El poder del poder

El poder del poder

Ese es el poder: envalentona y somete, eleva y arrastra, acerca y distancia, afirma y niega, propone y dispone. El poder es ese ídolo invencible que anhelamos

Por: María Celmira Toro Martínez
julio 05, 2022
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El poder del poder
Foto: Leonel Cordero

Como es de contradictoria la vida, estamos sujetos a las circunstancias que nos rodean, a los instantes que vivimos.

Hoy somos poderosos, indestructibles, mañana quizá estemos indefensos, débiles; así es la vida: una ruleta que gira sin descanso y pone ante nuestros ojos realidades que enseñan, ejemplos que edifican, situaciones que obligan a mirarnos en el espejo retrovisor de nuestro actuar y tomar decisiones que sean de beneficio propio y de la sociedad que nos rodea.

No es fácil entender actitudes de humildad en quienes han sido poderosos y han decidido a su antojo los destinos de la patria; no es comprensible cómo a pesar del poder perdido, de la derrota, se pueda expresar felicidad en medio de la incertidumbre y bajar las manos antes levantadas en actitud amenazante, suavizar la palabra y disponer el entendimiento para acercar ideas opuestas, polarizadas y extremas, para poner en la mesa una disposición de diálogo frente a lo irreconciliable e inaceptable. Es el efecto del poder; es su arrolladora influencia en la vida de los seres humanos y sus comportamientos.

El poder hace invencible, lo débil; importante, lo ridículo y necio; valioso, lo vil y detestable; posible lo imposible. Arrasa con la verdad y pone a la mentira en sitios de honor, eleva lo malo y repudiable hasta el límite de lo ejemplar y deja por el suelo los valores y principios que han sido los cimientos de nuestra vida.

Ese es el poder: envalentona y somete, eleva y arrastra, acerca y distancia, afirma y niega, propone y dispone, en fin, el poder es ese ídolo invencible que anhelamos, pero que una vez nuestro, no somos capaces de manejar cuando lo tenemos en las manos y menos aún cuando en un instante pasamos de vencedores a vencidos, de amos a esclavos, de dirigentes a dirigidos, de gobierno eterno a ciudadano raso, en fin, que grandes nos sentimos cuando somos dueños del poder y que pequeños e indefensos cuando lo perdemos.

Lo bueno de no tenerlo es que quien lo pierde va doblegando su arrogancia, su fuerza y asume, casi que inconscientemente, una actitud benevolente, atenta, casi sumisa, respetuosa, dialógica; pone sonrisas a la palabra antes airada y abre las manos en disposición de entendimiento y acuerdo; siente alegría y refleja un corazón liberado, que en lugar de ordenar, siente la necesidad de proponer, de disentir sin agresión, de reconocer en el otro lo que nunca vio, ni fue digno de admiración o de respeto.

Ostentar el poder absoluto daña el corazón, lo vuelve insensible, indolente y de tanto beneficio personal y egoísta, se va construyendo una coraza impenetrable, una tiranía que acaba con el derecho a la propia libertad y vida.

Quien tiene adicción al poder termina esclavo de sus efectos y preso de las consecuencias de sus actos, de sus decisiones.

Ahora, después de tanta violencia, parece que es posible desarmar el alma de la patria y de todos quienes conformamos este país, para que en un gesto de humildad y generosidad con nosotros mismos y con esta tierra que nos pertenece a todos, podamos dejar tanta soberbia, tanto odio, tanta violencia y disponernos como buenos ciudadanos a reconstruir lo que nos queda del país después de esta guerra de horror que hemos vivido por tantas décadas.

No es devolviendo mal por mal ni incendiando a través de las acciones y de las palabras; es disponer el corazón para que aquellos que hoy perdieron el poder y pueden estar dispuestos a reconstruir sobre los escombros dejados por sus mismas acciones, junto a los que ahora se inician como gobernantes, puedan trazar una nueva ruta, abrir una nueva esperanza.

Mientras tanto, dejemos que los que se nutren del odio, de resentimientos, de enfrentamientos y ataques continuos a quienes piensan distinto, se muerdan el aguijón ponzoñoso con el que han envenenado la patria más hermosa, el lugar donde nacimos y donde tenemos nuestras raíces.

Dios permita que esas raíces, abonadas con respeto ciudadano, con amor por lo nuestro, con generosidad y buena voluntad, den abundante cosecha y sean las gestoras de un nuevo país más nuestro, más humano, más vivible. Un país que entre todos podemos construir o extinguir.

Es en cada uno de nosotros donde reside la grandeza de esta Colombia que llevamos en el alma, no en el poder que tengamos para decidir su destino.

Es actuando con honor ciudadano como podemos salvarla.

 

 

 

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