Sombreros Barbisio, 70 años vistiendo cabezas en Colombia

Sombreros Barbisio, 70 años vistiendo cabezas en Colombia

La familia Lacorazza trajo desde Italia el toque de elegancia y han logrado sobrevivir así la moda del sombrero ya no esté en furor

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febrero 25, 2023
Sombreros Barbisio, 70 años vistiendo cabezas en Colombia

Desde afuera no parece la fábrica de los sombreros más famosos del país. Nada la identifica. La fábrica Barbisio, que llegó de Italia hace 76 años, no tiene nombre encima del portón de color rojo que está como escondido entre los negocios de la calle 11 con carrera 27 del barrio Ricaurte, uno de los más comerciales de Bogotá que está pegadito al San Andresito San José.

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Una virgen negra vestida de blanco y detalles dorados, encerrada en un cubo de cristal, es la primera que recibe a propios y extraños cuando una puerta pequeña del portón rojo se abre electrónicamente desde adentro. Es la virgene de Oropa, una diosa que veneran los italianos del campo que les protege la tierra y su fertilidad. La virgen llegó a Bogotá en 1954, cuando Barbisio. montó sucursal en Colombia. La virgen acompañó en una travesía en barco, desde Italia, a Leopoldo Gallo, yerno del señor Barbisio, el hombre que en 1860, en el norte de Italia, fundó una empresa de sombreros de pelo de conejo que se volvieron famosos en el mundo entero.

El señor Barbisio puso una segunda fábrica en Colombia porque a comienzos del siglo pasado desde el puerto de Barranquilla de ese país caribeño le compraban bastantes sombreros, además estaba ubicado estratégicamente para acaparar el comercio de toda América, como bien lo hizo.

barbisio

La sombrerería llegó a Bogotá en 1954. En la década de los 70 y 80 tenían más de 300 empleados, ahora hacen su producción de unos 6 mil sombreros al mes con 40 trabajadores. Foto Mauricio Cárdenas  

Quienes compraban sombreros desde Colombia eran los Lacorazza y Stella, dos familias italianas que a finales del siglo XIX llegaron por diferentes caminos a Barranquilla huyendo de las malas condiciones que dejó la primera guerra Mundial. Con el matrimonio de Sara Stella y Gaetano Lacorazza se formó una sola estirpe que aunque lleva ya tres generaciones nacidas en Colombia le sobreviven rasgos del país amante del espagueti y la pizza.

La sombrerería llegó al barrio Ricaurte, que por aquellos años era una vereda llena de fincas y lotes montañosos alejada de la Bogotá colonial de casas y tiendas que se apeñuscaban en el centro de la ciudad. Mientras los Barbisio hacían empresa en Bogotá, los Lacorazza Stella se convertían en una de las más importantes familias extranjeras en Barranquilla. Montaron negocios de importación y exportación de productos desde y hacia Italia. De Colombia llevaban entre otros esmeraldas, café y arroz. Del viejo continente traían paños, telas y sombreros. Eran tan conocidos en la ciudad del puerto que el mismo Jorge Eliecer Gaitán era visitante asiduo de aquella casa de italianos. El político liberal atendía en la vivienda de los Lacorazza su agenda en la Costa y desde aquel balcón se echaba sus elocuentes discursos.

Los Lacorazza llegaron a Bogotá en 1937. El primero en establecerse en la ciudad fue el tío Nicolai Stella. Atravesó medio país desde Barranquilla a lomo de mula. Con morrocotas de oro compró la casa del Marqués de San Jorge, puesta en la calle once con carrera octava, frente a lo que hoy es palacio de justicia, diagonal a la Plaza de Bolívar. Allí montó locales con el artículo que estaba de moda en la Bogotá de paño y gabardina: el sombrero. Sus clientes fueron desde los presidentes Abadía Gómez, Alberto Lleras Camargo y el caudillo Gaitán. Nicolai Stella fue el primer sombrerero del centro de Bogotá. Fue dueño de casi todas las sombrererías del sector. Italiano que llegaba a Bogotá el mismo Nicolai le montaba una sombrerería y lo ponía a trabajar como socio.

El negocio fue próspero hasta que asesinaron a Jorge Eliecer Gaitán en la carrera séptima con calle trece. El Bogotazo acabó con media ciudad y con la mayoría de locales comerciales. Las sombrererías, todas de italianos, fueron saqueadas y quemadas. Hoy sobreviven la Brando, San Miguel y Bogotá, quienes venden los Barbisios y Borsalinos que los Lacorazza producen en la escondida fábrica del Ricaurte.

barbisio

Aunque usan máquinas, que tienen más de un siglo, muchos de los procesos para hacer un sombrero de pelo de conejo, como los Barbisio, son a mano. Es casi una artesanía. Foto: Mauricio Cárdenas

La compra de la empresa por parte de los Lacorazza Stella a la familia Barbisio se dio en 1969. La fábrica, el nombre de la marca y la venta y producción de los sombreros quedó en poder del tío Nicolaí Stella, luego pasó a sus sobrinos los hermanos Vicente, Hugo y Guido Lacorazza, quienes siguieron el legado de la familia italiana de hacer cada sombrero casi a mano con el mismo pelo de conejo, nutría, y castor producido en las montañas de España, Portugal y Bélgica, de donde se sigue trayendo.

Tras la muerte de los hermanos Lacorazza, la fábrica que hoy produce seis mil sombreros al mes con unos 40 empleados, está en manos de otros tres hermanos, hijos de Hugo Lacorazza, y de uno de sus primos que vive en Estados Unidos. Juan Carlos es el sombrerero mayor, conoce cada paso de la producción porque desde muy joven trabaja en la empresa en los procesos operativos; es también  el representante legal de la empresa. Juan Pablo es el gerente de comercialización. Es el encargado de los negocios y Víctor, el menor, el consentido de sus hermanos, hace de todo un poco. Casi siempre están juntos atendiendo sus labores desde una oficina atiborrada de libros y sombreros y de cosas que sacaron desde la sede de la primera sede de la empresa que vendieron hace unos 10 años, cuando las ventas también disminuyeron y tuvieron que hacerse más pequeños.

En los mejores años de producción, en la década de los 70 y 80, tenían más de 300 empleados y producían unos 20 mil sombreros cada mes. Las máquinas con las que elaboran los finos sombreros de piel de conejo tienen más de un siglo de antigüedad; son las mismas que hace ya casi 80 años trajo en barco desde Italia el yerno del señor Barbisio. Un par de ellas están quietas porque no se han podido conseguir los repuestos para que anden. Otras tantas están guardadas debido a la producción disminuida.

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Los hermanos Juan Pablo y Juan Carlos Lacorazza, son la tercera generación de la familia que está a cargo de producir la famosa marca parta Colombia, México , Centroamérica y varios países latinos. Foto: Mauricio Cárdenas

Gran parte de los empleados que hoy están al frente de la elaboración de los sombreros llevan varias décadas al lado de los Lacorazza. Algunos de ellos están pensionados pero siguen vinculados a la fábrica, como Amparito, quien lleva 50 años quitando a mano las impurezas y sobrantes de los sombreros, cuando solo son un gran cono de pelo de conejo que en nada se parece a un sombrero.

La elaboración de un Barbisio empieza en una vieja máquina que va limpiando y eligiendo los mejores pelos de los animales por medio de vapores y aire caliente. Luego pasa a la campana, que por succión convierte los pelos en un cono gigante de color blancuzco que otras máquinas de vapor van achicando. Gorgy, un negro del Pacífico, que trabaja desde hace 30 años allí, tiñe cada sombrero en tres calderas gigantes que herven las tinturas con la ayuda de de un pala de madera que parece el remo de una canoa.

Luego con la ayuda de otras máquinas de madera y presión a aquellos conos se les da forma forma de sombrero cuando Ariel Buendía, quien lleva 42 años en la fábrica les abren el ala y les hacen la copa. El segundo es el área de los acabados. Uno a uno los peluquean y planchan. Ese trabajo lo hace Adriano Pérez, quien lleva 45 años al lado de los Lacorazza. El proceso se acaba con darle los terminados. Los marcan y los empacan individualmente.

La nueva estrategia comercial de los hermanos Lacorazza es ofrecer sombreros personalizados. Los hacen a medida y con diseños únicos. Cada uno de estos sombreros, que no tienen gemelo alguno, puede llegar a costar más de tres millones de pesos. Los hacen a medida y con todas las solicitudes del cliente y con el pelo de conejo de la más alta calidad. En promedio cada sombrero Barbisio y Borsalino, la otra marca italiana de la que tienen los derechos, vale unos 500 mil pesos. Juan Carlos Lacorazza dice que el precio de sus sombreros, comparado con la economía del país y el bolsillo de los colombianos, es uno de los indicadores de la baja en pedidos. Además, los sombreros que llegan desde china y los que se fabrican en materiales más económicos, como fique, lanas, paños y sintéticos son los que ahora están comprando los jóvenes que quieren cubrir su cabeza con un sombrero. No invierten mucho dinero en uno de alta calidad, que es lo que Barbisio ofrece a sus clientes, que aunque hoy son más pocos, son los que mantienen y han mantenido viva la marca y la única fábrica de sombreros de pelo de conejo de Colombia y una de las tres de América Latina.

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