Opinión

Holanda revisa al porro

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Junio 17, 2013
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Cuando de marihuana se trata no hay otro país con tanta experiencia como Holanda. Los Países Bajos están a la vanguardia en la regulación de las políticas para la cannabis y le llevan muchos años de ventaja a naciones que ahora comienzan a reconsiderar el trato que se le debe dar.

En Holanda el consumo de estupefacientes no es un delito. Y  la posesión de hasta cinco gramos de cannabis, la compra y venta de cantidades para uso personal están despenalizadas desde hace años. La medida permitió que se abrieran los llamados coffeeshops, donde la gente no entra precisamente a tomar café — aunque también es posible, no así el alcohol—  sino a gozar de la libertad de comprar y consumir sus dosis personales de marihuana y hachís. A puertas abiertas, a plena luz del día, de manera visible, sin necesidad de ir a los bajos fondos ni entrar en contacto con delincuentes.

Los coffeeshops de Ámsterdam, por ejemplo, están por toda la ciudad, con mayor concentración en el centro. No hay nada más fascinante que caminar a lo largo de una concurrida calle como la Haarlemmerstraat en uno de los sectores residenciales,  comerciales y turísticos más bonitos de la ciudad vieja, atravesando tiendas de ropa, zapatos, jugueterías, librerías, restaurantes, cafés, hoteles, bancos, y…tres diferentes coffeeshops que funcionan dentro de la más perfecta armonía. La única diferencia es que se siente el olorcito característico del humo de la yerba, así como unos metros más adelante se aspira el delicioso aroma del ajo asado con aceite de oliva de un restaurante italiano. Otro metro más allá, una tienda de ropa para bebé a la que entran las mamás empujando sus cochecitos. Todo se desarrolla dentro de la más confortable normalidad. Una típica calle de Ámsterdan cruzada por peatones y bicicletas en la que el consumo de marihuana está tan domesticado como el consumo de vino y cerveza en los restaurantes y bares.

Cuando Holanda comenzó a vender legalmente la cannabis se dijo que se iban a disparar los niveles de consumo. No fue así. De hecho, son parecidos a los de Alemania y Bélgica, donde la sustancia no está permitida, y mucho más bajos que en el Reino Unido, Francia y España, países que también la reprimen.

Pero no todo es color de rosa. Los coffeeshops representan solamente la solución de la mitad del problema, porque cuando decidieron regular el tema de la posesión de pequeñas cantidades de drogas suaves, los holandeses no se atrevieron a dar todos los pasos necesarios para hacer coherentes todas las actividades de la marihuana. El dueño del coffeeshop puede vender legalmente pequeñas cantidades a sus clientes, pero ¿dónde consigue la yerba que vende? Como todo el mundo sabe, la yerba entra por “la puerta de atrás”, como la llaman. Es decir, ilegalmente.

La compra en grandes cantidades y la producción (sólo está permitida la posesión de cinco plantas) son ilícitas, pero es quizá el espíritu tolerante que ha caracterizado a los holandeses desde hace siglos, el que permite que las autoridades se hagan las de la vista gorda con la “puerta de atrás”.

Las autoridades han intentado arreglar el problema. En el año 2000 la mayoría del Parlamento votó a favor de regular la “puerta de atrás” despenalizando la producción de cannabis destinada a la venta en los coffeeshops. Pero finalmente el gobierno no aprobó la legislación debido a la fuerte oposición internacional, especialmente de Estados Unidos, país que no ahorra sus críticas al sistema del coffeeshop. Años más tarde, en 2005, se intentó  nuevamente reglamentar el abastecimiento, y una vez más la presión internacional volvió a esgrimir los argumentos de los tratados de drogas de la ONU (en los que pesa la mano de Estados Unidos) que prohíben la cannabis que no sea para uso médico o científico.

En años más recientes las dificultades están ligadas a lo que llaman el ‘turismo de cannabis’, en su mayoría jóvenes belgas y alemanes que vienen a consumir en las ciudades fronterizas con esos países causando desorden en los barrios. El tema ha hecho bastante ruido, al punto de que algunos partidos políticos de línea más conservadora han empezado a proponer medidas para echar atrás o ponerle más restricciones al sistema de los coffeeshops. Han empezado a hablar de carnetización de los consumidores, una medida según la cual solo los residentes en el país podrían consumir legalmente la droga. La discusión está en curso y lo cierto es que hay bastantes sectores de la sociedad que se oponen al sistema de carnet, incluso algunos alcaldes de ciudades fronterizas. Así que no es muy seguro que esta línea se imponga.

Sería paradójico que ahora que en otras partes del mundo —como Uruguay, y los estados de Colorado y Washington en EE.UU. — se habla seriamente de legalización de cannabis, un país pionero en estas materias como es Holanda, retrocediera en algo que ha funcionado tan bien durante todos estos años. Las hojas de cannabis ya hacen parte de la parafernalia turística y de la simbología representativa del país y de su capital, igual que zuecos, quesos y molinos de viento. Además, qué mejor atmósfera de convivencia que la de una ciudad en la que en una misma cuadra algunos se fuman un porro, otros se toman un café o compran un libro, un CD, o sacan plata de una cajero automático.

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