Texto escrito por: Daniela M. Zuluaga
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Volver a caminar por la orilla del río Desbaratado no es un ejercicio de contemplación idílica; es un acto de confrontación con la memoria. En este piedemonte del nororiente del Cauca, donde la Cordillera Central tropieza con la planicie del valle, el territorio se define por la abundancia de su agua y, al mismo tiempo, por la fragilidad con la que esta se nos escurre entre los dedos. Mientras los informes oficiales celebran un Índice de Riesgo de la Calidad del Agua (IRCA) del 4.79% para la zona urbana —etiquetado técnicamente como «sin riesgo» por EMMIR y la administración municipal—, el lecho del Desbaratado muestra las cicatrices del abandono: pedregales al descubierto, rastrojos quemados por la ola de calor y un caudal menguante que hace que los vecinos murmuren que el afluente «se está muriendo lentamente».
Esa grieta entre lo que miden los tubos y lo que vive la gente se profundiza cuando se sube a la alta montaña. En veredas como La Mina, Desbaratado, Tulipán, La Fortuna o Los Pinos, la idea del agua potable sigue siendo un lujo inexistente o una promesa aplazada, donde las familias aún sobreviven de tomas artesanales y redes precarias sin tratamiento. Y fue precisamente para cuestionar esa anestesia social que nos aventuramos, junto con Melissa Tabares Becerra y el equipo de EcoMiranda, a recorrer el municipio en el marco de la iniciativa #AlertaPorMiAmbiente o de los apoyos brindados por Fondo Lunaria.
Durante semanas compartimos talleres de creación artística y cartografía social con cerca de setenta jóvenes mirandeños. Al principio, el diagnóstico fue revelador e incómodo: al pedirles que dibujaran o registraran su relación con el agua, la inmensa mayoría pintó paisajes pasivos de montañas y nubes, o rememoró nostálgicos paseos familiares de domingo al río. El agua aparecía como un adorno de fin de semana, despojada de su dimensión política, como si no fuera un derecho amenazado por la deforestación de la parte alta, las sequías o los desvíos para el riego agrícola. Muchos ni siquiera lograban ubicar en el mapa trazado a mano cuál era la microcuenca que alimentaba la llave de su propia casa.
Sin embargo, el arte llegó como un puente pedagógico para despertar la sospecha crítica y la veeduría. En los salones, entre lápices de colores y discusiones sobre control social, vimos cómo el dibujo mutó en trinchera. Aquella contemplación ingenua dio paso al reconocimiento del territorio cuando, el 6 de octubre de 2026, la juventud y el equipo firmamos el acta de compromiso para institucionalizar las Brigadas Ambientales Escolares.
El paso de la simple preocupación a la vigilancia organizada no es un trámite burocrático; es una urgencia vital en un municipio que en 2025 ya sufrió el desbordamiento del mismo río que hoy se seca, dejando en evidencia que sin control ciudadano la gobernanza ambiental es una ilusión. Hoy, los estudiantes no solo sostienen un cuaderno de campo; ejercen la veeduría sobre las fuentes hídricas y exigen respuestas a las instituciones locales.
Al final, esta crónica no busca presentar un balance triunfalista ni maquillar las fisuras del territorio. Es una invitación directa a preguntarnos: ¿seguiremos cruzando los puentes sobre el Desbaratado mirando hacia otro lado, o entenderemos que el cuidado del agua en Miranda no es asunto exclusivo de los ingenieros, sino la última línea de defensa de nuestra propia memoria comunitaria?
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