El legado del profesor Alexander Idrobo

"Allá donde estés, quiero que sepas que, como decía San Pablo, has peleado la buena pelea, has acabado la carrera y has guardado la fe en un mundo y una Colombia mejor"

Por: Miguel Urra Canales
junio 29, 2021
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El legado del profesor Alexander Idrobo

Este maldito virus ha segado la vida de millones de personas en todos los países del mundo. Detrás de la cifra concreta, hay millones de historias que contar, millones de sueños, millones de experiencias de vida… y yo quiero contar hoy una de ellas.

El profesor Idrobo (porque para él, ser “profe” era un rango, un título) nació en Popayán en 1983, estudió en el Seminario Mayor de Bogotá y luego Filosofía, campo en el que enfocó también sus estudios de postgrado. En 2015, entró a formar parte del equipo docente de la Facultad de Sociología de la Universidad Santo Tomás y allí fue donde muchos tuvimos la suerte de compartir con él confidencias, aventuras, proyectos y retos.

Todos le recordamos sin olvidar el barrio, con su camiseta de Hulk, con su ruana, su casco de la moto, su kena, su Rodolfo Kush, su ontología latinoamericana, su humor socarrón, su compromiso, su sensibilidad, su incapacidad para decir “no” cuando tocaba arrimar el hombro y una gran preocupación, siempre, por los demás.

Todas estas cualidades le llevaron a desempeñar una labor titánica de acompañamiento estudiantil con más de 500 estudiantes de sociología, a muchos de los cuales dio la bienvenida al mundo académico entendido como un espacio de compromiso social. Siempre acompañado de estudiantes, más de 5.000 personas pasaron por sus talleres de pedagogías de paz; la mayoría colegiales y docentes, pero también policías y militares, porque todos están llamados a construir una Colombia mejor y más justa. También, anualmente, en el Colegio Parroquial San Carlos, más de 400 estudiantes participaban en los foros de derechos humanos que ayudaba a organizar con tanta pasión.

En su intensa actividad comunitaria, decenas de parroquias y entidades sociales contaron con su compromiso y dedicación. Por ejemplo, con su semillero Eirene (diosa griega de la paz) y su gran amigo Edwin, organizó unas jornadas de trabajo en San Vicente del Caguán, donde se apoyó una biblioteca comunitaria y se creó una cooperativa de mujeres en el ETCR de Playa Rica (entre otras muchas cosas).

Él se sabía buen músico, buena gente, buen padre y esposo, buen compañero y buen profesor. Todos recodaremos siempre su buen humor, sus chistes, sus bromas y su gracia para imitar o poner apodos. Al lado de esa personalidad arrolladora, sin embargo, yo también le conocí sobrecogido, en silencio y casi ruborizado, cuando publicó su primer libro en la Facultad, titulado Reconciliaciones y resistencias: Modelos mentales y aprendizajes colectivos en la construcción de paz territorial en Colombia. A este, le siguieron otros como San Vicente del Caguán. Experiencias significativas en construcción de paz territorial o Territorios, conflictos y resistencias, más algunos artículos en revistas Scopus enfocados siempre en lo que él llamaba “ontología del paisaje”. Dejó varios trabajos en camino para su publicación en los próximos meses, pero formó manos que seguro sabrán darles un buen cierre en su honor.

No entendía la academia sin corazón y sin amor por lo que, junto a ese orgullo por su trabajo académico, también le vi emocionado, feliz y casi sin palabras cuando a finales de 2020 ganó el Reconocimiento a la Excelencia Tomasina por su labor durante la pandemia, recogiendo y arreglando equipos para que los estudiantes no quedaran descolgados y removiendo cielo y tierra para ayudar a todos aquellos que pasaban por malos momentos personales y familiares.

La paz, la academia y la escuela como palancas de cambio, el territorio y el ayni (que en su caso se definía como la reciprocidad y la cooperación) eran su sello y con él nos dejó marcados a todos. Además, era una persona muy creyente, seguidor de Camilo Torres y de aquello de “si me falta el amor, no se sirve de nada” (y, si se trata de “amor eficaz”, mucho mejor).

Profesor Idrobo, amigo Álex, allá donde estés, quiero que sepas que, como decía San Pablo, has peleado la buena pelea, has acabado la carrera y has guardado la fe en un mundo y una Colombia mejor. Tu legado es toda una generación de sociólogos y sociólogas, listos y dispuestas para seguir, con paso firme, el camino de compromiso que nos dejas marcado. Te llevaremos siempre en nuestra memoria y en nuestros corazones.

* Decano de la Facultad de Sociología. Universidad Santo Tomás.

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