Fabián, el médico del fútbol

Este oriundo de Gómez Plata se tomó a pecho su trabajo en un pueblo que parecía avanzar como en un plano inclinado. Relato

Por: Carmelo Antonio Rodríguez Payares
mayo 19, 2021
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Fabián, el médico del fútbol

A Diana, una de las gemelas.

Las vueltas que da la vida. Así podría titularse la presente crónica que recoge los ajetreos y las andanzas de un personaje que llegó a bordo de un helicóptero al sitio donde fue asignado para cumplir con el servicio social obligatorio, que dicho en buen romance no es otra cosa que el año rural con el que deben cumplir los estudiantes de medicina antes de obtener su diploma. La fecha la tiene clara y la recuerda con una nitidez que a veces confunde: 17 de agosto de 1982. Martes 17 de agosto de 1982, parece repetir en silencio en esta tarde cuando me ha concedido unos minutos que le ha sonsacado a la pandemia y a los pacientes que debe atender en su consultorio particular en el occidente de la ciudad de Medellín.

De su nuevo destino nada sabía, solo que se trataba de un pueblo antioqueño ubicado en el Bajo Cauca, lleno de tribulaciones y padecimientos, pero también de historias alegres que era narradas y vividas bajo un sol de acero que se parecía fundir en las aguas del entonces turbulento y rebelde río Nechí, hoy alicaído y triste, rumbo a su destino final, merced al incesante sacrificio al que ha sido sometido por décadas, del cual ya ni sus peces podrán contar el cuento. Pero todo no era como se lo había descrito su amigo y paisano, José Miguel Mira, cuando lo contactó para que se fuera a construir su futuro como profesional de la medicina, egresado de una de la más prestigiosa facultad que tiene el país en esa rama del saber: la Universidad de Antioquia.

Entonces se bajó del helicóptero para hacer su primera escala en el corregimiento de Puerto López, un pequeño corregimiento situado a 35 kilómetros al norte de la cabecera de El Bagre, que comenzaba a tomar su segundo aire económico representado en las riquezas que producía la mina Los Colonos de propiedad de Gustavo Saldarriaga, quien de líder sindical se convirtió de la noche a la mañana en una especie de rey Midas de la región, gracias a que supo entender y descifrar los misterios del oro.

Cuando la brigada cumplió su cometido, el médico se fue a tomar posesión de sus nuevas responsabilidades como director del Centro de Salud, cargo que había sido desempeñado en el último año por su colega Gilberto Tomás Blanco Salas, bajo la administración de la enfermera Marina Pulido de Oviedo, adscrito a la Seccional de Salud de Antioquia. Así comenzó su andar en estas tierras al que para estas notas he llamado el médico del fútbol, Fabián Octavio Palacio Zapata, oriundo de Gómez Plata, un municipio del norte del departamento, quien se tomó a pecho su trabajo en un pueblo que parecía avanzar como en un plano inclinado, es decir, en la dirección a la que era sometido por las fuerzas de su economía.

Los enfermos de aquellos años, abrumados por la peste de la malaria, el dengue, la tosferina y otras enfermedades tropicales, de los cuales uno de sus más dilectos pacientes fue el cronista de Cáceres, Romualdo Gallego, nacido en 1895 y muerto en 1931 en Medellín víctima de fiebre tifoidea, autor de una crónica que título El Filipichín, recibían sus primeras atenciones en los cuatro metros por seis que tenía el consultorio, y los más graves eran puestos en las manos de la santísima trinidad médica del pueblo: los doctores Yepes, Benavides y Hurtado, que prestaban sus servicios en el hospital Franklin de la empresa minera.

Ellos eran Antonio Yepes Brand, Enrique Benavides Hurtado y Luis Eduardo Hurtado, a quien además le decían el Pollo. El primero vive todavía en Medellín, el tercero en Cali mientras que a Benavides lo despidió para siempre su familia en Bucaramanga en el ya lejano 1986 del siglo pasado.

Entre tanto, el pueblo crecía al leal saber y entender de sus habitantes, y por eso desde su propia gestación como corregimiento, por allá en la tercera década del siglo XX, fue el desorden y el caos el que reinó al punto que sus habitantes apenas tenían los mínimos servicios, que para la salud era aquel espacio construido con las ganancias que dejaba la Caseta de la Acción Comunal, un negocio que hacía de las suyas los fines de semana en donde se consumían todos los litros de cerveza y de aguardiente que se pudieran cuantificar.

Ya con los pies en la nueva realidad, descubrió que por muy buena voluntad que tuviera para ejercer su misión de atender las urgencias del prójimo, no le quedaba otra opción que acudir a la idea de abrir mayores ofertas, ya que apenas el servicio se restringía a la consulta externa y a las urgencias básicas como a los picados de raya o de culebras, accidentes caseros, botellazos, dolores bajitos y otros menos graves, que eran recibidos en la jornada diurna.

Entonces dijo estar dispuesto a buscar espacio para dos camas y, en un riesgo inusitado, atender partos, que eran tareas propias de las comadronas que, en casos de extrema dificultad y peligro, eran trasladados al hospital de la compañía. Las dos enfermeras que le asistían en sus quehaceres diarios no ocultaron su sorpresa ante semejante idea, razón por la cual se pusieron manos a la obra para hacer realidad aquella decisión, que sin saberlo, sería uno de los primeros pasos que se tendrían que dar en el duro camino que nos esperaba para cumplir con el sueño de que la comunidad de El Bagre pudiera tener a su servicio un hospital decente que le brindara una respetable atención a sus pacientes.

“El destino, a ese que habíamos retado, se nos apareció un martes a eso de las 8 de la noche, cuando una señora llegó en una de las primeras fases del trabajo de parto, lo cual no nos dio el más mínimo tiempo para pensar la forma cómo salir de aquel apuro. Lo cierto es que de la mano de la Providencia pudimos traer al mundo a una criatura y dejamos a la mujer en recuperación, no sin antes observar que tenía todavía abultado su estómago, algo que nos llamó la atención”, relata el médico Palacio Zapata.

“Resulta que se trataba de una segunda vida que estaba mal ubicada en su vientre, razón por la cual me vi en la necesidad de acudir al método de la extracción y salvar la criatura que salió con los pies adelante y no como sucede en un parto normal, es decir de cabeza, con lo cual el episodio concluyó en que aquella primípara se convertía en la madre de un par de gemelas”, cuenta hoy como si todavía estuviera en aquella sala de partos.

Superada la emergencia, la noticia cogió su propio vuelo y de esta forma el modesto centro de salud se convirtió en otro referente para atender estas novedades y por eso al concluir su tarea, un año después de haberla aceptado, contabilizó un número superior a los cien nacimientos luego de las gemelas, aparte de incrementar la cifra de consultas de todo género y de avanzar en otros renglones que llamaron la atención de los pobladores para darle comienzo a una quijotada mayor: hacer una campaña para que El Bagre pudiera tener su propio hospital y hacerle frente a unos enemigos ocultos con los nombres de paludismo, lepra, parasitosis, diarreas agudas, leishmaniasis, dengue, tifo y hepatitis.

En el mes de septiembre de aquel año fue notificado desde la Gobernación de Antioquia y entregó el cargo, pero ya había sido convencido por un grupo de amigos como Cristo Navarro, Manuel Tovar, Mariano Parada y Lucho Puello, entre otros, para que estableciera su propio consultorio en el sitio donde quisiera porque ya se había ganado la confianza de sus pacientes. Les hizo caso, tomó nota de la petición y alquiló un local de propiedad de la Negra Rincón, justo al frente del Centro de Salud, y allí comenzó la otra historia.

Sobre las anécdotas que carga en su memoria, destaca con especial interés aquella cuando estaba en la cancha de baloncesto, preparado y listo para practicar en solitario algunas jugadas que conoció en su natal Gómez Plata, pero además con el fin de que algún desocupado le hiciera la segunda, y lo que pasó fue que le pidieron que se saliera de la cancha porque la necesitaban para entrenar a un equipo juvenil. “Es que ni siquiera me preguntaron mi nombre, ni tuvieron la menor decencia de invitarme a jugar con ellos si ya habían visto que yo podía ser uno más en esa tarde”. Entonces dejó al lado el doble ritmo, los pases de pecho y hasta las canastas en suspensión y el famoso gancho para evitarlas y se retiró sin saber quienes eran los nuevos ocupantes de aquel sitio público. Así se duele de aquel hecho el médico Fabián al recordar que a pesar de haber sido técnico de ese deporte en su municipio y de haber sido finalista en Apartadó, fuera desplazado de buenas a primeras por el profesor Pedro Gordon el que lo “invitó” a desocupar el amarradero y que por ese mismo hecho se dijo así mismo que el básquet no sería su deporte y le dedicó todos sus ánimos al fútbol, en una tarea que, en el fondo, se lo agradecemos al profesor que dictaba clases de inglés en el colegio, que apenas hoy conoce los detalles inéditos de aquel episodio.

Por esos tiempos la empresa minera se había apartado como patrocinador del fútbol, de modo que su suerte y su futuro quedó en las manos de una junta de particulares que se unieron bajo el nombre de Amigos de la Selección que recogía los aportes económicos que les hacía el comercio cada mes. De este modo decidieron llamar a Alirio Álvarez Muñoz para que fuera el director técnico y cerrar una etapa como fue la que le permitió a sus jugadores alcanzar los triunfos de la mano de la compañía que siempre apoyó el fútbol pero que por esas cosas de tener una visión torpe y hasta infantil, promovida por algunos líderes políticos, llevó al traste cualquier intento por recobrar el camino.

Hacia 1984 la situación era otra y el fútbol parecía tomar un segundo aire y fue por eso que la Junta de Deportes depositó su confianza en Albeiro Zapata Puerta para que tomara la dirección del equipo y asegurar un cupo a las finales en Medellín solo si le ganaba a las selecciones de Segovia, Zaragoza, Remedios y Vegachí, en partidos de ida y vuelta. En uno de esos encuentros, el Negro Palacio de Segovia levantó en vilo a Fabio Ríos que hizo un viaje horizontal por el aire fruto de una patada, pero fue en ese partido donde descubrieron las virtudes de Eder Cuero y de Wilman Ángel López. El caso es que el médico tuvo que levantar del suelo al desmadejado jugador para llevarlo al hospital con intensos dolores y para completar “grogui”, que según la Real Academia de la Lengua significa persona atontada por el cansancio o por otras causas físicas o emocionales, pero no dijo que significaba quedar por fuera de la cancha como producto de una patada voladora como la que le aplicaron al habilidoso jugador. Entre ir al hospital y atender al paciente no supo más nada del partido que al final ganaron 2 goles a 1. Así pudieron regresar a otras finales al Atanasio Girardot en Medellín, lo que hizo recuperar la fe en el fútbol hasta la mala tarde cuando, a pesar de ir por encima de Rionegro en dos goles, al final los de oriente se impusieron 3 a 2 por fallas en los cambios y con un gran futbolista en la suplencia: Carlos Mercado.

1988 llegó con la mojiganga novedosa de la elección popular de alcaldes, producto de uno de los tantos procesos de Paz que se han dado en Colombia, esta vez de la mano del presidente Belisario Betancur Cuartas que le abrió las puertas al diálogo con las Farc con el argumento de que había que ponerle fin a las causas objetivas de la inconformidad social de aquellos tiempos, la misma que vivimos hoy –porque este país parece no avanzar en estas materias, pero en fin. Así que con esta nueva herramienta constitucional en las manos, su amigo Manuel Tovar Ruiz, docente de profesión, presentó su nombre a las elecciones de aquel año y salió derrotado por el ingeniero Héctor Darío Velasco Vargas, pero a pesar del infortunio en las urnas, al médico le quedó el bicho de la política y se metió de lleno al movimiento de la vertiente liberal de Convergencia, cuyos seguidores fueron conocidos bajo el remoquete de los “bacalaos”, liderados entonces por el hoy encarcelado dirigente del nordeste, César Pérez García.

La segunda fue la vencida y el licenciado Tovar Ruiz llegó a la alcaldía y muy a finales de su gobierno y en plena campaña, cuando el nombre de Fabián Palacio se mencionaba como el virtual ganador de las elecciones, la administración dejó correr su intención de apretar los bolsillos de los bagreños con el impuesto predial y los votantes, ni tontos ni perezosos, torcieron su intención, le cobraron por ventanilla y le dieron el apoyo a un personaje bastante popular y amigo cercano de sus electores como Jairo Enrique Arango Zuleta, quien hizo un gobierno tranquilo bastante parecido a su personalidad.

A propósito de aquellos malos resultados, el médico me contó que algo parecido le ocurrió a Iván Duque con su ministro de Hacienda, el indolente Alberto Carrasquilla, el de los huevos de a peso y los bonos de agua, que nos metió en semejante berenjenal con solo mencionar que le pondría IVA a la sal, al café, al chocolate y a los servicios funerarios y vean en las que estamos. De modo que sumó su primer fracaso, pero con la misma fe de siempre se presentó para el proceso de 1995 y fue elegido alcalde por tres años que era el período constitucional, y desde allí se dio a la tarea de imprimirle una nueva dinámica a la actividad deportiva, con énfasis en el fútbol, y para eso contó con la ayuda de un personaje que conocía bastante el terreno como Oscar Guerrero Arias, a quien le delegó todas las responsabilidades que ya venían a través de la Escuela de ese deporte que nació por obra y gracia de la casualidad.

“Lo que pasó fue que mi hijo Mauricio, de 6 años de edad, se quedaba solo en las tardes y como no teníamos con quien dejarlo le pedí a mi amigo Wilman López, más conocido como “Cacho” para que lo entretuviera con un balón en las canchas y de la noche a la mañana resultó que teníamos como a 15 niños de la misma edad que querían jugar en un equipo y eso se transformó en una escuela que llevaba como bandera: primero, personas; después, futbolistas”. “Le cuento que fue así como logramos llegar a los diferentes colegios y escuelas para invitarlos a conformar sus equipos infantiles y juveniles, con el agregado de que los jugadores no solo debían ser buenos en sus equipos, sino que además debían mostrar un rendimiento académico superior a los demás. A esto se le sumaba que a todos se les hizo una ficha para monitorearles su estado de salud y cualquier novedad era atendida de manera gratuita en mi consultorio”, dice el galeno. De todos esos equipos se escogían los mejores para llevarlos al equipo del Pony fútbol, muchos de los cuales pudieron darse la oportunidad de representar a El Bagre en las finales enerinas en la cancha Marte 1 en Medellín. Eso en el fondo era recoger todas aquellas semillas que alguna vez sembró Antonio “Toño” Oviedo.

Y fue durante su administración cuando se pudieron restañar los desacuerdos con la empresa minera y como resultado de esto se lograron importantes aportes para el fútbol y otras disciplinas, así como para una obra que evitó una gran tragedia en la cabecera como lo fue el malecón en la margen derecha del río Nechí. Personajes como Gonzalo Gómez Vargas y Rafael Roldán Jiménez, directivos en su momento de Mineros s.a., hicieron eco de los llamados para sumarse a varias causas sociales de la región, cuenta hoy el protagonista de la historia.

Fue un oasis que pareció el fugaz florecimiento del fútbol que una vez más se vino a pique hasta caer en una decadencia total porque no se volvieron a ver nuevos jugadores que llamaran la atención en las canchas, algo así como si la mano invisible borrara de un tajo una generación completa de jóvenes bagreños que salieron desterrados para que hoy se mencione el nombre de uno que otro, pero que no dejaron huella. Ahora hay que reconocerle a una persona como Alfredo “Tatalo” Navarro, que a pesar de los inconvenientes propios del ser humano, hace lo posible por mantener el entusiasmo en quienes creen que todavía es posible recuperar lo perdido y sus esfuerzos se hacen visibles en los varios torneos que ha ganado, pero ahora lo hace más como un sentido personal que por las banderas de El Bagre, de allí que las administraciones de turno se le suben al bus de la victoria cuando ya ha pasado lo peor.

Acostumbrado a ponerles paréntesis a la historia, esta vez le pedí el favor a un amigo para que me describiera lo que se siente cuando se tiene aquella espantosa enfermedad que por mucho tiempo flageló a muchos en esa región como lo fue el paludismo y sin pensarlo dos veces me lo relató en sus propias palabras. “Te cuento que la malaria es una enfermedad terrible porque sus ataques vienen acompañados de escalofríos y temblores que suelen comenzar al atardecer y abandonan el campo de batalla un poco antes de la madrugada, de modo que uno cree que todo termina en ese momento, pero no es así. De repente, cuando comienza de nuevo el ataque, lo único que uno puede hacer es acostarse en el sitio que tenga a la mano, enrollarse con cualquier cosa porque uno comienza a sudar frío y el cuerpo empieza a convulsionar, de manera que al día siguiente uno está acabado. Físicamente acabado. Mejor dicho, vuelto una mierda”.

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