Opinión

Por eso no iré al cielo…

Observando las sentencias de condena y absolución de monseñor procurador y de la papisa Fernanda Cabal, he ratificado mi pase hacia el infierno

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febrero 16, 2016
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Aquí en Colombia, como en todo el planeta, hay quienes reparten condenas e indulgencias y expiden tiquetes para el cielo y el infierno. Casi siempre son curas, obispos, cardenales, rabinos, ayatolás.  En Colombia, país encomendando al Corazón de Jesús, también procuradores y representantes a la Cámara administran el cielo y condenan a media humanidad al infierno.

Observando a distancia prudencial las sentencias de condena y absolución de monseñor procurador y de la papisa Fernanda Cabal, he ratificado mi pase hacia el infierno.

Según estos agentes turísticos del paraíso, en el infierno estarán Gabo y Fidel. Confieso que a mí  me encantaría una buena conversación con estos condenados sobre literatura y música, sobre el tabaco y el ron, sobre cómo resistir a embargos y bloqueos. Cómo defender la dignidad aun cuando la pobreza aprieta, o cómo construir un universo paralelo y mágico donde tramitar el dolor de nuestra especie condenada a tantos siglos de soledad y repetición.  Me gustaría pelear con Gabo por su machismo exacerbado en los últimos escritos. Cantar a voz en cuello vallenatos con Fals Borda y bailar con los líderes y lideresas campesinas que allá le estarán contando historias. Escuchar tangos y conversar de lo divino y lo humano con Carlos Gaviria, o cantar rancheras con Chavela Vargas, otra que sin duda está allí, por alcohólica y lesbiana.

También me encontraría a Camilo Torres, otro de los condenados por la papisa Cabal. Le agradecería que me enseñó que “no importa si el alma es mortal o inmortal, cuando sabemos que el hambre sí es mortal”. Le agradecería que predicó y practicó el amor al prójimo y para realizarlo abrazó la revolución, “para dar de comer al hambriento, de beber al sediento, vestir al desnudo, enseñar a quien no sabe y realizar el bienestar de las mayorías de nuestro pueblo”. Le agradecería que estudió la historia y encontró que el único camino para el cambio social es la unidad entre la izquierda. También le contaría que aún no lo hemos entendido.

Bailaría con Celina, santera y bruja, así como con tantas que han hecho de su música un deleite para el cuerpo y exacerbado pasiones y acompañado amantazgos y amancebamientos.  Allí estaría: rodeada también por mis amigas monjas, que aun perteneciendo  a esa Iglesia retrógrada, jamás preguntaron a las víctimas de violencias y enfermedades si habían abortado para darles todo el apoyo y solidaridad. Con las que han rescatado poblaciones enteras de la ignorancia y la indignidad, sin importar el credo que siguen. Estaría con los curas y monjas de la Teología de la Liberación, haciendo esfuerzos porque el paraíso se pueda disfrutar aquí en la tierra y en colectivo.

 

Estaría con mis amigas feministas, con las revoltosas,
con las desobedientes, con las que inventan formas de ser felices
sin permiso, sin violencia y sin culpa.

 

Estaría con mis amigas feministas, con las revoltosas, con las desobedientes, con las lesbianas y transgénero, con las adúlteras y abortistas, las que inventan formas de ser felices sin permiso, sin violencia y sin culpa.

No iría al cielo. Ni al sereno y aburrido que pintan las Iglesias, ni al que imagino cuando pienso en la papisa y monseñor.

Allí,  estarán los sacerdotes y pastores que no se untaron de pueblo y toda la jerarquía que vive en el lujo, come y bebe con exquisitez, se codea con los otros poderes, sacan brillo a sus besados anillos, sus zapatos lustrados y su ropa pulcra que enmascara una conciencia no tan pulcra, después de haber bendecido los fusiles y prestado las iglesias como trincheras de los “pájaros” en décadas pasadas y hasta como lugar para planear masacres paramilitares en décadas cercanas.

Allí estarán las huestes católicas que rezan rosarios 40 días frente a las sedes de orientación a los derechos sexuales de las mujeres, mientras espantan a los niños hambrientos que se acercan a pedirles limosna.

Allí estarán también los curas y pastores que condenan a las “madres desnaturalizadas”, predican la sumisión de las mujeres, censuran la anticoncepción. Y mirando al cielo con ojos entornados dicen “dejad que los niños vengan a mí”, mientras su sotana se abulta a la altura de su bragueta. Quienes inventan “pequeños secretos e inocentes juegos” que el niño o la niña de turno debe guardar para ser el preferido del emisario de Dios.

Allí estarán quienes, desde sus altos cargos en la Iglesia, trasladan a los violadores a mejores lugares (incluso a Roma) y también trasladan a quienes les critican a la selva o a lugares donde el conflicto armado o la malaria pronto quiten del camino de la iglesia “pura” que necesitan.

También por supuesto, los cañeros, los ganaderos, los petroleros y mineros, todos los directores de los gremios y toda la gente de bien, que tienen familias nucleares y aparecen en las páginas sociales de los medios que compran.

Por eso no iré al cielo. Lo había decidido hace muchos años, cuando leí la carta que Manuelita Sáenz le escribió a su exesposo inglés y que en un aparte dice: “Déjame en paz, mi querido inglés. Déjame en paz. Hagamos en cambio otra cosa. Nos casaremos cuando estemos en el cielo, pero en esta tierra ¡no! ¿Crees que la solución es mala? En nuestro hogar celestial, nuestras vidas serán enteramente espirituales. Entonces, todo será muy inglés, porque la monotonía está reservada para tu nación (en amor claro está, porque sois muy ávidos para los negocios). Amas sin placer. Conversas sin gracia, caminas sin prisa, te sientas con cautela y no te ríes ni de tus propias bromas. Sin atributos divinos, pero yo, miserable mortal que puedo reírme de mí misma, me río de ti también, con todo esa seriedad inglesa. ¡Cómo padeceré en el cielo!”

@normaluber

 

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