Mora Rangel: un viejo zorro de la guerra, ¿engañado en La Habana?

Pablo Catatumbo negoció con el general y siempre supo que no creía en los diálogos. Su libro le confirmó al jefe guerrillero que fue un traidor hasta de sí mismo

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diciembre 08, 2021
Mora Rangel: un viejo zorro de la guerra, ¿engañado en La Habana?

Me parece legítimo que los protagonistas de momentos o de procesos que trascienden e impactan al conjunto de la sociedad dejen para la historia su versión de lo que vivieron. Que escriban cómo se sintieron en el ejercicio de sus funciones e incluso que --pasado un tiempo-- revelen intimidades de lo acontecido.

Todo lo anterior es lo que ha hecho el general (r) Jorge Enrique Mora Rangel en su libro Los pecados de la paz, publicado recientemente por la editorial Planeta. Aún queda por saber --y eso sólo podrá aclararlo el ex presidente Santos-- por qué fue Mora el escogido para integrar el equipo del gobierno en las negociaciones de paz de La Habana, teniendo en cuenta que fue él, precisamente, el más agresivo palo en la rueda de los diálogos del Caguán (1998-2002). Sus notorias diferencias con el jefe negociador gubernamental de entonces, Víctor G. Ricardo, hicieron que pusiera sobre el escritorio del general Tapias su renuncia a la comandancia del ejército que ostentaba para la época. En los corrillos de aquellos movidos años se decía que el propio presidente Pastrana pedía su cabeza y ello no sucedió pues Tapias le dijo al primer mandatario que, si se iba Mora, también se iba él.

Con la fama de ser “el último general tropero”, Mora Rangel aterrizó en La Habana exhibiendo una arrogancia fuera de tono y haciendo notar la incomodidad que lo invadía por estar sentado frente a los jefes de la guerrilla que con tanto ahínco combatió y nunca pudo derrotar en su larga carrera militar. Esa es su rabia, mientras los integrantes de ambas delegaciones buscábamos la manera de construir una atmósfera propicia para la discusión serena y argumentada, Mora sobresalía por su actitud despectiva hacia las conversaciones y dejaba salir a menudo un escepticismo dañino que combinaba con frases sacadas del viejo vocabulario usado durante la larga guerra. Para él todavía éramos “facinerosos y bandidos dedicados al narcotráfico”, el gastado sonsonete que usó durante décadas para referirse a las Farc.

Mora, que alardea en su libro de haber sido la piedra en el zapato de las negociaciones, tenía sus espinitas clavadas en lo que él entiende por “honor militar” y cada vez que podía, intentaba sacárselas.

Recuerdo que durante una de las pausas que nos dábamos durante las extenuantes jornadas de diálogo, coincidimos en uno de los bellos jardines del Palacio de las Convenciones y Mora, café en mano, le reclamó a Iván Márquez por un mortero que sus tropas habían perdido en el cañón de La Llorona, durante combates con unidades guerrilleras del Bloque José María Córdova.

-Ustedes tienen que devolverme ese mortero -exclamó, aún no sé, si en broma o en serio.

Más allá de la anécdota, el episodio me sirvió para entender que en la Mesa de Diálogo se sentaba un hombre anclado en el pasado, nostálgico de las batallas, no obstante -valga decirlo aquí- las múltiples derrotas que recibió a manos de las fuerzas insurgentes.

Leyendo su libro, plagado de imprecisiones y datos acomodados, no puedo dejar de ver a un hombre ya mayor que quiere limpiar de su hoja de vida lo que él considera una mancha, apelando al tonto argumento de que buena parte del acuerdo de paz que se construyó en la capital cubana se hizo a sus espaldas. Mejor dicho, que fue ninguneado, baipaseado y excluido de las discusiones trascendentales, razón por la cual a él no se le puede “culpar” del resultado final de las negociaciones.

Le queda muy mal a un hombre con su larga experiencia, considerado viejo zorro de la guerra, ponerse en el papel de niño engañado por unos seres perversos que estaban pactando la entrega del país a las Farc. Su actitud, debo decirlo con todas sus letras, me parece inmadura y lo deja muy mal parado frente al implacable juicio de la historia que lo verá sin remedio como un hombre sin carácter que decide “limpiar su nombre” cinco años después de sus actuaciones y se arrepiente de haber firmado un Acuerdo de Paz que puso fin a una guerra de más de sesenta años.
Presenta como prueba reina de que fue ninguneado, el hecho de haber sido excluido de aquel famoso cónclave de enero de 2016, ocurrido cuando los diálogos habían entrado en un territorio pantanoso que nos impedían avanzar en la búsqueda del acuerdo final. Para esa época ya se le había solicitado al Consejo de Seguridad de Naciones Unidas que monitoreara el inminente cese del fuego bilateral y definitivo y las partes coincidimos en que caería muy bien la llegada a las negociaciones de una comisión ejecutiva, integrada por plenipotenciarios nombrados por las dos delegaciones, para dinamizar la llegada al puerto de la paz. Y fue así como expertos designados por gobierno y Farc trabajaron sin pausa hasta dar las puntadas finales del acuerdo final, que fueron acogidas por los negociadores del gobierno y las Farc, ninguno de los cuales -recordará usted, general Mora- hizo parte de las deliberaciones del cónclave.

Está usted, general, en todo su derecho -como dije al principio- de dar su versión del papel que jugó o del que -según usted- le impidieron jugar durante los diálogos que nos llevaron a poner fin a mas de cinco décadas de confrontación militar. Pero la verdad, usando una vieja frase del argot militar, creo que le salió el tiro por la culata.

 

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