Texto escrito por: Alexandra Luque Villa
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El cambio climático dejó de ser una amenaza futura para convertirse en nuestra realidad de todos los días. Lo vemos todo el tiempo en las noticias: temperaturas absurdas, sequías, inundaciones e incendios por todos lados y aun así, parece no significar nada, porque ya lo hemos visto tanto que “dejó de ser relevante” y eso es lo que realmente preocupa, casi sin darnos cuenta, nos estamos empezando a acostumbrar. Claro que tenemos que adaptarnos a lo que viene, pero ver el desastre como algo normal jamás puede ser la solución.
Los ejemplos están a la vista de todos. En Europa, las últimas olas de calor y los incendios forestales dejaron claro que estos climas tan extremos ya no son casos aislados que pasan una vez cada tanto. Al mismo tiempo, en otras partes del mundo, las lluvias no paran y causan inundaciones terribles que obligan a miles de personas a dejar sus casas y perderlo todo.
Todos están viviendo esto, y Colombia no es la excepción, aunque no sea de los principales países que emite grandes cantidades de gases de efecto invernadero. Hace poco, varias ciudades de la región Caribe registraron temperaturas que rompieron todos los promedios. En una región que ya de por sí es caliente, la pregunta no debería ser cuánto calor aguantamos, sino hasta dónde va a llegar esta situación.
Frente a esta crisis, la respuesta de las grandes potencias resulta frustrante. Estados Unidos, por ejemplo, uno de los mayores contaminantes, suele priorizar su crecimiento económico sobre restricciones más fuertes a sus industrias.
A esto se suma la postura de Donald Trump, quien se refirió al cambio climático como una “estafa” durante su intervención en la Asamblea General de la ONU en 2025. Asimismo, en el Foro Económico Mundial de Davos de 2026, afirmó que las políticas de energía sostenible son “el mayor engaño de la historia”. Lo que resulta preocupante porque contradice el consenso científico sobre el calentamiento global y contribuye a minimizar una crisis cuyos efectos ya son evidentes.
Por otro lado, China, que actualmente es el mayor emisor de gases de efecto invernadero del planeta, juega a dos bandas. Por un lado, lidera por completo la fabricación de paneles solares y tecnologías renovables a nivel mundial, pero por el otro, sus plantas de carbón siguen funcionando a toda marcha bajo el argumento de que necesitan garantizar su desarrollo industrial. Al final, mientras las potencias calculan sus costos políticos y económicos, las consecuencias las pagamos todos.
Y ahí es donde está el problema con la famosa idea de "adaptarse". Por supuesto que hay que preparar las ciudades, mejorar las alertas y proteger a la gente más vulnerable. Pero adaptarnos no puede significar cruzarnos de brazos y aceptar que cada año haga más calor, que los bosques se quemen o que vivir inundados sea parte de la rutina.
Tampoco podemos dejar que nos vendan la idea de que la crisis climática es una responsabilidad que nos toca resolver a nosotros solos. Ahorrar agua o reciclar en casa ayuda y está bien, pero siendo honestos, no alcanza. Necesitamos políticas firmes de los gobiernos y compromisos reales de las grandes empresas para frenar las emisiones y proteger la naturaleza.
El peligro más grande es normalizar lo que no tiene nada de normal. Cuando un récord de temperatura ya no nos sorprende y una inundación pasa a ser una noticia más que pasamos de largo en el celular.
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