la gente pierde la costumbre de concentrarse, de leer y de interpretar textos más elaborados de lo que permiten 80 caracteres, o lo que se deriva de ver imágenes en movimiento de 15 o 30 segundos, una tras otra, de manera compulsiva. Detenerse a profundizar en un contenido es de mal gusto, va en contra de la cultura que siembran Zuckerberg y Musk. Estamos ante el riesgo de entrar a una nueva versión de oscurantismo si no se corrija este fenómeno.
En Brasil, la manipulación de algoritmos empezó a perder terreno. Todo mal encuentra su vacuna. Los superbillonarios que creían aportar al triunfo del candidato de Trump, ayudaron al aterrizaje de Bolsonaro en Miami y no en Brasilia. El triunfo de Lula dejó claro que Musk y Zuckerberg son agentes contaminantes del virus que carcome las democracias occidentales. Sin instituciones que los fiscalice actúan con impunidad para impedir que la tecnología digital se ponga al servicio de la humanidad. La tarea que sigue es reglamentar el uso de las redes y democratizar su propiedad para ponerlas al servicio de la humanidad.
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