El programa "mala leche" de Séptimo Día sobre la protesta social

"Fue un reportaje descontextualizado que supera los melodramas de las telenovelas de la década de los noventa"

Por: Jaime Wilches
noviembre 18, 2019
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El programa

Más allá del desastroso reportaje de Caracol Televisión sobre la regulación de la protesta social y el paro del 21 de noviembre, queda la preocupación de un problema más profundo: la incapacidad de los medios de comunicación para promover la reconciliación en el país y la ineptitud de las instituciones estatales para evitar que la guerra de imágenes incendie los ánimos sociales.

Encapuchados, locutores melodramáticos y llantos motivados

El 21 de noviembre será un día histórico. No estaba en los cálculos de los poderosos. Desde los estudiantes, pasando por organizaciones sociales hasta los ciudadanos de a pie y no necesariamente vinculados con una bandera de reivindicación, se ha gestado un cansancio por una forma de hacer política “donde no pasa nada” y lo peor “donde no se comunica nada”.

El impacto del Paro Nacional ha sido de tal magnitud, que ha despertado reacciones inusuales y pésimos trabajos periodísticos. Es el caso del programa Séptimo Día de Caracol, un espacio creado por Manuel Teodoro para hacer lo que en las Escuelas de Comunicación l se denomina periodismo de investigación. Parodiado por humoristas, el programa de Teodoro ha quedado en la retina como un espacio donde es más importante la voz paranoica de un locutor y la imagen sensacionalista de un dramatizado, que las lecciones de una investigación o la reflexión ciudadana de un hecho social.

El pasado domingo 17 de noviembre Teodoro sorprendió a la audiencia con un tema sensible para los intereses políticos que se movilizan en el país (estamos acostumbrados a que sus denuncias estén orientados a un periodismo ciudadano). El experimento se presagiaba resultaría un desastre, pues las licencias de la crónica roja no eran adecuadas para el contexto del paro nacional, programado para el jueves 21 de noviembre.

El reportaje prometía decepcionar, pero sobrepasó los límites del absurdo. La periodista, tal vez por sobrevivir a su trabajo, mostró una elocuente ignorancia en el tratamiento de la investigación y creyendo que hacía un reportaje de un curandero falso o un vendedor de viajes corrupto consideró que le daba picante a su nota periodística si ponía a un encapuchado a declarar sobre por qué había manifestaciones de violencia en las protestas.

El resultado del experimento osciló entre la indignación para los más entusiastas y la risa para los más desprevenidos. Ver en un salón de clase a un encapuchado, con la frase de fondo “Del aula de clases a la lucha de clases” escrita en perfectas y dedicadas letras y proporcional papel Kraft, subestimó la inteligencia de los televidentes, a quienes de paso los medios todavía creen tontos y sin capacidad de tomar un dispositivo móvil para indagar la veracidad de dicho acto teatral.

Hay que reconocer que el periodista está en licencia de añadir elementos narrativos que den ritmo y rating a su reportaje. En este caso, se les fue la mano en la ligereza, eso sin nombrar a las víctimas de los actos vandálicos, quienes son expuestas a llorar por su afectación física y orientadas a declarar de manera confusa su opinión sobre la regulación de la protesta.

Al final resultó un reportaje descontextualizado, con voces en off, que supera los melodramas de las telenovelas de la década de los noventa y da la sensación de saber que los medios de comunicación cada vez se van quedando más solos.

La polarización sin comunicación y sin medios

La pregunta en este punto es por qué los medios masivos de comunicación se toman la licencia de publicar este tipo de reportajes, aun cuando la ciudadanía ya tiene capacidad de reaccionar y criterio para advertir dramatizados tan mal elaborados como el del supuesto encapuchado.

Y la respuesta se da porque todavía tenemos instituciones estatales y privadas que tienen visión de corto plazo, con directivos ineptos o tercos en la ejecución de políticas públicas, y estructuras organizacionales que son complacientes e ignorantes de un mundo que ha cambiado y que tiene en la comunicación su arma más eficaz de reconciliación, pero también de generación de nuevos y complejos conflictos.

Por esa razón, el 21 de noviembre es un momento propicio para marchar en contra de las empresas de información que polarizan y encienden los ánimos con sus noticias construidas a partir de la “mala leche” y un llamado de atención para que las instituciones y quienes las dirigen reaccionen y entiendan que no pueden seguir ignorando a víctimas, estudiantes, docentes, defensores de derechos humano, trabajadores y ciudadanía en general, que no se conforma con declaraciones predecibles, reportajes melodramáticos y comunicados de prensa mal estructurados.

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