Pildoritas contra la empatía
Opinión

Pildoritas contra la empatía

¿Usted prefiere un clínico que sienta intensamente sus dolores y preocupaciones? O, ¿uno que con cierta frialdad aborde su sufrimiento como un problema para ser resuelto de la mejor manera?

Por:
agosto 19, 2016
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El fundamento de la ética en medicina es la empatía, ponerse en los zapatos del otro. Y caminar una milla en ellos, precisa el proverbio cheroquí. Aunque me imagino que en ese caso sería en los mocasines del otro, algo más suaves pero menos protegidos. Esa empatía es esencial a todo acto médico y toda ética médica.

Pero encuentro en la literatura médica consejos para aumentar la empatía, consejos para disminuirla y hasta fármacos que tienen ese efecto.  Por eso he titulado esta columna “Pildoritas contra la empatía” pues no sé con absoluta certeza si hay que intensificarla o disminuirla en todos los casos.  Quizás lo mejor sería sufrir menos y ser más útil a quien sufre. Creo que esa era la posición de aquel ejemplo de médico sabio que fue William Osler.

Osler era un médico canadiense de hace cien años que enseñó muchos años en Johns Hopkins y acabó su carrera docente siendo Profesor Regio de Medicina en Oxford recibiendo título de nobleza, Sir William Osler, desde 1911.  Fue un bromista empedernido pero es considerado por muchos el Padre de la Medicina Interna.  Todos los médicos anglosajones con cierta cultura humanista e histórica aspiran a ser reconocidos como profesores “oslerianos”. Escribió un discurso titulado “Ecuanimidad” que es lectura obligatoria en muchas escuelas de medicina. En ese texto recomienda al médico joven serenidad y hasta frialdad ante el paciente o no dejarse llevar por sus sentimientos para ser más hábil en el diagnóstico y el tratamiento de la enfermedad. Creo que sigue siendo un consejo sensato si se entiende como sufrir menos para ser más útil a quien sufre.

Por otro lado nadie emprende un acto médico sin empatía. Entonces la cosa es complicada: debe sentirse el dolor del otro pero sin trastornarse. Hay que mantener un equilibrio, la ecuanimidad, ante los frecuentes sufrimientos casi nunca merecidos de la humanidad.  Nada fácil esto.

Y podría existir ayuda farmacológica para disminuir discretamente la empatía. Hace dos meses se publicó un estudio interesante demostrando que el acetaminofén, el analgésico más usado hoy, reducía en voluntarios sanos el nivel de empatía. Cuarenta estudiantes de universidad tomaron 1 gramo del fármaco, más o menos dos “pepas”, y fueron comparados con cuarenta estudiantes controles que tomaron un placebo. A ambos grupos se le pidió calificar cuantitativamente distintos escenarios dolorosos en otras personas. Desde una herida con arma cortopunzante que llegara al hueso hasta el duelo por la muerte de un progenitor en otro caso.  Aquellos que habían tomado la droga analgésica calificaron constantemente las distintas situaciones como menos dolorosas. En otras palabras, el remedio común para cefaleas y otros malestares (52 millones de personas usan semanalmente en EE. UU. algún remedio de los más de 600 de venta libre que contienen acetaminofén) parece disminuir nuestra capacidad de “empatizar” con el sufrimiento del prójimo.

 

El acetaminofén para cefaleas y otros malestares
parece disminuir nuestra capacidad
de “empatizar” con el sufrimiento del prójimo.

 

El artículo ha sido discutido ampliamente en la literatura médica durante las últimas semanas.  Y no hay consenso unánime sobre la validez de sus conclusiones. Pero plantea una pregunta fundamental: ¿usted prefiere un clínico que sienta intensamente sus dolores y preocupaciones? O ¿prefiere un clínico que con cierta frialdad aborde su sufrimiento como un problema para ser resuelto de la mejor manera?

Esta semana se publicó una sesuda columna en The Washington Post que se pregunta: todos esperamos que nuestro médico nos atienda con amabilidad pero ¿está probado que la amabilidad del terapeuta nos ayuda a recuperar la salud? Y aunque todos pensemos que el clínico debe actuar con empatía no está probado que esta actitud contribuya efectivamente a la mejoría del paciente.

Podemos definir con cierta precisión, dice el artículo, lo que es empatía en el contexto médico: la comprensión sin ningún prejuicio del dolor del paciente y la comunicación de esta percepción por parte del profesional de la salud. Aunque haya quienes comprenden y comunican poco, la pregunta es si esto contribuye a la mejoría del paciente.

La dificultad intrínseca de este problema es que no se puede intentar una solución científica de la pregunta. No sería ético seguir una investigación clínica controlada por largo tiempo del efecto terapéutico de tratar con frialdad a un grupo grande de pacientes. No se pueden medir con objetividad los resultados biológicos de tratar a las patadas a una muestra estadísticamente significante de enfermos. La ley y la moral lo prohíben.  Entonces hay que creerle a la gente que la amabilidad ayuda.

Todo esto demuestra por enésima vez que en medicina muchas veces hay que actuar sin evidencia científica comprobada. Lo que produce ansiedad en muchos doctores pues la medicina sigue siendo un oficio de decisiones a veces inciertas pero siempre empáticas con el sufrimiento de los pacientes. Y aunque sean un dolor de cabeza algunas veces no tome analgésicos para atenderlos, quizás le disminuyen la empatía.

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