El escritor Pablo Montoya habló duro en Caracas

El escritor Pablo Montoya habló duro en Caracas

"Vengo de un país llamado Colombia, el país del resentimiento y la rabia". Discurso completo de aceptación del Premio Rómulo Gallegos

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agosto 03, 2015
El escritor Pablo Montoya habló duro en Caracas

En el discurso de aceptación del Premio Rómulo Gallegos en Caracas, Pablo Montoya hizo una dura y una dolorosa radiografia de Colombia. Dijo entre otras cosas: "Vengo de un país llamado Colombia, que es como decir vengo del fuego y el oprobio, del resentimiento y la rabia”.

(...) “Hemos sido gobernados por una clase política voraz y corrupta, con avidez de la rapiña, donde se instaló el narcotráfico. A la cual ha respondido una subversión frenética y errática(...).

La violencia ha caído sobre nosotros como un animal hambriento. Nuestros padres fueron asesinados, nuestros abuelos despreciados y nuestros bisabuelos una vez más humillados y exterminados”, expresó. “Es difícil entender cómo hemos tenido fuerzas para amar, para reír y asombrarnos ante la vida que surge desbordante e imparable.”

Este es el texto completo:

Señor Presidente de la República Bolivariana de Venezuela: Nicolás Maduro
Señor Presidente y señora directora de la Fundación Centro  de Estudios Latinoamericanos  Rómulo  Gallegos:  Roberto  Hernández  Montoya   y  Mariclen Stelling.
Señores y señoras integrantes del Celarg
Señores  miembros  del   Jurado  Rómulo   Gallegos:   Javier   Vásconez,  Mariana Libertad Suárez y Eduardo Lalo
Señor Gabriel  Iriarte  y señora Ana  Roda:  Editores  de  Penguin  Random House, Colombia.
Señora María Elena  Rodríguez: directora editorial de Monte Ávila editores. Alejandra Toro, esposa mía, Sara Montoya  y Eloísa Montoya,  hijas mías. Amigos y lectores.

Respetable audiencia:

Desde tiempos  antiguos  el  hombre  ha  puesto de  manifiesto  su  sensación  de desamparo ante  el  horizonte que  el  mundo  y sus sociedades le  han  ofrecido.  Es una  permanencia tan  inobjetable que  me  atrevería a  pensar que  es ella la que sostiene   ese  particular   tinglado   que    hemos  convenido   en   llamar   arte.    El desamparo está, como  una  marca indeleble, en  el tramo  que  va del nacimiento a la muerte. Yo me  he  apoyado en  esta certeza para  escribir la novela que  ha  sido merecedora del premio Rómulo Gallegos este año.  La frase “nuestra condición es el  desamparo”  la  tomé  de  Reinaldo Arenas, ese cubano alucinante  que  atravesó un  mundo   poblado  de  persecuciones.  Pero   sé que   ella  la  pudo   haber  dicho Homero,  Ovidio o Marco Aurelio. Que fue el asidero de Dante, Villon o Pascal. Que se envolvieron en sus pliegues Montaigne, Shakespeare y Cervantes; y más tarde Melville,  Dostoievski  y Kafka. A ese desamparo de  la  existencia  que  provocan la naturaleza y los mismos hombres también lo hemos llamado exilio o  destierro; desgracia  o  infortunio.  Pero   si  nuestros ancestros,  aquellos  que  van  desde la antigüedad hasta el siglo XIX, conocieron bastante bien esas inclemencias del cuerpo y  del  espíritu,   quienes  habitamos  el  planeta  ahora tenemos suficientes razones para   creer   que  desde el  siglo  XX hasta hoy  nos ha  correspondido  la suerte de  vislumbrar algunos extremos de  la intemperancia. Pero  esto,  repito, no es nada nuevo. Ya Sófocles lo decía hace más de dos mil quinientos años: “No es la  sabiduría  la  que  se obstina  entre  nosotros, sino  la  necedad”.  Esta  continuidad en  las tribulaciones que  nos visitan es lo que  yo he  tratado de  recrear en  Tríptico de  la infamia. Y lo he  hecho tomando como  ejes la vida de  tres artistas del  siglo XVI que  padecieron los acosos de  las pugnas religiosas europeas y las jornadas bélicas de la conquista americana.

¿Por qué  me  he  preocupado por  tres pintores  en  cierta  medida  desconocidos?

¿Por qué,  en  mis anteriores novelas, he  puesto como  protagonistas a  un  poeta romano libertino, a un fotógrafo francés obsesionado por la desnudez humana y a un naturalista neogranadino extraviado en las guerras de Independencia? La respuesta es sencilla: porque todos ellos intentan crear  –los unos pinturas, el otro poemas, el de  más allá daguerrotipos y el último herbarios- en  medio de  ámbitos turbulentos y represivos. Porque creo que,  como una  antorcha, que está siempre a punto  de  apagarse, el arte  es una  de  las maneras que  existen para  dignificar al hombre en  su  capacidad de  resistencia y la más paradigmática para  mostrar su deterioro. La labor del artista es necesaria: iluminar algún pedazo de ese territorio en  brumas que  siempre, a  toda  hora,  está circundándonos. Sé  que  llevo  en  mi sangre y también en  mi conciencia una  cierta  inclinación hacia  la desesperanza. Hasta tal  punto  que  muchas veces, y  esto   me  lo  ha  enseñado el  tránsito  por Voltaire, he  concluido que  ser optimista en  estos tiempos es ser ingenuo, o estar atrapado en las trampas de la sociedad de consumo, o en esas otras que  tejen los populismos  políticos,  religiosos  y  culturales.  Sí,  les  confieso,  soy  un  escritor fascinado  por  observar el  lado  oscuro de  la  humanidad.  Pero   no  he  caído, al menos en  los  libros  que  he  escrito   hasta hoy,  y  sé lo  atractivo  que  son  tales fondos,  en   la  fascinación  de   la  catástrofe,  ni  me   he   arrojado,  enardecido  y vociferante, al túnel del nihilismo.

Lo que  he  intentado hacer en  Tríptico de  la infamia, permítanme contarles, es asomarme, y de mi mano  he procurado que  el lector a su vez lo haga, al horizonte renacentista  y extremista  del  siglo  XVI. Un siglo  vandálico  como  pocos. Un siglo en el que  los hombres se enfrascaron en guerras fieras por problemas teológicos, y no  lograron superar su  ambición desproporcionada de  riqueza. Pero,  en  estos tiempos modernos, ¿hemos superado esas  dos trabas enormes, el dinero y la religión, para  para  que  podamos tener  un  digno bienestar? El ser humano sigue siendo  manipulado  por  esas tres grandes imposturas  de  la  fe  monoteísta, como las llamaba Marguerite Yourcenar, el cristianismo, el judaísmo y el islamismo. Ante ellas seguimos inclinando nuestro ser y padeciendo castigos terribles cuando nos oponemos  o   criticamos  sus  designios.  Y  en   el   caso  de   las  coordenadas americanas, sigue  campeando, incesante y poderosa, una colonización económica y  espiritual.  La  espada  y  la  cruz   continúan,  sin   duda,  ejerciendo  su   doble expoliación.

En   el  siglo  XVI América,  muchísimo más  que   Europa,  sufrió  hasta  límites inconcebibles. La población indígena padeció el que  es tal vez  el genocidio más implacable de  todos los que  el hombre dominador ha  infligido sobre el hombre dominado.  Y  luego  vino  el  destino  de   la  población  negra  que   arribó  a  este continente. Los mares  se tiñeron de  sangre por  un  comercio espurio que  unió a Europa con  África  y América. Y de  él,  de  los  milagrosos  sobrevivientes  de  la esclavitud, habría de  surgir una  clave  más,  atravesada de  ignominia, de  nuestro sincretismo. No hay primeros, segundos o terceros puestos en estas calamidades que  atraviesan  de  principio  a  fin  la  historia  de  las  civilizaciones.  Creo  que  es infausto  gritar,  con  un  dolor  cierto  por  supuesto, que   nuestra  pesadumbre es mayor  que  la de  los otros.  En estos ámbitos todos los daños son  equiparables y aunque  aparecen   actualmente   aquí    y   allá   perdones   simbólicos   de    los representantes de  los pasados victimarios, vacilo en  creer  si ellos serán capaces de  provocar un consuelo en  los descendientes de  las víctimas que  siguen siendo ultrajados   sistemáticamente.   Sí,    nuestra   raíz    fundacional,   en    tanto    que americanos,  está envilecida.  Envilecimiento  que  se ha  nutrido  desde antaño de una  arrasadora avidez espiritual y material. Por un lado, el control religioso de las almas y, por  el otro,  el control de  las riquezas de  la tierra. A mi generación, e inexplicablemente  continúa  sucediendo  esto   con  los  niños  y  adolescentes  de ahora, se le  enseñó que  la  conquista  de  América  había sido  un  acto  heroico,  la gesta de  un grupo  de  valientes conquistadores que  lograron imponer su  cultura y crear  así  uno  de los pilares de la civilización latinoamericana. Algo de esto  puede ser  cierto.   No   desconozco  los  valores  del  mestizaje  que   ya   muchos  han encomiado. Pero  nada ni nadie logrará negarme la evidencia de que  ese acontecimiento, que  atravesó con  un puñal vergonzoso el horizonte del siglo XVI, está  cimentado no   en   la  desgracia  de   una   tragedia   humana,  sino   en   la consternación de un crimen gigantesco. Crimen  en el que  todos,  los del pasado, el presente y  el  futuro,  debido  a  la  sucia  continuidad  histórica  de  la  impunidad, estamos inevitablemente involucrados.

Sin embargo, frente a  ese pasado execrable y ante  un  presente que  para  mí es inciertamente promisorio, hay una  circunstancia a la que  me  he  aferrado con  una convicción  absoluta.  Esa   circunstancia es  la  palabra,  tanto   la  dicha  como   la escrita.  Creo   en  el  poder   restaurador  de  la  palabra  a  sabiendas  de  que   ella también  es un  arma   que   hiere  y  provoca  rencor.   Creo   en   su  capacidad de hundirnos en el centro  mismo  del tormento, pero  también en su poder  supremo de cicatrización.  Sé   que   ella  me   ha   permitido  salir  avante  cuando  he   decidido sumergirme  en  las  tinieblas  del  ayer.  Y entiendo  que  este logro  en  mi proceso creativo se ha  dado  porque no he  olvidado jamás que  su  condición está afincada en  la belleza. Soy,  y esta es una  confesión que  me  permito hacerles con  todo respeto,  un  escritor   que   cree   en   la  belleza.  O  al  menos  que   piensa  que   la existencia, ciertos momentos intensos de la vida, están insuflados por la incesante búsqueda  de   ella.  Y  que   son   esos  momentos, apurados  en   soledad  o  en compañía,  los  que   han   impedido  que   yo  haya   tomado  el  camino   del  total escepticismo. Sí, la novela en  la que  generosamente se ha detenido el jurado del premio  Rómulo Gallegos, está atravesada de  masacres y el dolor palpita en  esas páginas como  un corazón malsano. Pero  también la nutre  la búsqueda infatigable de  los  secretos de  la  creación artística.  La belleza,  la  sensación  permanente de que  ella se levanta como  un  acertijo y un  enigma, es ese ardor  que  siempre ha estimulado mi escritura.

Quisiera   por   un   momento,   y   sería  imposible   no   hacerlo,   referirme   a   mi procedencia. Ella se une,  irremediablemente, a mi labor de  escritor.  Vengo  de  un país llamado  Colombia,  que  es como  decir  vengo   del  fuego  y  el  oprobio,  del resentimiento y la rabia. Es verdad, por lo demás, que  he tenido como  uno de mis credos esenciales las palabras de Séneca cuando este le dice a su amigo Lucilio: “Hay que  vivir con esta persuasión: no he nacido para  un solo rincón,  mi patria  es todo  el  mundo  visible”. Y que  la experiencia del  exilio  que  me  ha  dejado el  paso por otras latitudes me hace sentir un hombre de  todas partes y de  ninguna. Pero,

¿Qué sucede cuando ese territorio visible, más o menos inmediato que  llamamos patria,    está  degradado?  ¿Podemos  sentirnos   acogidos   por   él?   ¿Podemos sentirnos vivos y plenos en  una  patria  enferma? En realidad, formo parte  de  una generación de colombianos que  ha atravesado un campo minado  en el que  la vida no  ha   tenido  valor.  Y  si  ha   tenido  alguno,  este  ha   sido  rebajado  a  niveles vergonzosos. La violencia ha  caído  sobre nosotros como  un  animal hambriento. Nuestros padres  fueron asesinados,  nuestros abuelos  despreciados y nuestros bisabuelos una  vez más humillados y exterminados. Hemos sido una  nación ejemplarmente agresiva y ajena a creer  que  solo en  fundamentos cívicos y éticos es posible  construir  algo parecido  a una  sociedad justa.  Desde que  se logró eso que  llamamos Independencia no  hemos parado de  hacernos la guerra. Y la de ahora, es una  mentira amañada afirmar que  lleva cincuenta años. Ella no es más que  una  continuación sórdida de  las guerras del siglo XIX, surgidas siempre por leyes   arbitrarias   que   han   repartido   la   tierra   en   manos  de   unas  pocas  y devastadoras familias. Y como  ocurre  en  todas las guerras, esta tiene un  rostro deforme  y  sus pretensiones  están enraizadas  en  el  engaño.  Demuestra,  con amplitud, que  en  Colombia hemos sido gobernados por una  clase política voraz  y corrupta. A la cual ha respondido una  subversión frenética y errática. Y entre  ellas, o al lado de  ellas, o producto de  ellas, porque desde la Colonia hemos sido  un territorio sometido por el contrabando y la rapiña, se ha instalado el narcotráfico. Y de  esta confabulación han  surgido las bestias del paramilitarismo y las bandas criminales. Nuestra geografía se ha  llenado de muchedumbres que  huyen  porque implacablemente se les ha  despojado no  solo de  sus seres queridos, sino  de  la tierra, el paisaje y hasta de la lengua misma. Esta  última, la morada que  amamos y que  es la  que  nos convoca en  este momento bajo  la  figura  tutelar  del  escritor Rómulo Gallegos, también ha  sido  reducida a condiciones grotescas. A veces he pensado que  a Borges, quien escribió una  historia universal de la infamia, le faltó para  que  su compendio fuera más cabal referirse a las coordenadas colombianas. Con todo,  la sociedad civil ha enfrentado esta coyuntura aniquiladora en medio de la impotencia, la indiferencia y la resistencia. Y es difícil entender cómo  hemos tenido  fuerzas  para   amar,   para   reír   y  asombrarnos  ante   la  vida  que   surge desbordante e imparable. Porque es verdad que  también vengo  de  un país en  el que  el  abrazo y la  fraternidad  son una  permanencia  irrebatible.  Y es que  así  ha sido siempre la criatura  humana. Entre  el vaho  y los abismos que  la cercan, sigue empecinada en aferrarse a la esperanza y el sueño.

Esta  doble faz, la del horror y la epifanía, la de la belleza y el sufrimiento es la que he  tratado de  reflejar en  mis libros y muy especialmente en  la novela que  hoy se premia   en  esta sala.  Y la  verdad es  que,   aún   sorprendido  por  este inmenso reconocimiento,  debo   manifestar  a  los  miembros del  jurado,  al  Celarg  y  a  los venezolanos mi entera gratitud. Su gesto, a la vez magnánimo y temerario, ya que se ha premiado a un escritor  completamente desconocido en el panorama hispanoamericano, me conmueve y me honra. Y entiendo que el Rómulo Gallegos, el más prestigioso en la narrativa en lengua española, se le ha otorgado a un libro dueño de ciertas particularidades. Su fuerte vínculo entre  investigación histórica e imaginativa  recreación  del  pasado.  Su   factura  estética  que   se  la  juega  sin vacilaciones por los abrazos entre  narración, ensayo y poesía. Un universo, en fin, que  ha bebido de Alejo Carpentier, Pablo Neruda y Álvaro Mutis, mis maestros en los primeros años  del aprendizaje literario; y de  Augusto  Roa  Bastos, Juan José Saer  y  Manuel  Mujica  Láinez,  otros  guías  fundamentales  de   los  años de   la madurez.

Mi obra,  y así  concluyo  estas palabras, ha  sido escrita desde hace más de  veinte años desde una  cierta  periferia. La periferia que  representan todas las ciudades colombianas  que   no  son   Bogotá.   La  periferia  de  mi  condición  de  inmigrante latinoamericano en  Europa. Tal coyuntura la ha  lanzado a unas zonas de  silencio que  me han  parecido ásperas pero  también afortunadas. Distante de las ferias de las  vanidades  letradas,  desdeñoso  del  poder   cultural,  el  ocultamiento  me  ha brindado  la  coraza  de  la  autonomía.  He  escrito   y  seguiré  haciéndolo  con  la conciencia  de  que   escribir,  como   decía Albert  Camus, es  un  acto   solitario  y solidario. Sabiendo que  mi atalaya está sembrada en  el cotidiano ejercicio de  la disidencia. Y teniendo en cuenta que  la única responsabilidad que  tiene el escritor con sus lectores, es decir,  cuando se sienta ante  el azaroso vacío  de la página en blanco, es trazar  de la mejor manera la escurridiza palabra.

Pablo Montoya
Caracas 2 de agosto de 2015

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