Antonio Navarro Wolff llevaba seis meses de regreso en el Senado cuando murió su hijo. Había salido en 2014 del Polo Democrático, el partido que ayudó a levantar, y hablaba ya desde la Alianza Verde. En esas semanas de enero de 2015 hacía algo poco común en un congresista: manejaba un taxi por Bogotá para recoger fondos para la Fundación Cardioinfantil. El país político, mientras tanto, giraba alrededor de las negociaciones con las FARC en La Habana, un asunto que a él le pertenecía de manera personal. Había sido comandante del M-19, sobrevivió a un atentado en Cali, reemplazó a Carlos Pizarro como candidato presidencial tras su asesinato en 1990, quedó tercero con el 12,7 por ciento de los votos y presidió después la Asamblea Constituyente de 1991.
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El miércoles 28 de enero, hacia la una de la tarde, Gabriel Navarro Bustamante murió en un apartamento del norte de Bogotá, donde vivía con su madre, Marcela. Tenía 19 años. La Policía llegó al lugar, la Fiscalía y el CTI hicieron las diligencias, y la hipótesis que manejaron las autoridades desde el principio fue la de un suicidio. El cuerpo pasó a Medicina Legal. La investigación se llevó en reserva y nadie, ni las autoridades ni la familia, han explicado en público qué pasó.
A las cinco de la tarde Navarro lo contó él mismo en Twitter. Escribió que su hijo había muerto alrededor de la una, que la velación sería al día siguiente y el sepelio al otro, y firmó con Marcela y con Alejandro, el otro hijo de la pareja. Fue un mensaje corto, de alguien que da los datos porque todavía no puede dar nada más.
Las respuestas llegaron de todos los lados. Juan Manuel Santos, entonces Presidente, le expresó sus condolencias. Álvaro Uribe, su adversario político, le envió un mensaje de solidaridad. Hicieron lo mismo Gustavo Petro, entonces alcalde de Bogotá, Óscar Iván Zuluaga, Clara López, Roy Barreras y Claudia López. Navarro respondió que habían recibido miles de mensajes y agradeció entre lágrimas.
Al día siguiente escribió algo más íntimo. Dijo que la paz se había hecho para que los padres dejaran de enterrar a sus hijos y que él no había podido evitar que eso le pasara. Para un hombre que había pasado treinta años en la guerra y en la política de la reconciliación, la frase juntaba dos cosas que hasta entonces había mantenido separadas: lo que le había dedicado a su país y lo que no pudo hacer en su casa.
Volvió al Congreso nueve días después. El viernes 6 de febrero, en la instalación de las sesiones extraordinarias, pidió la palabra ante sus colegas. Dijo que nunca antes había sentido tanta angustia ni tanto sufrimiento como en esa semana y que por ratos habría querido desaparecer. Agregó que el dolor cambia de forma pero no de intensidad, y que la compañía de tanta gente no lo aliviaba, aunque sí lo consolaba. Fue la única vez en que habló del tema con esa extensión ante el país.
No renunció a la curul ni dejó la política. Terminó su periodo en el Senado en 2018 y siguió en la Alianza Verde, de la que llegó a ser copresidente, firmando comunicados de coalición para las listas al Congreso de 2026. Sguió trabajando, y desde ese trabajo coincidió con los años de la implementación del acuerdo de paz.
Antonio Navarro Wolff murió el domingo 1 de noviembre de 2026, a los 78 años. Skempre fue un constructor de paz y ejemplo de reconciliación. De su hijo, en cambio, solo dejó lo escrito en aquellos días de enero y febrero de 2015. Nunca más quiso volver a hablar del doloroso tema, del que nunca se recuperó.
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