Poesía del conflicto (del libro inédito 'Inequidades')

Poesía del conflicto (del libro inédito 'Inequidades')

"No quiero repatriar los restos, yacen ahí, nunca se fueron, solo quiero que me digan dónde están los huesos de mi padre, de los hijos de la hierba muerta..."

Por: EDISON PERALTA GONZÁLEZ
febrero 22, 2024
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Poesía del conflicto (del libro inédito 'Inequidades')
Fotografía: Canva

CXXXVII

No quiero repatriar los restos, yacen ahí, nunca se fueron, solo quiero que me digan dónde están, qué fue de los huesos de mi padre, de los hijos de la hierba muerta, de los ríos de sangre de la calle herida, del  camino verde que atestiguo el desastre, del luto de la tierra muda, que me digan todos, los esbirros, sayones y “limpios” de la historia negra, los traidores de la sangre virgen, del dolor de los frutos desgarrados.  Deben estar allí, enredados en la cruz de madera que destrozó el olvido, el epitafio” Isauro Peralta “muerto el 18 de octubre de 1948, Luis Alfredo, de cinco años noviembre 25 de 1954”,los mató la guerra, poco antes de las otras guerras de los otros años y las otras muertes. Desde entonces amontono palabras y recuerdos y poemas de Maiakovski, Roque Dalton, Miguel Hernández, Otto René Castillo y Plutarco Díaz, el poeta nuestro que murió de cáncer inmerecidamente. Tampoco está mi madre, se fue vestida de pobreza hacia el más allá donde residen las almas maltratadas, en ese agujero negro que se mueve a través del infinito. Y te veo, pueblo mío en ese remolino de sueños deshilados en tu última batalla, aprehendida en los avatares de tu piel gigante, en las hendiduras de la calle herida. Nadie sabe de ti en el gobierno nuevo, ni los sátrapas que firmaron el “Manifiesto de Villarrica” en los convites del infierno, ni el fantasma veredal de los huyentes, nadie sanó las heridas de tu cuerpo lánguido, solo quedó el sueño enmudecido en las manos resecas de tu abrazo amargo.

CXXXVIII

Estoy exánime, un poco extraño, confundido de este dolor amargo que me acosa, un acervo de voces deshiladas, sin sentido me persiguen, como el sueño de los pobres en las catacumbas de la historia atisbando el infinito, estas calles vacías que me habitan como migajas del hambre en los portales, no tengo otra cosa que un toallón en el hombro que me hiere, un enredo de paz a mis espaldas, un asombro de patria en las esquinas vomitando fuego, un temblor en mis manos que resisten el grito fantasmal del genocidio, un infundio de voces que se cruzan en los precipicios del odio y las paredes, una ingente razón de traspasar los peldaños de tu cuerpo débil, una ingrata recordación del abandono, una cruz olvidada, una sombra indescifrable en los atajos de la noche aciaga.

CXXXIX

Imagen de mi sueño desmedido, imagen rota, insistencia vaga de llamarte mía, de sostener tu voz en lontananza y asomarme a los ventanales de tu cuerpo mustio, mi voz se apaga como el hito de Dios en las tinieblas y el olvido. Hace frío en esta lúgubre estación del desespero como una herida abismal en las costillas de mi patria chica, el sueño desterrado de los muertos de las otras guerras y los otros tiempos. Da lo mismo estar aquí o allá, la misma hoguera, la misma llama que consume mi alma, el mismo dolor la misma patria, los mismos arcabuces matando la pobreza en los rincones de la casa, el mismo afán, el mismo cielo trasportando el miedo, la misma humareda, el mismo ruido, los mismos sátrapas amasando fortunas malhabidas y asaltando la paz y las reformas en tufos y conjuras, la misma inconsciencia de la plebe negociando en las urnas sus miserias, el mismo frío con estampidos de viento en los alares, la misma trocha, el mismo azadón, la misma pala arañando raíces de pobreza. Una historia negra fementida en pasillos y bufetes, una escuela mordiendo la oscuridad en los cuadernos y el infierno, un santurrón de vieja data lamiendo su torpeza, ávido de alabanzas y billetes. La misma bestia cremando los huesos y la carne humilde, la misma armadura, el mismo idiota feriando sus harapos, la misma historia de zafios que no leen y cabalgan en la desmesura de sus pequeños cerebros oxidados, la misma rebeldía de la calle herida, el mismo esbirro, el mismo festín de la matanza deshilando el aire con la misma sangre, el mismo dolor acumulado en asimétricas luchas con la muerte.  

CXL

Es una luz en el tiempo que se agita y se pierde y exaspera mi alma

Cuando llegué al extremo del tormento nuevo me contuve y solo hallé un cielo negro, un acervo de ruinas y lutos y despojos, una pequeña luz desvanecida en los resquicios de la noche aciaga, un tumulto de miedos y voces en las filas del hambre y el asombro, un niño sollozando en el postigo, un firmante de paz acribillado, un lenguaraz en la tribuna denegando la paz y las reformas, los hijos de la nada de la casa muerta como huesos sin deudos en el festival de la agonía. Ah, Edison no tienes nada, ni paz, ni luz ni sueños, las tenazas aprietan las ranuras de tu vientre endeble y un asomo como de muerte se apresura a juzgarte por tus luchas, afanes y desvíos. Son tantas las heridas, las dagas que  te hieren, las venas abiertas de tu sueño indómito. Ahora duermes en los acantilados como el alma de los huyentes en los precipicios de la selva virgen, sin deudos, sin amos y sin dioses.

CXLI

Después del sacrificio  

las células de mi alma  

como restos de patria 

quedaron divididas 

vacías, 

desmembradas, 

sin mortajas, 

sin cripta, 

ni ataúdes,  

sin rituales metafísicos, 

al asecho de ritos y carroñas, 

se las tragó el olvido, 

el odio se camufló 

en los brazaletes del esbirro 

para indagar  

las atrocidades de la muerte.

CXLII

Esa tarde… mi espíritu imberbe percibió el desangre, la aflicción amarga, el festín horrible, la terrible orgía, el sueño negro, la vergüenza inútil, la patria baja que cercenó mi carne, la despreciable gloria del tirano abyecto, la infeliz morada que atestiguó la muerte, el inventor del odio, la herida infesta de la memoria yerta. Oh! profundo dolor, desasosiego histórico, he visto las llagas de la paz herida, la marcha crucial del abandono, la vieja casa en solitaria espera, un incendio voraz en las entrañas de la selva débil, un oscuro nubarrón desvaneciéndose en los pasillos de la patria nueva.

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