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A las 7:34 de la mañana del pasado 10 de agosto, millones de colombianos recibieron un recordatorio inequívoco: vivimos sobre una Tierra dinámica. El terremoto de magnitud 7,4 ocurrido en San José del Palmar, Chocó, a unos 103 kilómetros de profundidad, fue el de mayor magnitud registrado en Colombia en lo corrido del siglo XXI y el tercero de mayor magnitud de nuestra historia instrumental.
No fue un episodio aislado. Durante las semanas siguientes continuaron registrándose réplicas y actividad sísmica en el occidente del país. Y apenas unas semanas antes, el 24 de junio, una fuerte dupleta de terremotos superficial de magnitudes 7,2 y 7,5 habían sacudido Venezuela y fueron percibidos también en Colombia. La Tierra, por supuesto, no reconoce fronteras políticas.
Cuando ocurre un gran terremoto solemos preguntarnos tres cosas: ¿por qué ocurrió?, ¿puede volver a suceder?, ¿podemos anticiparnos? La primera pregunta puede responderse cada vez mejor. La segunda exige conocer la historia geológica y vigilar permanentemente nuestros territorios. La tercera sigue siendo uno de los grandes desafíos de la ciencia contemporánea.
Y es aquí donde aparece un lugar que, a primera vista, parecería no tener nada que ver con Bogotá, Chocó, Santander, Caracas o los Andes: la Antártida.
Para muchos colombianos, la Antártida continúa siendo poco más que hielo, pingüinos y expediciones heroicas. En realidad, es uno de los mayores laboratorios naturales del planeta. Allí podemos investigar el clima, los océanos, la atmósfera, el campo magnético terrestre, volcanes, terremotos y la interacción entre diferentes componentes del sistema Tierra con una condición difícil de encontrar en nuestras ciudades: enormes regiones con muy poca interferencia producida por la actividad humana.
La ciencia colombiana ya está aprovechando esa oportunidad
La Red Geofísica de la Universidad Nacional de Colombia, RGUNAL, ha desarrollado estaciones que complementan la observación sísmica convencional midiendo, entre otras variables, cambios electromagnéticos del subsuelo y variaciones de gases. La red cuenta con estaciones distribuidas en diferentes regiones de Colombia, una estación en Manta, Ecuador, y despliegues antárticos en lugares como Marambio, Esperanza, Orcadas, Carlini y Petrel.
¿Por qué conectar lugares tan distantes?
Precisamente porque permiten comparar cómo se comporta nuestro planeta en ambientes geológicos radicalmente diferentes. Una estación situada en una ciudad colombiana debe distinguir las señales naturales del ruido eléctrico, industrial y urbano. En la Antártida existen sitios extraordinariamente silenciosos desde el punto de vista electromagnético. Es, salvando las proporciones, como intentar escuchar un susurro unas veces en medio de una avenida y otras dentro de una biblioteca.
La utilidad científica de esa comparación ya empieza a mostrarse.
Entre agosto y noviembre de 2020, cerca del estrecho de Bransfield y del volcán submarino Orca, en la región de la Península Antártica, ocurrió un extraordinario enjambre de aproximadamente 85.000 terremotos. Una estación de RGUNAL instalada en la isla Seymour-Marambio registró simultáneamente variaciones en la resistividad eléctrica del subsuelo. Investigaciones independientes asociaron aquel enjambre con procesos de intrusión magmática.
En Colombia también hemos encontrado observaciones que merecen ser estudiadas. Antes del terremoto de Mesetas de magnitud 6,0 del 24 de diciembre de 2019, la estación de Usme registró una disminución transitoria de la resistividad aproximadamente ocho horas antes del sismo. Cerca del Nevado del Ruiz se han observado igualmente variaciones electromagnéticas y de gases asociadas temporalmente con episodios de actividad volcánica.
Conviene decirlo con toda claridad: esto no significa que hoy podamos predecir terremotos. Las propias investigaciones de RGUNAL advierten que estas observaciones son preliminares y que todavía requieren validación prospectiva, series de tiempo más largas y análisis rigurosos que permitan distinguir una señal geológica verdadera de variaciones meteorológicas, solares, instrumentales o simplemente fortuitas.
Pero así avanza la ciencia: formulando hipótesis, construyendo instrumentos, midiendo, comparando, equivocándose cuando sea necesario y volviendo a medir. Lo imprudente no sería investigar estas señales; sería renunciar a hacerlo.
Esta es precisamente una de las razones por las cuales la Academia Colombiana de Ciencias Exactas, Físicas y Naturales convoca el Primer Congreso Antártico Colombiano, que se realizará del 4 al 6 de noviembre de 2026 en la Universidad Nacional de Colombia, sede Bogotá, con el apoyo de la Comisión Colombiana del Océano y la Armada de Colombia. El encuentro abordará tecnologías de observación de la Tierra, dinámicas climáticas, cooperación científica e interdisciplinariedad. Academia de Ciencias Colombiana
No será, por tanto, un congreso sobre un pedazo lejano de hielo.
Será una conversación sobre Colombia mirando el planeta desde uno de sus mejores observatorios naturales. Porque investigar la Antártida es también investigar nuestros océanos, nuestro clima, nuestros volcanes y nuestra Tierra inquieta.
Y quizá el próximo gran avance para comprender lo que ocurre bajo nuestros pies comience a miles de kilómetros de distancia, escuchando cuidadosamente el silencio antártico.
* El autor de esta columna es el presidente de la Academia Colombiana de Ciencias Exactas, Físicas y Naturales – ACCEFYN
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